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Del talento y su cultivo

Porque no termino de tenerlo claro, leo en el diccionario la definición del talento, y veo que tal, referido a la inteligencia, se describe como «capacidad de entender», y con respecto a la aptitud como «capacidad para el desempeño de algo». Es decir que ambas definiciones comparten considerar al talento como una capacidad, la cual a su vez me la traduzco como una especie de casación entre los dones particulares de la persona, el ingenio y el dominio de la disciplina en la que el talento se revela y aplica.

Apenas me paro a indagar, el talento se me antoja una especie de sexto sentido o virtud consistente en saber penetrar las esencias de las cosas o las I+D+I de las mismas, ya que los frutos del talento suelen ser investigativos, desarrolladores e innovadores, en tanto son señoreados por un saber ir más allá de lo corriente, por lo que también el talento se caracteriza por ser despierto y deslumbrador en cuanto a llave e hijo de su tiempo, y soportar una serie de inherentes responsabilidades morales.

Suele el talento (que, al fin y al cabo, no es sino un darse a) ser el magistral buen hacer en una empresa, y el motor y guía de la industria que soporta la misma, así el talento es asimismo una soberana garantía de tales.

El talento, a su vez –como instrumento, base y fundamento de la creatividad, y como recipiente mismo de la fascinación (y ésta de la máxima curiosidad)–, comprende ser la industria en que la inspiración crece y cobra cuerpo en nuestras sensibles mentes, realizándose.

A su vez, se puede ser un talentoso en ciertos campos (que suelen tener comunes denominadores) y en otros un patoso, y en mucho las destrezas personales son las vías por las que el talento se canaliza y encuentra su modo de ejecución.

Verán.

Nací miope y con astigmatismo y fotofobia, pero, como se me daban bien los libros, el profesor siempre me colocaba en la primera fila, desde la que yo podía otear el encerado; en la última se sentaba el más rezagado de todos en clase, Pepe, quien, por otra parte, sabía emparentar todas las bestias del pueblo y llamarlas por sus nombres. Pepe junto con su anciano padre cruzaban todos los días mi calle con su rebaño de vacas, y yo, que no sabía distinguir unas de otras, me decía que si un día me las cambiasen yo, de cuan en la luna me las veo, ni me coscaría.

 ¿Qué nos sucedía a Pepe y a mí con nuestros respectivos talentos? Pues que cada cual los acomodábamos a nuestras destrezas y los desviábamos de nuestras torpezas. Así, Pepe, que no tenía mis problemas de visión, de tan testigo directo como se tenía, se aferraba a lo tangible y manifiesto, en tanto yo, que no veía bien, me inclinaba por lo inmanifiesto, desarrollando una gran capacidad para la abstracción de la que Pepe carecía, en tanto lo que a él le substraía era lo evidente y palpable, que a su vez era para mí remoto e inasible.

Hoy, Pepe es un pastor modélico, que vive en perfecta sincronía con sus rebaños; y yo, un vocacional escritor que sigue sin saber distinguir una vaca de otra, ni apreciar sus hechuras. Pepe sabe leer lo que los animales per se le dicen de sí mismos, y yo soy un águila de las letras, las cuales siguen siendo tan opacas y ciegas como siempre para Pepe.

¿Cómo, de ser posible, se hubieran debido plantear nuestras sendas educaciones si nuestros maestros fueren conocedores de cuanto he expuesto en estas páginas?

Fuera ya de las lógicas interpelaciones, se supone que se hubiese buscado una formación más ecléctica para ambos, trabajando tanto nuestros puntos fuertes como, más aún, los flacos, y así a Pepe, tan aferrado a perfecta carta cabal a lo manifiesto, se le habría enseñado a abstraerse, y a mí a poner los pies en el suelo.

Claro, que de haber seguido semejantes directrices nuestros naturales talentos habrían salido sensiblemente perjudicados por las distracciones intercedidas.

¿Y qué habría probablemente resultado de haberse centrado nuestros educadores en potenciar y potenciar nuestros naturales talentos, dando por completo de lado nuestras debilidades? Pues que Pepe sería la sombra de Félix Rodríguez de la Fuente y yo, lo menos, la de Umberto Eco. ¿No les parece?

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