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Celos

Los celos se nutren de dudas y la verdad los deshace o los colma.

FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD, filósofo y moralista francés.

Celos. Esta palabra, así en plural, hace referencia a un cúmulo de sentimientos difícilmente catalogables. Dicen los expertos que, a pesar de lo que hayamos oído en multitud de ocasiones, los celos no son una muestra de amor ni de interés por la persona amada, sino que nacen del interior del individuo que los sufre, fruto de sus debilidades, de la situación y de la persona o personas a las que cela, sin más pretensión que poner patas arriba su equilibrio emocional y su percepción de la realidad.

       El origen de los celos suele identificarse como el temor a perder algo o a alguien. Esta pérdida nos produce un sentimiento de desamparo, de abandono, de desprecio, si se quiere, que el ser amado causa en nosotros al actuar como lo hace o como nosotros imaginamos que hace. Porque, como dice el filósofo y moralista francés titular de nuestra cita de hoy, los celos se nutren de dudas, y son las dudas las que causan ese temor irracional en nosotros. El no saber nos mata. Pero imaginar es incluso peor que saber. Porque la imaginación es poderosa y puede empeorar irracionalmente la situación que tememos.

       No obstante, tengamos presente también que ese miedo está justificado por la creencia de que alguien nos pertenece, como si fuera un objeto que pudiéramos contar entre nuestros preciados bienes. Es esa creencia la que alimenta y justifica la existencia de los celos. Si tuviéramos claro que el amor no se fundamenta en la posesión, los celos no tendrían razón de ser. Ser posesivo, por tanto, es el primer defecto que nos lleva a ser celosos.

       Por otro lado, si analizáramos los celos desde el punto de vista de la persona celosa, descubriríamos una baja autoestima, ciertas inseguridades y, en ocasiones, algunas patologías serias, como el síndrome de Otelo, también llamado celotipia o síndrome de celos monosintomático, un trastorno ocasionado por celos desmesurados.

       El síndrome toma el nombre del personaje de la obra de Shakespeare, en la que Otelo mata a Desdémona, poseído por unos celos enfermizos. La persona que padece esta patología está convencida de que su pareja le es infiel, y busca de todas las maneras posibles una prueba de esa infidelidad (espiando sus correos, su teléfono, sus movimientos, etc.), y no descansa hasta encontrarla. La ofuscación del enfermo lo incapacita para percibir la realidad que lo rodea, creando una realidad paralela, paranoide y terrible, que solo él es capaz de ver. De este modo, cualquier cambio de la pareja en los hábitos normales de conducta en casa —cambiar la marca del champú, retrasarse en la hora de llegada, cambiar un día la asistencia al gimnasio, etc.— despierta al demonio de los celos que alimentará las dudas, la desconfianza y la inquietud.

       Según los expertos, los celos generados por el síndrome de Otelo encajan a la perfección con el rol de persona dominante que está todo el tiempo alerta, atenta tanto a la persona que cela como a los posibles competidores.

       Tristemente, esta patología termina frecuentemente en violencia de género, como la propia obra del eminente escritor inglés a la que debe su nombre. Y en ningún caso, de ninguna de las maneras, está justificada.

       El caso más típico de celos, en el que estamos centrando este artículo, se da en la relación de pareja, pero no es exclusivo de esta. Todos conocemos casos de celos entre hermanos, amigos o compañeros de trabajo. Los celos son primos hermanos de la envidia, porque envidiamos no tener las cualidades que percibimos en el otro, las posesiones que tiene el otro, las oportunidades que tiene el otro, y tememos perder lo que consideramos nuestro porque alguien ajeno y «sin derecho» viene a arrebatárnoslo.

       En el caso más benigno, el episodio de celos puede deberse a una situación concreta y acaba con una disputa menor entre los implicados que, generalmente, suele cerrarse con una reconciliación, en ocasiones pasional. Pero hay que tener cuidado. Hay que saber diferenciar estos episodios nimios que todos hemos sentido alguna vez, fruto de nuestra propia imperfección, de nuestros defectos inherentes, de esos otros celos patológicos y enfermizos que causan infelicidad tanto en la persona que los padece como en aquellas en las que aquella proyecta su propia demencia.

       Recapitulando, podemos resumir que el origen de los celos se halla, fundamentalmente, en la inseguridad y en la baja autoestima de la persona celosa, así como en la creencia de ser poseedor o digno merecedor de aquello que se cela. También podemos concluir que, del mismo modo que hay manifestaciones de los celos «menores o benignas», que son aisladas y fundamentadas en un hecho concreto, existen igualmente manifestaciones mucho más serias, patológicas y delirantes, sin ningún fundamento, que nunca tienen un final feliz.

       Pero dejémonos de tecnicismos y diagnósticos. Volvamos a la cita de Fraçois de la Rochefoucauld. La duda, esa arpía carroñera, es la que alimenta al demonio de los celos. Un demonio feo y terrible que babea inseguridad, infelicidad, tristeza, desamparo, indignación, y miedo, mucho miedo.

       Todos tenemos en mente la imagen de la pareja celosa, pero la duda también puede estar basada en la creencia en que nuestra madre no nos quiere como a nuestros hermanos, que nuestro jefe no nos aprecia como a nuestros compañeros, que el grupo al que pertenecemos no nos tiene en cuenta… Son muchas las ocasiones en las que la duda de que algo ocurre a nuestras espaldas, algo malo que intuimos, pero de lo que no tenemos certeza, nos acongoja, nos ocupa la mente, nos martiriza.

       Según la cita, llenar ese vacío con certeza puede tener dos consecuencias: la primera es deshacer los celos; este sería el caso de que se demostrara que los celos que sentíamos no tenían fundamento y, por lo tanto, al desaparecer la causa, desaparece el efecto. La segunda consecuencia sería colmarlos; esto es, comprobar que, efectivamente, la causa de los celos existe, pero conocerla no nos libra del mal, todo lo contrario, aviva nuestro sentimiento negativo y nuestro sufrimiento.

       ¿Cómo podemos luchar contra esos sentimientos? ¿Cómo podemos combatir a un demonio tan poderoso? Principalmente realizando un DAFO a nuestra propia personalidad. Todo el que esté familiarizado con el análisis de la situación de una empresa comprenderá lo que quiero decir. Se trata de aplicar esta herramienta a nuestra personalidad, de manera que nos permita analizar nuestras Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades, con el fin de minimizar la D y la A y maximizar la F y la O del acrónimo.

       De este modo, deberemos trabajar nuestra autoestima, fomentar la seguridad en nosotros mismos, ver el lado positivo de las cosas. Basar las relaciones personales, sobre todo las íntimas, en la mutua confianza, en el diálogo y en la sinceridad. Evitar especular.  Y evitar que nuestra mente domine la realidad.

       No es tarea fácil. Menos aún si eres una persona pasional que se deja guiar por los sentimientos primarios. Como siempre, es una cuestión de equilibrio. Aunque, cuando hablamos de celos, el equilibrio se antoja tan difícil como un espectáculo circense en lo alto de la cuerda. En el peor de los casos, no habrá red que detenga la caída.     

Germán Vega Contributor
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One Comment

  1. MARÍA JOSÉ MARÍA JOSÉ 8 enero, 2021

    Me encanta tu análisis. Profundo y atinado. Con la razón del inteligente y el que vale por sí mismo. Exactamente opuesto a los «celos» y al enfermizo amor, sea éste el que sea.Le pongamos la justificación que queramos. No. Y no.
    He sido celosa sólo con mi marido hace mucho tiempo, y ahora, ya no siento ni «pizquita», y sólo me queda la admiración por él ¡el respeto! Y el AMOR.
    Se puede cambiar. Se tiene que cambiar. Los celos matan, y muchas veces, asesinan, tal como dices.
    He padecido los celos de novietes, amigos/as y familia.
    Nunca más.

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