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Un teclado que sabía demasiado

El primer teclado pseudotelepático de la historia, obra de Neuralink Corporation y el viejo Elon Musk, no vería la luz hasta recién entrada la fascinante década de los treinta, justo el veintitrés de abril de 2034, día del libro, en que, en medio de un gran clamor y mucha expectación, fue presentado en el paraninfo de la Universidad de Uppsala.

Naturalmente, al ser yo el más principal escritor de ciencia ficción estrambótica del momento, y guardar con Elon mi correspondiente y ya añeja amistad, fui invitado al evento, que sería protagonizado, amén de por el periférico, por el escritor Morton J. Maulén, que, en calidad de autor de baratos pero muy exitosos westerns, actuaría como cobaya y director del teclado.

Por lo demás, Musk sabía cuánto me gustaba estar a la última en cuanto a aspectos relacionados con la escritura y la lectura; de hecho, mi cubil era una plataforma de alta tecnología; no le faltaba el más mínimo detalle y, por ejemplo, mi dictáfono sabía trasladar mis discursos orales al procesador de textos sin mayores problemas; mi lector de libros biotrónicos disponía de funciones oníricas virtuales; mi telegrabadora holística y la red de memorias paralelas alojadas en mi casco evitaban que cualquier inspiración que yo captase se me evaporase, y de las posibilidades de interación holográfica con mis musas y lectores ya ni les cuento.

También me interesaba mucho la neurobiotecnología.

La presentación corrió a cargo de un nieto de Musk, quien elogió los alcances y las posibilidades del invento, dejó caer una buena retahíla de posibles aplicaciones y dio más que por sentado que aquello solo era el inicio de una Nueva Era.

Morton J. Maulén, antes de conectar la biocomputadora, nos refirió el episodio que iba a escribir (o, mejor dicho, trascribir) con el teclado pseudotelepático, la escena en la que, antes de escaparse, la banda del malo y la cuadrilla del sheriff se enfrentan en medio de una noche de luna llena, en un silencioso pueblo fronterizo de mala muerte que el autor no se molestaría demasiado en describir.

Todos pudimos ver cómo el escritor, cruzando sus miembros, se recogía bajo un haz de luz y cómo simultáneamente en la gran pantalla de la biocomputadora brotaban, como por arte de magia, las grafías, y la escena, párrafo a párrafo, quedaba medianamente resuelta; si bien, aprecié, al característico y pobre estilo de Maulén, lejos de mis mucho más sofisticadas y ambiciosas maneras.

El teclado pseudotelepático, bautizado como Orestes 34, fue todo un éxito en los mercados y pronto, por gentileza de Neuralink Corporation, tuve en mi cubil una unidad en calidad de prueba, y también pronto le observé al nieto de Elon mis estimaciones, que no fueron pocas ni baladíes, aunque grosso modo se orientaban a hacer ver el bajo índice de profundización y el alto desprecio por los detalles, la adjetivación compleja y la subordinación recursiva.

–Tuvieron suerte al escoger a Morton J. Maulén. Conmigo la presentación habría resultado un estrepitoso fracaso –le solté–, en tanto habrían quedado en evidencia demasiadas lagunas.

–¡Ya! ¿Y qué se le ocurre?

–Lo he hablado con su abuelo, y él está conmigo. No basta el carácter«pseudo» del ambicioso teclado, que no pasa de ser una especie de chuletero de carpintería de muy baja resolución. El teclado, para operar en primera línea, debe ser del todo telepático. ¡Entonces, sí! Y hemos concluido que la respuesta que podemos darle con las actuales biotecnologías está en las micorrizas neuronales, ya sabe, esos simbióticos hongos que tanto benefician a las raíces de los árboles dendríticos; en infectar al cacharro adrede.

–Eso nos llevará su tiempo, jefe; no crea que es tan sencillo procurar dicha infección. Mas veo por dónde van ustedes.

Discurriría casi todo un lustro (en el que, a tenor de su gran éxito, Orestes 34 se implantaría de serie en todas las biocomputadoras) para que se me brindase probar el prototipo de su sucesor: Calíope 39 Signature, una biomáquina que reunía una eficacia telepática cercana al ochenta por ciento, si no más, gracias a la más puntera biotecnología de las neuromicorrizas, una apuesta a prueba de súper dotados.

Advertido como iba, me anduve con especial policía a la hora de testarlo y quise escribir un relato de carácter breve, mas cuanto más lo contemplaba más crecía, con extensiones que afloraban desde mi subsconciente sin que yo las pudiese del todo controlar; de manera que me sentí medio desnudo, y me dije que si no se había percatado aún, aquella cosa sabía demasiado de mí, aunque el nieto de Musk me había asegurado reiteradamente que estaba libre de toda conciencia, que solo era un lector.

Inmediatamente les sugerí filtrar todo lo relacionado con los pecados capitales del usuario.

Sin embargo, la biomáquina me cautivó ipso-facto; gracias a ella yo podría escribir a raudales; de manera que adquirí un ejemplar a precio de oro, no sin antes disculparme (para mi cuidado) por no poder asistir al acto de su presentación, esta vez en Melbourne, ya que me esperaban en Estocolmo para otorgarme no sé qué famoso premio literario, y todavía tenía el discurso por preparar.

–¿Sabes, Luiso? –me dijo Elon– ¡Solo falta que infectes tu propio cerebro con las neuromicorrizas!

–¿Entonces qué?

–Entonces… ¡Tú mismo!

One Comment

  1. Germán Vega Germán Vega 7 febrero, 2021

    Me ha encantado, Luis. Buen derroche de imaginación. ¡Enhorabuena!

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