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Almafuerte y Malón

“Mientras el Mundo, policía y ladrón, me castiga sonriendo…”

Buscó una excusa, pero no la encontró… simplemente se dejó llevar por la mayoría y, como si no le molestara, decidió bajar a dar una vuelta. Llevaba meses encerrado en su casa (todos sabemos el porqué) pero no le pareció tan terrible como la tortura que llevaba viviendo desde que nació: ser él mismo. Bajó por la calle Constitución hasta el barrio de Carupá, dejó al viento primaveral del Río Luján llenar sus pulmones y, simplemente, giró a la derecha. La fragancia a Muerte estaba en cada esquina, en cada pequeño aletear enfermo de aquellas aves que se peleaban con los perros callejeros por un cacho de pan podrido. En su discman sonaba un recopilatorio de viejas glorias del Metal Pesado Argento, todavía tenía esa costumbre de poner banda de sonido a las escenas cotidianas de los barrios bajos aledaños al astillero abandonado. Encendió un cigarro negro y sintió los ojos de los niños que comenzaron a acercarse a él para pedirle una moneda. No tenía para todos, y aunque tuviera; el número definitivo para poder calmar esas hambres no estaba a su alcance. Recordó esos tristes y largos paseos bordeando los barcos abandonados, las pequeñas casas de putas donde, curiosamente, decenas de venéreas se hicieron presentes a lo largo de las décadas, pero mucho más que embarazos no deseados. ¿Por qué? Desnutrición, abortos espontáneos por el esfuerzo de sobrevivir o alguna mano cobarde que, en supuestas intervenciones de control ginecológico, ligaron trompas “por el bien de las niñas”. En sus oídos comenzaban esos acordes sobresaturados de Hermética, “Tu eres su seguridad”, y recordó que el Heavy primario era una lanza que se ponía en manos de los barrios pobres. Sí, una lanza, como si fueran Indianos, aborígenes, Originarios.

Suspiró y exhaló una calada larga y pútrida de tristeza.

Siguió andando y fue a parar casi como un capricho hasta los viejos muelles de hormigón que nunca fueron decorados ni arreglados desde que se inauguraron en 1922, cuando en esa zona de San Fernando desembarcaban los marinos mercantes con frutas de la Isla, y acudían al Águila Roja a beber y encontrar desasosiego moral. Allí mismo la conoció a “ella!”, allí mismo se coquetearon, se arrastraron el ala, se juraron calor en invierno… Allí mismo la vio por última vez, con esas sandalias mal lustradas y ropas pasadas de moda, pero que le quedaban tan bien. Incongruencias de la tísica juventud. Y esos ojos con alguna marca indeleble de algún cafiolo o un rati desaforado…

Cantó en suave voz baja y ronca “Por eso te vi escapando en las horas sin Sol, de las miradas oscuras que aprobaron las torturas del fugado represor.”

El olor a una carne magra y rancia, a la parrilla, lo llevó de inmediato hasta esas noches en la radio Montserrat, donde se ocupaba de que el operador técnico le grabara cada una de las secciones de poesía y música que le dedicaba a “ella!”, poesía revolucionaria, con versos de Dorfman, pasajes de Conti y algunas cosas de Urondo. El problema venía con la música… a “ella!” le gustaba el Punk, Orestes no podía tolerarlo… y se negaba a cerrar los versos con algún berrido pedorro de Flema.

 “Y cuando finalmente
 llegue ese día
 cuando te pidan que pases
 a reconocer el cadáver
 y ahí me veas
 y una voz te diga
 “Lo matamos
 se nos escapó en la tortura
 está muerto”,
 cuando te digan
 que estoy
 enteramente absolutamente
 definitivamente
 muerto,
 no les creas,
 no les creas,
 no les creas,
 no les creas.” 

No. Orestes Traven le ponía Malón con “Si se calla el cantor” y la brutalidad de O´Connor gritando con extremo sentimiento: “Si se calla el cantor muere de espanto, la esperanza, la luz y la alegría

Y se encontraban en algún bar cercano a la estación, como jugando a Oliveira y La Maga, sin quedar en horas ni señas, y cuando se encontraban parecía que por fin algo, al menos, les salía bien. Sonreían con esa genuina sinceridad de condenado a la espera de la Libertad para enmendarlo todo… Al menos por un rato eran felices. Luego se iban a la casa de Orestes, bebían alguna botella de vino y escuchaban los versos entonados por esa voz todavía joven y demoledora de él. Tal vez hacían el amor, y hasta que no volvía a caer el Sol conseguían mantener esa Llama que responde a todas las preguntas metafísicas de por qué estás aquí.

Pero otras mañanas pasaba todo lo contrario. “ella!” era la que solía no aparecer… y las luces de los patrulleros, esas mañanas crueles y desérticas, se movían con más prepotencia. No era extraño que hubiera algún recluta nuevo y para foguearlo lo sacaran al medio de la Villa Garrote a pegar palizas a linyeras, inmigrantes y travestis… que los llevaran de razia al barrio San Jorge, o las casillas de al lado del Río Luján a detener putas y maricones, drogadictos y escruchantes. Oreste Traven, entonces, se bebía unas cuantas copas de más de anisete y se iba solo a su casa. Esperando que hubiera zafado, que estuviera bien.  Se metía en la bañadera con una botella en la mano, ponía play a la grabación, y escuchaba su propia voz recitando poesía… pero no era un ejercicio de ego ni vanidad; apenas era una forma de decirle al Universo que alguien pensaba en “ella!”, tal vez otros le llamaran rezar.

Un olor fétido a pescado putrefacto y mal masticado lo trajo de nuevo a 2021… Todavía escuchaba la voz  de O´Connor cerrando “Que no te demore el mundo, poniéndote el antifaz. Y buscando acomodarte en medio del derrumbe de su decadencia. Pues la enfermante histeria que hay a su alrededor tratará de agotarte para que formes parte de su digestión.” Una pibita morena, escuálida pero con ojos de decenas de noches de frio y fogatas le dijo que si quería un cacho de carne y un vaso de vino, baratito baratito. Él asintió, se sacó los auriculares y se sentó en una silla de plástico desgastada, vino la piba y le sirvió un cacho de carne seca y un vaso de vino áspero, fuerte, duro.

Sintió la sal enjugar sus penas, el vino baldear las pisadas anecdóticas de “ella!”, se puso de nuevo los auriculares y, en esos azares del “random”, se dejó llevar por la única canción que ambos celebraban juntos, de Heavy, de Verdad de la buena, loco…

Puso los brazos en cruz, y mientras unos gatitos jugaban con una mascarilla agujereada, se sintió agradecido de haberla conocido… masticó con esfuerzo otro pedazo de carne, y dejo que Iorio le cantara “Yo sé, dirás: «muy duro es aguantar» Mas, quien aguanta es el que existe. Si aquel se va, no llores, ni mires atrás, Aunque muchos te lo hagan triste (¡Vamos, che!)

– Vamos, che.

Dijo en voz alta, le tiró un cacho de carne a los gatos y volvió a hundirse en ese sitio oscuro, donde se crio y conoció la vida.

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