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El problema

Si abordas una situación como un asunto de vida o muerte,

morirás muchas veces.

Adam Smith, filósofo y economista escocés.

Todos conocemos a alguien que se toma todo a pecho, que sufre por cualquier cosa y que solo ve el lado negativo de la vida. Sin ir más lejos, yo soy una de esas personas. Tal vez no en un grado alto, pero sí en un nivel intermedio. Uno de mis hermanos suele decirme que soy más negativo que el culo de una pila y creo que tiene razón. Estoy tratando de cambiar, lo juro. Mientras tanto, he pensado escribirme en la frente, en un lugar bien visible: disculpen las molestias, estamos trabajando para mejorar.

       Así que imagínate. Un pesimista declarado hablando del modo idóneo en el que deberíamos encarar los problemas. Parece un chiste, ¿no? Sin embargo, haré el esfuerzo, ya que explicarlo aquí tal vez me sirva para interiorizarlo y dar con las claves que me ayuden a relajarme un poco más en esta vida.

       Para empezar por el principio, lo primero que deberíamos ser capaces de hacer es identificar al problema como tal. Muchas de las situaciones que vivimos y que podemos considerar problemáticas tal vez no lo sean tanto.

       El psicólogo Rafael Santandreu, autor de El arte de no amargarse la vida o Las gafas de la felicidad, entre otros títulos, pone el énfasis en el diálogo interno. Para este psicólogo cognitivo las personas débiles «terribilizan» constantemente porque tienen una enfermedad que él denomina «terribilitis», que no es otra cosa que agrandar los problemas o tomárselo todo como un asunto de vida o muerte, como diría Adam Smith; de manera que, para Santandreu, no «terribilizar» es la manera de conseguir la fortaleza emocional. Pero, para lograrlo, es necesario tener una filosofía de vida que nos haga ver que para estar bien en realidad necesitamos muy poco. Es lo que Rafael Santandreu llama la «bastantidad», entendida como la aceptación de lo que se tiene como aquello que se necesita. Si se consigue algo más, será bienvenido, pero si no es así, no supondrá ninguna tragedia.

       Pero, volviendo a nuestro tema central, hay personas que son capaces de relativizar los problemas e identificarlos en una escala de valores, de modo que tienen una cierta estabilidad emocional que les ayuda a afrontar las cosas con más calma.

       La relatividad es un concepto maravilloso. Que se te manche de aceite tu mejor camisa puede parecerte un hecho terrible, pero, trasladado a aquel que no tiene más que una camisa roñosa con la que cubrirse, se convierte en un hecho trivial y carente de sentido. Que tu trabajo no te guste o que tu jefe sea un pelmazo seguramente se haya convertido en una fuente de infelicidad en tu vida, pero sería el menor de los problemas para alguien que necesitase con urgencia ese trabajo para ganar el dinero suficiente con el que alimentar a su familia. Sí, ya sé que el mal ajeno es consuelo de tontos, pero, desde esa nueva perspectiva, tu trabajo parece una bendición y aguantar al pelmazo de tu jefe, un problema menor.

       ¿Cuántas de las rupturas amorosas parecieron en un primer momento insoportables, después convenientes y, pasados unos años, una bendición? La perspectiva también nos ayuda a ver la verdadera magnitud de un problema.

       Por supuesto, hay sucesos en esta vida que pueden catalogarse de terribles, incluso si para Santandreu no son más que episodios inevitables que hay que aceptar. Uno de ellos es la muerte. La muerte, sobre todo si es la de un ser querido, es un hecho terrible para todos nosotros. Puede ayudarnos la fe, si la tenemos, y el calor que recibamos de nuestros familiares y amigos, pero sentir cómo te arrancan algo que considerabas tan tuyo es muy duro. Sin embargo, si tomamos conciencia de que llegamos absolutamente solos a este mundo desde una nada que desconocemos, tal vez entendamos más fácilmente que nos marcharemos igual de solos a la misma nada de la que vinimos. El pensamiento puede parecer demasiado trascendental y un poco deprimente, dependiendo de la creencia de cada cual y del sentido que se le dé a esa nada origen y destino de todo ser humano, pero sabemos que es algo inevitable, por lo que deberíamos descartarlo del listado de problemas reales.

       Por lo tanto, podemos concluir que lo verdaderamente importante es identificar el problema como tal, analizarlo, ver cuál es su importancia y su contexto, para buscar después la solución. Se le atribuye a Albert Einstein la siguiente cita: Si tuviera solo una hora para salvar el mundo, dedicaría 55 minutos a definir bien el problema. Ya ves que para el científico alemán la identificación del problema constituye el núcleo de la solución.

       Hemos mencionado El arte de no amargarse la vida, pero hay otro libro, titulado El arte de amargarse la vida, en el que su autor, Paul Watzlawick, nos habla de la paradoja de la farola. La paradoja de la farola cuenta la historia de un borracho que busca las llaves de su casa bajo la luz de una farola. Un policía le ayuda en la búsqueda, pero, al cabo de rato, le pregunta al borracho si realmente cree que perdió las llaves allí. El borracho responde que no, que fue más atrás, pero que allí no había luz. Con esta simpática anécdota Watzlawick quiere hacernos ver que a veces buscamos la solución en el sitio incorrecto. Nos empeñamos en analizar el problema bajo la luz que nos alumbró en alguna ocasión pasada. Y esto también es un error.

       Entonces, y para finalizar, tengamos claras dos cuestiones: es necesario definir el problema e identificarlo como tal. Tomémonos nuestro tiempo en hacerlo. Tal vez el problema que estemos planteando no lo sea o sea menos grave de lo que consideramos. Quizás el propio planteamiento esté mal hecho. Para eso es importante contar con aquellas personas que puedan ayudarnos en el análisis, que aporten su punto de vista y que nos hagan ver los errores que estamos cometiendo al definir el problema. En segundo lugar, debemos buscar la solución sin ofuscarnos en la misma luz que nos alumbró otras veces, recordemos la paradoja de la farola. La solución aparecerá, casi siempre lo hace. Y si no lo hace, entonces podremos parafrasear al escritor español Eduardo Mendoza, diciendo que un problema deja de serlo si no tiene solución.      

Germán Vega Contributor
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