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Añoranza del mar

A ambos lados del canal se extendía la pequeña flota de barquitos, cimbreándose en el agua como caballos marinos. Miró a su alrededor. Dentro de poco amanecería y el cielo de la ciudad, ahora salpicado de estrellas, se cubriría de luz.

Aspiró con fuerza el aroma salado de los canales. Tenía que mantener su mente lúcida para no olvidar.

Las olas se rizaban a lo largo de la costa, pero allí se estaba bien, protegida bajo la dureza del cristal. No sentía frío a través del vidrio, solo la caricia del amanecer que apenas despuntaba.

Observó el oleaje. Había aumentado de un modo insignificante, pero resultaba molesto para los hombres que se afanaban en desamarrar los botes: comenzaba una larga jornada de trabajo en el mar.

Los que venían del lugar donde mueren los barcos y habitan los muertos, agradecían sus sonrisas mojadas a través del cristal.

Todavía se sorprendía cómo rozaban su piel con reverencia: era algo mágico que así fuera, viniendo de hombres tan curtidos por vientos y galernas.

Por ellos sabía de su mundo: las ballenas grises, las ballenas azules, las orcas, las focas y leones marinos. Y también de los delfines, tan graciosos con sus blandos morritos, que saltaban al lado de los barcos guiándoles el camino.

Desde muy niña le gustaba escuchar de sus labios las historias de tormentas y barcos fantasmas, que navegaban en busca de un rumbo desconocido. Se sentía atraída por los paquebotes cuando aparecían con sus chimeneas humeantes, acercándose hasta el límite del puerto. Y le hubiera gustado navegar sobre los barquitos, algunos tan frágiles, hechos de juncos, que surcaban como flechas la dura piel del mar.

Cuando creció tuvo muchos pretendientes. Y supo complacerlos en cada uno de sus deseos: la agonía de aquellos hombres, caprichosos de su amor, la enaltecía, y ellos aceptaban como un reto ser sus amantes, confinados por un tiempo en su casa de cristal.

Los enervaba la bravura de su alma. La creían sabia, inmortal: conocedora del futuro y de su pasado.

Despertó perezosa en su lecho entre corales. Todavía sentía entre sus senos el perfume de la brea, el suspiro de los vientos en su oído y el rumor bravío del mar.

Miró a través de los cristales. Se acarició los brazos, se lamió la sal de los labios, y dejó que el sol la besara.

La vida seguía fuera del tiempo, de su tiempo que sentía prestado. Permanecía en la jaula de cristal porque lo quiso ella y el destino. Era la elegida y la cautiva. Esclava y reina de miles de pasiones. Se mostraba ante los hombres esculpida bajo telas transparentes: una diosa eterna a quien amar. Pero sabía que su mundo se ahogaba entre inmundicias. Que era la última de su estirpe.

Había muchos que esperaban la noche para conocer a la divina, que nadaba con destreza ante sus ojos, golpeando con su cola las paredes de su reino artificial. Entonces, Sirena emergía del fondo del agua y, sentada sobre un lecho de rocallas y de flores, empezaba a cantar. Su voz era tan dulce que despertaba el deseo de los hombres, consolando su nostalgia.

La amaban tanto que no podían dejarla escapar y perderla en abismos inciertos. Ni buscarla en un sueño de ciudades sumergidas, donde existieron castillos de corales: refugio de mil seres, que tal vez nunca olvidó.

Ella los añoraba, eternamente.

A menudo se acordaba de sus hermanas, de hermosos ojos glaucos y largas melenas que rivalizaban con el color de las algas. Extrañaba el tacto de su piel y sus rostros de alabastro, tan iguales al suyo. Anhelaba el roce de sus manos diminutas, los besos húmedos, la ternura. Con tristeza se bebió el mar que brotaba de sus ojos. ¡Deseaba tanto sentirlas de nuevo!

A veces sonreía, acordándose que en sus persecuciones rompían los bancos de peces, y cómo, después de sus travesuras, flotaban cansadas bajo la cálida luz que asaetaba los fondos marinos, iluminando de vida la oscuridad.

Todo lo perdió jugando al escondite, enredada en sus propios cabellos, atrapada por una red.

Carmen Hinojal Amores. Cuento publicado en la antología de relatos: Mujeres en tránsito.

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