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El despertar de los nacidos del Aether

ENTRADA I

Os ruego que estudiéis con atención, estimado lector, las páginas que entre vuestras manos se hallan. Cómo llegaron hasta vos y su significado, lo entenderéis a su debido tiempo si así ha de ser, pero albergo fe en que nadie más que vos podría encontrar sentido en ellas. Me dispongo a relataros algo que, confío, os asistirá al enfrentaros a vuestro porvenir. Permitid que me remonte tiempo atrás pues, desde mi propia concepción, quedó mi destino sellado. Al igual, así me figuro, lo hizo el vuestro.

En el lugar del que procedo es costumbre que las familias tomen el nombre de una constelación. Los Dioses nos hablan a través de ellas, pues las estrellas son su tinta en el oscuro pergamino del firmamento y nosotros los personajes de su historia. Mi casa parecía conminada a la grandeza cuando sus siete astros comenzaron a refulgir con intensidad una noche estival, la misma en la que al mundo vine. Decían los astrónomos que era un divino presagio de mi legendario destino. Solo con mi último aliento podré saber con certeza si erraron, mas os digo que tortuoso habrá sido el camino hasta exhalarlo. Baste decir que mi madre no superó el parto y mi padre fue vilmente asesinado meses después en la misma habitación en la que yo dormía. Nunca conocí, ni lo deseé, los detalles de tales sucesos. A buen seguro, mis mentores siempre agradecieron mi aparente desidia. 

De haber nacido en cualquier otro lugar, la indecorosa mendicidad habría marcado mi sino, o la prematura muerte antes de tener edad para ello. Sin embargo, los huérfanos, condenados a la miseria y al ostracismo en el resto del mundo, eran los recursos humanos más valiosos para Augis. Los Hijos del Reino, las puntas de sus lanzas, sus portaestandartes, aquellos que matarían y morirían por defender la única madre que habían conocido. Su patria. Los cuerpos de élite se nutrían gracias a los hados inmisericordes, a las almas quebradas Se me educó con austeridad, mas no conocí jamás la soledad ni la pesadumbre del huérfano desvalido. Crecí junto a  otros niños cuya infancia había sido truncada como la mía propia. Profundos vínculos nacieron, pues cada uno consideraba al resto su familia, la única que teníamos, bajo el amparo del más noble de los reinos, gobernado por el más noble de los reyes.

Al cumplir mi décimo invierno, la elección de mi vida me reclamó, pues la nación necesitaba formar a sus futuros astrónomos, soldados y edecanes. Mi decisión había sido tomada largo tiempo atrás. Ninguna otra podría satisfacerme. La Academia de las Artes Ocultas. 

Ingresé junto a otra decena de infantes y a su pueril imaginación, desbocada ante la épica ensoñación. Canciones sobre sus futuras hazañas copaban nuestros frecuentes encuentros. Inclementes tormentas lanzadas contra enemigas huestes; espectrales escudos protectores interponiéndose entre el Palacio de Cristal y meteóricas lluvias conjuradas por oscuros taumaturgos; invocaciones de legendarias criaturas que acudían prestas a la orden de sus magnánimos soberanos. De tal forma, prevalecimos durante los primeros meses de nuestra formación. Mas no albergó reparos la realidad en mostrarnos cuán cruel podía ser, una vez más. 

Tras años de aprendizaje, conocíamos las palabras, el momento en el que debían ser pronunciadas y lo que se esperaba de ellas. Una solitaria vela sobre el atril, ojos cerrados, unos susurros cuyo significado escapaba a nuestra comprensión. Y, algunas veces, libros eran desplazados unas pocas pulgadas, una inesperada brisa agitaba las pardas túnicas de los presentes o una débil llama iluminaba los atónitos rostros de los estudiantes neófitos. 

Había poder en aquellas palabras. No podía dudarse de tal evidencia. Sin embargo, todos los que permanecían en la Academia el tiempo suficiente, se percataban de la aterradora verdad. No entendíamos nada y nunca lo haríamos. En cierto modo, tal era la naturaleza de cualquier disciplina, pues los herreros sabían que calentar el metal lo hacía más maleable; los alquimistas, que la prolongada exposición al azogue provocaba alucinaciones; los físicos, que tratar al herido con ungüentos de hierbazul prevenía las infecciones. Ninguno de ellos podría explicar el motivo de tal causalidad pero, la mera aceptación de lo cotidiano, lo tornaba en algo real, sustancial, sólido. Los ocultistas nos hallábamos al margen de la cálida protección que ofrecían los axiomas. Navegábamos a la deriva, atravesando un desconocido océano, sin saber siquiera si era agua aquel cristalino líquido que surcaban nuestras naves temerosas. 

Los inviernos se sucedieron y alcancé el rango de precludeus con notable brillantez. En virtud de mi nueva posición, se me permitió acceder a la biblioteca de la Academia. Al inicio, en mi exaltación, me sumergí en cada libro, cuaderno o pergamino que prometiera desvelarme los secretos cruelmente ocultados hasta entonces. Aún albergaba la secreta esperanza de que los pasados años no hubieran sido sino una prueba para fortalecer nuestra tenacidad. Recuerdo aquellos tiempos como un pesado sueño, una vaporosa figura deslizándose en silencio entre incontables páginas vacías. Recorría casi a diario los interminables pasillos de aquel ciclópeo salón. Aún puedo evocar esas columnas color aguamarina con extraños grabados en doradas hebras, las antiguas estanterías de madera noble repletas de volúmenes polvorientos y ese inconfundible olor a papel y cera fundida. Y la soledad. Incluso en los momentos en los que centenares de figuras entunicadas recorrían sus pasajes o estudiaban afanosas sus secretos, aquel lugar siempre parecía vacío.

Me sumergí con febril excitación en la lectura de los más célebres documentos que sentaron las bases de nuestro ocultismo. Algunos de aquellos tomos eran obra de los más altos rangos de la Academia misma o de instituciones similares en diferentes reinos. Otros provenían supuestamente de Terra Incognita, más allá de los confines de nuestro mundo explorado. Los libros antiguos se centraban en la traducción de las palabras utilizadas en las fórmulas quiméricas. Se asumió como idioma arcaico, olvidado eras atrás, sin similitud alguna con las lenguas actuales. Lo llamamos Rego Fatum. El modo y la razón por la que llegó a nosotros, no los supe hasta largo tiempo después, mas sea como fuere, aquello desencadenó el inicio del ocultismo como ciencia con la fundación de la propia Academia. En su origen, no fue más que un centro de intensiva traducción y descifrado. 

A pesar de los denodados esfuerzos de nuestros predecesores, jamás pudieron extraerse patrones fiables y la ausencia de contexto hizo imposible atribuir significado alguno a las extrañas runas que constituían (o eso creíamos) las palabras. Dichos símbolos eran, en sí mismos, de una abrumadora complejidad, llegando a decenas e, incluso, cientos de trazos cada uno. Algunos presentaban abruptos rasgos lineales; otros, suaves contornos circulares o cualquier combinación de ambas. Diferían en el tamaño relativo entre ellos, el grosor de los trazos y el espaciado entre una runa y la siguiente. 

A pesar de todo, los criptógrafos continuaron su trabajo con admirable obstinación, hasta que la desolación les sobrevino cuando se hizo patente algo más inquietante que todo lo anterior. Durante los primeros años de la Academia, aprendimos nuevas runas, sin que nadie ajeno a los herméticos círculos superiores conociera la procedencia de tal conocimiento. Transcribimos cientos de ellas, miles, mas nunca se repetían. Incluso fórmulas quiméricas que, aparentemente, desencadenaban un efecto idéntico al utilizarse presentaban una composición completamente distinta. Muchos desistieron y algunos aseguraron que Rego Fatum no podía tratarse de un dialecto real, pues no obedecía a las más elementales normas que todas las lenguas del mundo compartían.

El ocultismo, en su faceta práctica, se demostró, empero, más gratificante. De alguna manera, aprendimos a pronunciar aquellas palabras. La magia, el gran anhelo de la humanidad, se hacía realidad ante nuestra atónita mirada. Los efectos fueron leves al principio y lo cierto es que continuaron siéndolo siempre. Décadas después, seguíamos sin entender de dónde procedía ese poder, o cómo utilizarlo, aunque fuéramos testigos de él. Y, entonces, llegó el momento en que no se describieron más runas, como si aquella fuente desconocida se hubiera agotado. La expectación acabó tornándose en desidia y desesperación ante la ausencia de progreso. 

Las investigaciones, no obstante, continuaron y la siguiente generación de ocultistas se centró en la heurística. La mayoría de los archivos recientes de la biblioteca pertenecían a aquella disciplina. Pretendían ser minuciosas memorias de investigación, recogiendo todo tipo de información en torno a cada experiencia y el resultado obtenido. Momento del día, fecha, lugar, objetos presentes y su distribución, testigos, fórmulas quiméricas empleadas. Los resultados de tales experiencias divergían notablemente. Efectos inesperados e irreproducibles. En ocasiones, el objeto sobre el que se concentraba la quimera ni siquiera era el que experimentaba los efectos, sino cualquier otro cercano. Parecía más probable obtener ciertos resultados en algunos momentos de la jornada, como prender unas velas durante la noche. Algunos objetos podían desplazarse instantáneamente o desaparecer si el experimento se realizaba en algunos lugares, mas no en otros. 

La esperanza renació entre la comunidad ocultista cuando ciertos autores describieron un extraño fenómeno que llamaron «distorsión metafásica», una suerte de ondulación del espacio alrededor del foco del sortilegio al desencadenarse el efecto. Tomaron dicho fenómeno como algo inherente a toda fórmula quimérica pero únicamente visible al alcanzar cierta intensidad. En los libros más recientes, se establecía una conexión entre la distorsión metafásica, la intensidad del sortilegio y la fórmula quimérica empleada, aunque las divergencias entre los diferentes textos eran demasiado pronunciadas como para establecer conclusiones canónicas. No faltaban los manuscritos en los que se describían efectos dirigidos, reproducibles, controlados y de gran intensidad. Tales trabajos, normalmente firmados únicamente por ocultistas de elevado rango, eran raramente reproducidos por otros miembros del gremio. El escepticismo acerca de su veracidad se propagó con presteza, aunque nadie osara cuestionarla abiertamente.

La naturaleza aleatoria e inextricable de Rego Fatum inspiró, incluso, corrientes filosóficas que cuestionaban su propio origen. A diferencia de muchos de mis coetáneos, no desdeñé tales obras y, en mi búsqueda, no dudé en analizar ejemplares desacreditados por la comunidad ocultista más ortodoxa. Algunos autores sugerían que las fórmulas quiméricas eran en realidad órdenes transmitidas a otro ente de naturaleza desconocida que las ejecutaban (o no) según su predisposición hacia el ocultista, la claridad de la orden en un idioma inteligible para ellos y la naturaleza misma de las instrucciones. Esta hipótesis atribuía nuestro fracaso al antojo de otros seres conscientes con capacidad de decisión sobre lo que se les ordenara. En diferentes textos, aquellos seres no eran otros que los mismos Dioses y nuestras quimeras una suerte de plegarias rogando por su gracia. Las Deidades decidían entonces si el ocultista era digno de su bendición o de su desprecio. 

Cualquiera que fuese la verdad, la humanidad parecía haber encontrado la puerta hacía un mundo desconocido, mas era aquel un umbral cruelmente vedado. Si debido a nuestra incapacidad o vileza, no habría sabido responder en aquellos tiempos. Ahora tengo la certeza de que nunca podremos gobernar Rego Fatum, pues aquello que nos lo impide pertenece a nuestra propia naturaleza. Es la esencia misma de la humanidad. 

Tras años de infatigable búsqueda, mi determinación comenzó a tambalearse. Imaginaba cuántos de mis predecesores iniciaron una cruzada similar con idéntico ahínco para saborear, tiempo después, la amarga realidad. Regresaba a mi oscura alcoba a diario, la mente exhausta por la ingrata tarea de perseguir etéreos fantasmas. Cuando la oscuridad se adueñaba de la estancia, prendía la mecha del único candil. Recuerdo que, durante los primeros meses, solía utilizar para ello mis aptitudes ocultistas, recitando esmeradamente las runas de la fórmula quimérica apropiada. Un esforzado proceso que, a menudo, se prolongaba varias horas, pues había de reiniciarse en caso de errar. Poco tiempo después, al sentir el peso de la frustración derrotar mi inicial entusiasmo, acudía al corredor a tomar la llama de una de las teas. Tras ordenar y revisar las notas tomadas durante el día, me desplomaba en el austero catre y perdía la consciencia con presteza nacida de la extenuación. Con frecuencia, mis sueños me transportaban de vuelta a la biblioteca, pues tal era mi obsesión. En ellos, pequeñas figuras se deslizaban por entre los pasillos, demasiado fugaces para que pudiera percibirlas con claridad. Sentía su presencia, escuchaba sus murmullos, sus risas. Vislumbraba las sombras tras cada estantería y corría tras ellas, pero se desvanecían antes de que pudiera alcanzarlas. Rogaba por su bendición, entre sollozos o gritos amenazantes, sin obtener jamás respuesta. 

Una mañana invernal desperté tras un agitado sueño. Es poderosa la tentación de relataros que percibí algo distinto, que, de alguna manera, sabía ya que aquel día los hados me serían propicios. Si lo hiciera, no obstante, estaría faltando a la verdad y, por ende, al lector de estas páginas, a quien debo la mayor de mis lealtades. Lo cierto es que completé con premura mis abluciones habituales, me pertreché con la túnica carmesí, distintiva de mi rango, así como de un cuaderno de notas, y me dirigí al refectorio. Tras un frugal desayuno de gachas con miel y pan de centeno, me encaminé a la biblioteca sin demora, como dictaba mi diaria rutina. Se interpuso en mi camino una alta figura ataviada con un hábito púrpura. Reconocí al instante a aquella mujer de dorados cabellos y mirada esplendorosa. Era la maegus Astrid Sorelaen, la misma que había sido mi tutora durante la logica[1] cuatro años atrás. Me dedicó una cálida sonrisa que acentuó brevemente las tenues arrugas alrededor de sus comisuras. Sin duda era una mujer de gran belleza, mas el tiempo comenzaba a recordarle la fragilidad de lo efímero. Me saludó con cortesía y preguntó por el progreso de mis investigaciones, pues pronto se celebraría el concilio que habría de evaluar mi scientia[2]. Tras devolver el saludo con el debido respeto, respondí con cierto remordimiento que consideraba esperar un año más antes de presentar mis resultados. Argumenté que necesitaba más tiempo a fin de analizar con detenimiento los datos de un buen número de cuadernos y extraer conclusiones de ellos. 

Recuerdo como su sonrisa se desvaneció. Fue reemplazada por una mueca de desagrado y una adusta mirada. Sus ojos, color esmeralda, parpadearon y perdieron súbitamente su brillo en favor de un tono oliváceo mate. 

“Por los Dioses, joven, hace meses que nadie te ha visto trabajar en el laboratorium[3]. No acudes a los seminarios ni discutes tus avances con ningún otro académico de rango superior”, me espetó la maegus

Intenté defenderme con escaso éxito, aduciendo que prefería centrarme en la lectura, tratando de encontrar resultados similares en la literatura. 

“¿Y qué resultados son esos, precludeus?”, inquirió mi antigua mentora, sin atisbo alguno de decoro. 

“Las runas C141sA[4], C223c2B, M16sB y LHe9sC presentan una llamativa similitud en los trazos centrales. Mis experimentos sugieren que son intercambiables en diversas condiciones sin alterar el resultado. Mi hipótesis, que son en realidad variaciones de la misma runa y que sus alteraciones corresponden a instrucciones específicas de coordenadas espaciales del foco más que al efecto en sí. He observado, asimismo, una probabilidad mayor de distorsión metafásica con la runa LHe9sC y estoy tratando de encontrar los trazos responsables de la misma”, recité con toda la seguridad que fui capaz de reunir. 

Mi estrategia fue en vano, no obstante, puesto que la maegus Astrid poseía una magnífica memoria. Me manifestó que aquella fue la misma respuesta que emití, palabra por palabra, la primera vez que se aventuró a preguntar tres años atrás. Antes de que pudiera responder, ella volvió a hablar suavizando el gesto y adoptando una expresión de preocupación.

“Reconozco ese comportamiento huraño, las largas horas en la biblioteca, ojos hundidos, espalda encorvada al caminar y la vista perdida en soledad. Son los síntomas de la obsesión, una que ha destruido la carrera de muchos brillantes precludi. No deseo tal destino para ti”, añadió recuperando la viveza de su mirada para otorgarle una expresión casi compasiva.

“Agradezco vuestra preocupación, maegus, pero no tenéis motivo para albergarla. Tan solo trato de completar la investigación de la manera más precisa posible. Y, para ello, necesito saber si alguien ha hecho las mismas observaciones antes. Es por eso que he dejado a un lado la experimentación y frecuento la biblioteca estos últimos meses”, respondí con fingida serenidad.

“Celebro oír eso, precludeus, pues no puedo garantizar que la prórroga que deseas vaya a serte concedida”.

Aquella nueva me sorprendió sobremanera. Debió reflejarse en mi rostro, pues mi interlocutora se apresuró a responder la pregunta que mis labios no llegaron a pronunciar.

“El Consejo de Eruditi[5] ha determinado que un número preocupante de precludi se desorientan en sus investigaciones. Tienden a buscar respuestas para las que no están preparados y ese no es el objetivo de su rango”. 

Sus ojos se entornaron. Su expresión se endureció. 

“¿Quieres llegar a los límites de nuestro conocimiento? Preocúpate de conseguir la túnica cian. El resto vendrá después”, sentenció.

“Entiendo que quieren deshacerse de los estudiantes demasiado incautos”, dije, sin meditar mis palabras. 

“Yo también lo comprendo. Es tentador, ¿no es así? Un mínimo de seis años estudiando poco más que caligrafía incomprensible, acumulando infinidad de preguntas que nadie se molesta en contestar. Y, súbitamente, de la noche a la mañana, tienes acceso a la gran biblioteca de la Academia, el lugar donde se encuentra toda nuestra ciencia. Así que, necesariamente, debe contener todas las respuestas”. 

Adoptó de nuevo un tono conciliador, casi maternal. 

“Pero no es así…”.

“¿Dónde se encuentran entonces?”, pregunté ingenuamente.

“Algunas, en los archivos privados de los eruditi. Otras, únicamente los Dioses las conocen”.

Permanecí en silencio un tiempo, sin saber qué contestar.

“Como consiliarius podrías acceder puntualmente a algunos archivos de tu magister supervisor. Y no tendrías que presentar ningún resultado hasta seis años después. Puedes planteártelo como una inversión si lo prefieres”. 

Mantuvo su mirada durante un breve lapso, me dirigió una última sonrisa, se tornó y comenzó a caminar hacia la salida del refectorio. No obstante, se detuvo unos pasos después, girándose nuevamente hacia mí.

“Solo te digo esto porque detestaría ver un maravilloso talento, como el que te presupongo, desperdiciado, precludeus”. Acto seguido, continuó su camino y abandonó la sala.

Proseguí mi diaria rutina, caminando hacia la biblioteca con la mente turbada por la circunstancia que acababa de conocer. Mi ofuscación me había conducido al aislamiento en la Academia y, por ende, a una peligrosa ignorancia de todo cuanto ocurría en ella. Debería presentar mi scientia en un futuro cercano y lo cierto es que no le había dedicado la atención requerida durante los dos últimos años. Contaba con un curso más. Uno que, casi con toda certeza, ya no llegaría. Me prometí que aquella sería mi última jornada descuidando mis obligaciones académicas y que acudiría al laboratorium con regularidad para finalizar mi trabajo, si acaso era aún posible.

Cuando atravesé el umbral de la biblioteca, me detuve brevemente. Sin saber muy bien dónde dirigirme, deambulé por los pasillos que tan bien conocía. Atravesé las secciones en las que había invertido los últimos meses. Lingüística, caligrafía rúnica, experimentación clásica. Continué caminando. Filosofía, geometría, semiótica, semántica, astronomía. Lo cierto es que había revisado la mayoría de los manuscritos de esas secciones, sin hallar el verdadero entendimiento de aquello alrededor de lo cual giraba la existencia misma de la Academia. Como dictaban las corrientes actuales, me había centrado, sin éxito, en los aspectos más técnicos de Rego Fatum. Aquel día necesitaba algo menos inalcanzable, buscar una suerte de conocimiento tangible, humano. Y no lo había más que preguntarse el origen de algo. 

Nuestros inicios en el ocultismo databan de unas tres décadas atrás en aquel momento, por lo que la mayoría de los estudios que pretendían rastrear su creación o hallazgo se centraban en los últimos años del Imperio. La propia hermeticidad de la Academia dificultaba enormemente obtener información relativa a ese periodo, pues los círculos de ocultistas de más alto rango guardaban celosamente tales secretos. Al principio, consideré que su motivación era el puro egoísmo, la inherente necesidad humana de acaparar los valiosos recursos para utilizarlos en propio beneficio. En realidad, se trataba de algo tan simple y frustrante como la ignorancia. Una incluso más turbadora que la que nos dominaba a los demás pues, al menos, nosotros vivíamos en la ingenua certidumbre de que debía existir alguien que conociera las respuestas. Y en verdad así era, mas no se hallaba entre aquellos muros.

No por primera vez, me planteé en aquel momento que el mero hecho de que Rego Fatum fuera un lenguaje indicaba su creación y utilización por alguna civilización anterior. Había indudable poder en sus palabras y no imaginaba lo que una cultura que dominara aquel idioma habría conseguido, o cómo desapareció. 

Teología e historia. Me interné en el oscuro corredor que correspondía a aquella sección, uno que jamás hollara antes. Los documentos no obedecían a orden alguno y la pátina de polvo denotaba un notable grado de abandono. Los libros más modernos se centraban en la historia de la división del Imperio en los cinco reinos actuales, tras la Guerra de la Escisión, desde la perspectiva de diferentes autores. Otros describían las diversas religiones del Mundo Conocido y su influencia cultural en los pueblos que las adoptaron. Del mismo modo, no faltaban volúmenes referentes a los antiguos pobladores de la era pre-Imperial, más de cinco milenios atrás. Entre ellos, los más conocidos eran los kha’ultori o kultori. Hablaban la lengua antiqua, de la que deriva nuestro imperatum, y que aún seguimos utilizando en nomenclatura de diversas disciplinas como el mismo ocultismo. El propio nombre de Rego Fatum significa «Rijo el Destino» en aquel arcaico dialecto. 

Lo cierto es que mi conocimiento sobre nuestros antecesores era muy escaso, algo que me propuse enmendar, pues prometía al menos una sugestiva lectura libre de la cotidiana frustración. Tomé un volumen titulado «Los moradores pre-imperiales», me acomodé en un deslustrado pupitre y comencé a ojearlo. Los kultori fueron la civilización compleja más antigua de la que teníamos noticia. El momento en el que llegaron al continente de Annakronos era completamente desconocido. Existían registros sobre numerosos asentamientos kultoricos, desde pequeños campamentos hasta inmensas urbes. Sobre ellas, de hecho, se construyeron casi todas nuestras ciudades actuales, aprovechando complejas ingenierías que, aún hoy, somos incapaces de reproducir. Lo que me sorprendió descubrir fue la ausencia de una progresión lógica en su técnica. Aparentemente, pasaron de construir aldeas compuestas por moradas de adobe y paja a edificar maravillas del mundo antiguo como el Palacio de Cristal, cincelado hasta la última pulgada a partir de una gigantesca roca de cuarzo. No se tenía constancia alguna de estadios intermedios. El dominio de un poder como Rego Fatum bien podría haber explicado esta prodigiosa evolución mas, si nuestros antecesores lo conocieron, no dejaron rastro alguno de ello. Y si así fue, tampoco podía imaginar de dónde lo obtuvieron ellos. 

Lo cierto es que se conservaban muy pocos documentos escritos por los kultori, pues se fueron degradando con el paso del tiempo y a causa de la indiferencia que mostró el Imperio por retener la propia historia desde su fundación. No conocíamos nada acerca de sus creencias religiosas, si acaso las tuvieron, ya que no se había encontrado ningún templo, altar, necrópolis o cualquier otra construcción dirigida a la veneración de sus deidades. Tampoco documento alguno de tal naturaleza que sobreviviera a la cruel iniquidad del tiempo.

Revisé decenas de volúmenes aquel día, buscando alguna relación entre nuestros antepasados y Rego Fatum, aun sabiendo que, posiblemente, no existiera tal conexión más que en mi enfervorecida mente. Tomé algunas transcripciones de textos kultoricos originales y comencé a estudiarlas con detenimiento. Nunca había aprendido formalmente antiqua, pero las similitudes con nuestra lengua permitían extraer ideas generales. Los escritos no parecían tener ninguna relación entre sí. Algunos relataban fábulas moralistas de personajes ficticios, entre ellos animales, en una suerte de cuentos infantiles. Otros eran compendios de flora y fauna autóctonas de regiones que no pude reconocer. Había, de igual modo, referencias a técnicas de agricultura, caza, pesca, orfebrería, minería o metalurgia, algunas de ellas de prodigiosa complejidad para el indocto. 

La nocturna oscuridad ya se cernía sobre mí y me percaté de que no había interrumpido mi lectura ni tan siquiera para aliviar las más mundanas necesidades. Varios acólitos comenzaron a prender las antorchas y la hipnótica danza de sus llamas iluminó la enorme estancia. Estaba derrochando mi tiempo, lo sabía con la certeza del que sentía lo mismo cada día durante años. Arrojé a un lado las transcripciones y me incorporé para desentumecer las piernas. Caminé hacía otra estantería y tomé dos volúmenes más, prometiendo en silencio que serían los últimos. Uno de ellos llevaba por título «Religión y cultura de los primeros pobladores», el otro, «Guía ilustrada de la arquitectura kultorica». El primero únicamente mencionaba a los kultori para indicar el completo desconocimiento de sus creencias y prácticas religiosas y dedicaba la mayoría de sus páginas a las tribus septentrionales contemporáneas de estos. La guía de arquitectura resultó más atractiva, pues no era común que un libro contuviera tal cantidad de esbozos. El autor de los mismos debía ser un artista consumado, dado el realismo y la abrumadora cuantía de detalles que plasmaba en su obra. Todas las grandes construcciones kultoricas estaban representadas, desde el Palacio de Cristal hasta la Arena de Eyffengard, el Muro de Gaussys o las Torres Albeith. Mi mirada se sintió atraída súbitamente por un dibujo del Salón del Trono del Palacio Imperial de Illyathar, la antigua capital imperial y la actual de la República de Eyssen. Había algo que me resultaba profundamente familiar a pesar de no haber estado nunca allí. Levanté la vista del libro durante unos instantes y me froté los ojos, cansados por ser forzados a leer en la penumbra. Al abrirlos, me encontré observando fijamente una tea que se hallaba a unos pasos de mí y que, crepitando con furiosa intensidad, acentuaba el brillo de las hebras doradas que salpicaban sin orden aparente la columna que la sostenía. 

Las columnas. Esos extraños grabados bruñidos que ornamentaban los pilares eran muy similares a los representados en los diseños del Salón del Trono de Illyathar. Aquello, por sí mismo, nada tenía de extraordinario. El edificio de la Academia bien pudo haber sido erigido sobre alguna construcción kultorica previa, aprovechando estructuras como los balaustres. Lo sorprendente fue comprender que, aunque se evidenciaba la similitud entre ellos, los trazos nunca eran idénticos entre sí. Había algunos relativamente simples, otros extraordinariamente complejos. Un sudor frío comenzó a resbalar por mi espalda. Una idea reverberaba en mi mente, pero no consentí que me dominara. Necesitaba verificar todas las posibilidades antes de permitirme la brizna de júbilo que, a buen seguro, terminaría por fenecer ante la perpetua saña del insidioso realismo. Tomé mi cuaderno y un carboncillo y comencé a dibujar los trazos de la columna más cercana desde todos los ángulos posibles. Me dispuse a hacer lo propio con todas las columnas de la biblioteca, mas el alba amenazaba con despuntar, tal cantidad de tiempo invertí en mi tarea. El resultado final fue, no obstante, razonablemente fiel al original. Sentí entonces el abrumador peso de la fatiga, el hambre y la sed, pues había pasado un día entero en aquel lugar sin satisfacer las más elementales necesidades. Asimismo, por algún motivo, la idea de que otros ocultistas me sorprendieran dibujando los trazos de las columnas de la biblioteca me resultó profundamente incómoda. Decidí retirarme, no sin antes ordenar todo el material utilizado.

Salí de la biblioteca y me dirigí a mis aposentos, deteniéndome brevemente en el refectorio para saciar las acuciantes carencias. Cuando llegué a mi alcoba, dejé mis notas sobre el pupitre, realicé mis abluciones y me desplomé en el catre. Desperté cuando la oscuridad volvía a imponerse a la magnánima luz en su eterna pugna. Abrí mi cuaderno y me dispuse a analizar mis bocetos. Durante largo tiempo contemplé dubitativamente los dibujos desde los diferentes ángulos, intentando extraer alguna conclusión. No eran simétricos, eso fue pronto evidente. Los trazos presentaban diferente grosor en algunas áreas y el espaciado entre ellos era asimismo variable. Coloqué los dibujos juntos, uno tras otro, como si la columna fuera un pergamino que pudiera desenrollarse. De nuevo, me invadió un sentimiento de familiaridad, pero fui incapaz de descifrar nada concreto de aquellas líneas. La frustración comenzó a hacer mella en mí, no por primera vez, y sacudí las hojas de un manotazo. A continuación, me froté las sienes, saboreando de nuevo la sensación de desesperación. Me incorporé y caminé por el habitáculo, meditando, sin saber cómo abordar la situación. Me dispuse a sentarme de nuevo y contemplé una vez más los bocetos. Ahora se encontraban aleatoriamente dispersos a causa de la furibunda reacción anterior. Uno de ellos se había posicionado perpendicularmente respecto a su dibujo contiguo. 

Entonces reconocí un patrón, uno que llevaba años estudiando, en dos de las hojas que se situaron en tan particular distribución. Las manos comenzaron a temblarme mientras colocaba todos los bocetos de aquella misma forma. Un círculo, cada hoja junto a su contigua, y variando su ángulo acorde a la circunferencia formada. De esta manera era como si estuviera mirando el pilar desde arriba, concentrando todos los trazos dentro de su sección circular, quedando los más cercanos al techo en el interior de la circunferencia y alejándose estos del centro a medida que descendían en altura. 

Paradójicamente no recuerdo mucho de aquel momento. No albergo en mi memoria más que unos fragmentos inconexos. Debí gritar, pues al poco se presentaron en mi cuarto varios estudiantes preocupados. Posiblemente sollocé, ya que recuerdo la sensación de escozor en mis mejillas. Lo que hice, con total certeza, fue tomar un carboncillo y un papiro, el de mayor tamaño que pude encontrar, y comenzar a dibujar lo que tenía antes mis ojos. La proyección en un plano de los trazos de una columna cilíndrica. En otras palabras, una perfecta runa, de sección circular, de Rego Fatum.


[1] Período mínimo de 3 años en los que un estudiante de rango logicum es tutelado directamente por un maegus.  Es el momento en el que el ocultista inicia su aprendizaje práctico de Rego Fatum.

[2] Prueba en la que un precludeus presenta ante un concilio de maegi y magistere los resultados de la investigación realizada durante los últimos cuatro años. Su aprobación es esencial para la promoción del precludeus a consiliarius.

[3] Lugar dentro de la Academia reservado para la realización de experimentos.

[4] Nomenclatura de clasificación rúnica. C: categoría contorno circular, 141: número específico dentro de la categoría, s: espaciado simple, A: referente a clase de tamaño relativo.

[5] Cúpula de los veinte miembros de mayor rango de la Academia. Está compuesta por los doce maegi, los siete magistere y el Regenti. Estos son los únicos rangos en los que existe un número límite de integrantes.

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