Press "Enter" to skip to content

Carpintería

Bordeaban el camino doce cruces de piedra. Me senté en la trece, por desafiar a  la mala suerte o tentar al destino que parecía torcerse.

La estrella de Navidad estaba parpadeando como en una sala de fiestas cancelada y triste. No era yo una mujer de estrellas, pero me había comprometido a armar un Belén donde fuese, y con las herramientas a cuestas, no deseaba pensar en nada más que cumplir mi palabra. Muchos niños me esperaban y sabía que no podía dejarlo para mañana, el día veinticinco seguía a esta noche de caminata entre senderos desiertos de gentes, pero repletos de animales agazapados entre matojos de invierno.

Me convencí a mí misma que estaba llegando, que ya no faltaba nada, que maderas me sobrarían para hacer un pesebre decente, que burrillos no faltarían… Mulas no necesitaba, iba conmigo una, fatigada pero como buena compañera, no rebuznaba por no molestar mis pensamientosA lo lejos vi unas luces como de velas, unas altas, otras bajas; unas mujeres de negro parecían aguantar palmatorias, con más velas encendidas, con las llamas muy blancas en medio de la negrura.

Me serené como pude. Serené a mi mula parda, y saqué el serrucho de sus alforjas, por si me hiciera falta.

De mi cinturón de carpintera colgaban martillo y bolsa de clavos, lija y otros pequeños objetos, únicos en su género, algo mágicos, según mi reciente entender.

Las mujeres, como sombras movidas por hilos transparentes, se fueron acercando. Iluminaban sus caras con las velas y cuando ya las tuve a mi altura, pude ver que apenas les quedaba carne en el rostro, las manos tampoco estaban sobradas de ternura, ni sobradas de nada, salvo de huesos largos, y algunos incluso, rotos por varios lados o astillados como madera vieja. No dijeron nada y callé también, entonces.

Mi mulilla y yo, las íbamos siguiendo, y mientras tanto, todo el cementerio se nos fue uniendo. Los muertos se desenterrabdesenterraban, los nichos se abrían con un crujir de piedras, los panteones más hermosos rompían sus mármoles, a base de golpes de cráneo, de los fallecidos allí guardados, quedando panteón y huéspedes, destrozados.

Y cuando ya estaba arrepintiéndome de haber hecho aquel pacto con el diablo, oí las risas de los niños…

 Como nenúfares sin lago, salían de todas las tumbas, de todas las lúgubres calles del campo santo… Unos conservaban los labios casi enteros y sonreían, sin embargo otros, mermados por completo, sonaban como cáscaras de nueces vacías, huecas o podridas por dentro. Aún así, eran niños y alborotaban, reían por llegar primero, y al poco rato, lloraban por sus madres o se quejaban de dolor… Me partía el corazón escuchar sus quejas así que, comencé a desclavar ataúdes, a clavar clavos, a usar con más brío que nunca, mis carnosas manos y en menos de lo pensado, el murmullo de llantos cesó, y los suspiros fueron llenando el vacío de vida a mi alrededor.Comenzó a soplar el  viento y las flores naturales o de plástico se levantaron también de las tumbas y desaparecieron de nuestra vista. Los niños ignoraron al viento y siguieron fijos en mí, pese a sus cuencas vacías.

Comencé por hacer una cabaña humilde, pero con ciertos detalles de lujo. Algún relieve con dibujos infantiles en las paredes y mariposas esculpidas en la única ventana, me parecieron buena idea. Acabé en unos minutos que ni noté, gracias a la magia dotada por el diablo…

 Los niños,  como hechizados, pasaban sus huesecillos para sentir el tacto de la madera, notar lo grabado en ella y con cierto jolgorio, hubo quien dijo reconocer su propio ataúd en aquel Nacimiento improvisado.

Elegir a los figurantes de aquel teatrillo no parecía tan fácil misión como había sido la creación del escenario.Todos querían participar. Elegí a una niña que estaba casi descarnada por completo, pero conservaba los ojos en sus órbitas, aunque algo desprendidos, y cubriéndola con un manto prestado por una de las viejas, se convirtió en una Virgencita encantadora. San José fue aún más sencillo de componer, un niño bastante alto para sus doce años, podía ser un carpintero bien apañado, el muchachito, inmediatamente, se metió en su papel. El niño Jesús supuso un problema difícil de resolver, había muchos no nacidos que exigían su protagonismo. ya que, les había sido negado en el vientre de sus madres. Entendí su queja y escogí entre todos, el más pelado de todos en cuanto a carne se refiere, y muy morado de huesos, pero con restos de pelo en su cráneo. Era una cuestión de recrear el niño al que mi abuela rezaba en una pequeña cuna que jamás mudaba de mesita, fuese Navidad o no lo fuese. “El niño Dios no sabe de cumpleaños!. Y mi abuela reía a boca abierta , aunque le faltasen todos sus dientes.

Los demás componentes del Belén se fueron añadiendo ellos mismos. Teníamos todos personajes posibles. No nos faltó ni un “caganet”… Realmente el resultado fue glorioso. Y cuando ya nada podía mejorar… Apareció el pequeño demonio con el que había tratado.

-¡Buenas noches, hermosa! Veo que sabes hacer bien las cosas. Estoy satisfecho con tu trabajo. Has cumplido y yo cumpliré. ¿Cuál es, entre todos éstos, el salvado por ti? – Dijo el diablillo, poniendo su dedo estirado hacia el Belén de muertos.

-Creo que quedó muy claro que no era ninguno de los  que  aquí están los que necesitaban salvarse. No quieras engañarme. Ninguno aquí está condenado. Yo quiero salvarte a ti. Mi tormento, mi tentador enamorado. M perdición, mi osado- Y le miré con mis ojos castaños muy abiertos.

El joven diablo, despejó su caperuza negra y me miró también. Dos lágrimas encendidas cayeron a la tierra cerca de sus enormes pies…-¡Levántate perezosa!… Mi madre me destapó y me arrancó las sábanas de las manos…

-Mamá he soñado con muertos y con un diablo guapo y…

Mi madre volvió a taparme y me dijo muy enfadada. – Vale, por hoy pase porque es Navidad y tomaste demasiada gaseosa, aunque te dije bien claro que te pondrías mala. Duerme un poco más, y te traeré el desayuno a la cama.

Salió de mi habitación y me puse tan contenta que volví a dormirme…  Relajada, empecé a soñar con estrellas y bonitos paisajes lunares, ningún muerto se me apareció, aún menos, ningún diablo…

Mamá entró con una bandeja llena de  dulces de Navidad, justo cuando me despertaba… Venía en bata y con las zapatillas que le había regalado el año pasado.¡ Estaba tan guapa! Al dejarme la bandeja sobre las piernas, acercó su rostro para darme un beso y las dos juntamos nuestros dientes para no mordernos y pelarnos la poca carne que nos quedaba sin pudrirse. Después de todo, en este cementerio nuevo, no se está tan mal… Y mami y yo,tampoco somos de mucho viajar, aunque en Noche Vieja iremos a ver a la abuela que sigue con su Niño Jesús grabado en su mesita de mármol, en el cementerio viejo. ¡Qué ilusión volver a verla!…

3 Comments

  1. MARÍA JOSÉ MARÍA JOSÉ 4 enero, 2021

    Gracias y gracias y gracias.
    ¡Qué buenos los otros relatos! ¡Qué buena es la cultura del leer bien y que buena digestión voy a tener hoy! ¡Qué gusto haber venido detrás de @paco_santos_escritor y @germanvega_escritor!… ¡Quién sigue Reyes, encuentra «oro, incienso y mirra»… ¡La buena estrella de Belén, también ayuda!.

  2. Germán Vega Ramos Germán Vega Ramos 4 enero, 2021

    Uau!! Es un relato genial, María José. Girar de ese modo en tan poco texto dice mucho de tu buen hacer en las letras. Chapeau! Me encantó!

    • MARÍA JOSÉ MARÍA JOSÉ 4 enero, 2021

      Germán. De un maestro, y tengo un libro tuyo en la mano para hablar… Me «bebo» todo lo que digas… Un gracias se queda «cortito», te envío mil… Para ir empezando.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies