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Libre: siento, luego existo

La libertad es uno de los valores superiores del ordenamiento jurídico reflejado en la Constitución Española, junto a la igualdad, la justicia y el pluralismo político. La pérdida de la misma es algo por lo que la mayoría de nosotros hemos pasado en alguna ocasión y no es precisamente agradable. La lectura nos activa la imaginación y mejora nuestra capacidad de expresión,  por eso los expertos recomiendan que los niños comiencen a tener contacto con esta actividad desde muy temprana edad. Mejor y más comunicativos, con más seguridad en sí mismos, mejor rendimiento escolar y con más seguridad y confianza. Todo esto se  resume en mayor capacidad creativa y mayor capacidad para expresar sus emociones. La lectura nos da la posibilidad de viajar por otros lugares, por otros mundos, bien reales, bien de fantasía, sin tener que movernos más allá del sillón de nuestra casa. Ponernos cómodos, sentarnos  con un buen libro entre las manos es algo mágico, es una puerta a otra dimensión; nuestra mente se libera, dispuesta a vivir una historia que nos haga reír, llorar… sentir…y,  si siento, existo. 

Visto desde el lado del escritor, nada más emocionante que el poder traspasar barreras, el poder llegar a transmitir un sentimiento y que el lector quede seducido y atrapado por ese  mundo que se le ofrece. Suena bien, ¿verdad? La realidad es que no siempre se consigue. Ni existe la fórmula mágica para que los sentimientos fluyan entre el libro (escritor) y el lector. Cuando comienzas a escribir por primera vez como aprendiz de escritor, tienes el firme propósito de que, primero, te tiene que gustar a ti el resultado pero, sobre todo, le tiene que gustar a alguien. Un escritor que se precie de serlo, como es lógico, quiere que su obra sea leída por una gran cantidad de público. Sería muy aburrido un escritor que solo escribe para sí mismo; es como decir que un cocinero cocina para sí mismo y que un músico toca para sí mismo. Lo importante es seguir manteniendo la ilusión como la primera vez, bien nos lea una persona o un millón. Seguir haciendo las cosas lo mejor posible, cuidando el más mínimo detalle y disfrutar en el proceso. Como dije antes, la libertad es un derecho, es el poder cruzar el cielo sin ataduras y siendo nosotros mismos. 

«Yo solo sé que te saco a bailar en un vals de golondrinas, de nubes que se deslizan silenciosas, como hace tiempo pude verlas reposando su vuelo, batiendo sus alas alimentadas por los pétalos de una flor. Estoy enamorada de tus vueltas, de tu caída libre, como si nunca hubiera un mañana de besos, de reflejos en los espejos. 
Extiendo un segundo exacto de desvanecimiento a flor de piel.  
Siento tu huella que se graba en mi mente, imborrable y melancólica, de canción que siempre vuelve en una noche de otoño, frágil. Tal vez no sea de este mundo, pero siento. 
SIENTO, LUEGO EXISTO». 

Volemos por esos mundos, allí donde las palabras cuentan una historia, donde las historias cobran vida… Pero siempre libres. 

Hasta la próxima. 

Imagen de cabecera de Mariana Anatoneag en Pixabay

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