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True men don´t kill coyotes

Mientras ordenaba un poco su alma y algunas viejas publicaciones, su gata oronda y negra lo miraba con la misma expresión cansina y aburrida que caracterizaba a ambos. El polvo del cuarto cubría con desprecio esos recuerdos que parecían estar vivos gracias a que él los apaleaba. Encendió un cigarro negro, barato y malo, y una voluta de ese humo dulzón demostró que es mejor ahorrar en vicios que en cosas vitales como, por ejemplo, comida. Estaba intentando organizar algo más que el guion de su nuevo programa nocturno, estaba intentando averiguar en qué curva de su vida había derrapado y, ahora, más de 25 años después de tanto rock, metal y alcohol, estaba desahuciando su vida hacia el osario del 2021.

Encontró un ejemplar de una vieja publicación donde participó con algún relato que combinaba bonitas metáforas con insultos y falopa: “Ah, Raskolnikov…” alcanzó a susurrar antes de echarse en cara esas madrugadas en F.M. Montserrat, cuando decenas de pibes le mandaban cerveza, vino bueno y camisetas de bandas malas. En la contraportada estaba su nombre en letras grandes, y un logo casi ridículo pero llamativo que, en aquellos años, supo hacerlo la voz de una selección de temas que era complicado escuchar en casi cualquier sitio. “El Coyote te trae todo lo que no podés encontrar en otros Medios”, decía el anuncio. Se sintió orgulloso por un instante, y luego ridículo, porque supo que en el año 1995 era cierto, porque muy poca gente pinchaba “Lados B” de Pearl Jam, o Soundgarden. ¿Quién demonios conocía, en ese entonces, a Ugly Kid Joe? Faith no More era la banda del momento pero luego el sistema de globalización de talentos se los fue llevando a otras esferas. Mike Bordin tocaba, por ejemplo, como batería del mega oscarizado satánico Ozzy, Mike Patton conseguía dinero para sus proyectos alternativos y el resto… bueno, el resto vivían de los Royalties. Bufó. Recordó sus momentos de revelaciones etílico-proféticas cuando les decía a sus compañeros que en el futuro la promoción sería gratuita, la televisión sería un concepto diferente, y las bandas podrían acceder a plataformas para mostrar su arte… Tenía razón, la tuvo entonces, la tiene ahora… Bufó más tristemente; y así lo hizo porque no quiso ser espeso en esos años, donde muchos lo respetaban, diciendo que la apertura, la chance de que cualquiera pueda estar en redes, no iba a pasar desapercibido para los Grandes Medios que viven (y vivían y vivieron) y, mucho menos, iban a permitir que esa orgía de arte gratis llegara a todos.

Puso en una bolsa de supermercados “CrediCoop” un puñado de revistas, donde él había escrito un artículo acerca de un joven Houllebecq, diciendo que tenía las pintas de un cabrón sarcástico que odiaba a todos por igual. La revista olía a pis y vómito, seguramente fuera suyo, como las anécdotas que no se encontraban en el Google Maps de la historia de la literatura argentina, donde pasaba noches enteras bebiendo con escritores muertos, que le contaban que la mejor temporada de sus vidas estuvieron relacionadas con breves momentos en psiquiátricos y casas de meretrices. Eran pobres diablos, como él.

 El mundo siguió andando, y él no supo bajarse a tiempo, ni conservar parte de esa breve dignidad que tuvo. Abrió esa revista meada y encontró una lista de canciones que él recomendaba, sí, “Él”, el gran Señor Coyote. En esa lista decía que la canción que más le parecía real, perfecta y atrevida, era “True men don´t kill coyotes” de los Red Hot Chilli Peppers… del año 1984. Le sonrío a ese muchacho que creía que la integridad valía en el únder.

No sabía un carajo de nada.

Las primeras cartas le hicieron gracia. (Cartas, sí, niños, la gente se tomaba el tiempo de escribir a mano para insultar). Y más gracia le hizo, en aquel entonces, 1999, con el gran disco “Californication”, cuando una presentadora matutina le preguntó si en el ´84 existían los Red Hot. Él la miró, como ahora miraba a su gata en ese cuarto mohoso, y le dijo “Nena, menos mal que sos linda, porque se te nota que apenas podés acordarte de levantarte la bombacha después de mear”. No debería haberle dicho eso. Y, por la noche, tendría que haber pinchado en su programa la canción del momento que le pidió el director artístico… que no era “True men don´t kill coyotes”, porque el director artístico de la radio se garchaba a escondidas a la nena que no se acordaba de nada pasados 5 minutos y era fan de Turf, Oasis y otras porquerías parecidas.

Lo echaron a la misma mierda al otro día por la mañana. Y no era por sus reiterados insultos a la policía y las viejas que manoseban fruta en las verdulerías, ni por llegar borracho, ni por darse alardes de Gurú-Metatécnico… era porque ya nadie quería, allá por 1999, acordarse de lo guarros, feos y drogones que fueron los ´80´s para bandas de Rock Alternativo…

Se prendió otro cigarrillo horrible, miró a la gata, y tiró al carajo todas esas revistas que le recordaban que, en aquel momento, las señales para el futuro eran claras, para él y para los medios de hoy. Lo que no se esperaba, pero no está claro que no quisiera, era que terminara así, con un puñado de recuerdos que huelen a pis rancio, vómito… y una capacidad muy expresiva para bufar y exhalar tristezas. Cerró ese cuarto con llave y comenzó a pensar en Incubus y su disco S.C.I.E.N.C.E., fue a la heladera, se abrió una lata de birra y se dijo que basta por hoy de recuerdos… que ningún hombre verdadero lo hubiera matado, 20 años atrás ya era demasiado para ese domingo ralo de Buenos Aires. Acarició a su gata, y puso una cinta, donde su voz sonaba clara, joven y llena de fuerza.

Al rato se quedó dormido en el sofá.

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