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El suicidio

El suicidio no es abominable porque Dios lo prohíba; 

Dios lo prohíbe porque es abominable.

Immanuel Kant, filósofo y científico alemán

Hace unas semanas, de camino al trabajo, escuché en la radio una noticia curiosa: en Japón, el índice de suicidio había aumentado un 15% desde el inicio de la pandemia.

       Tal vez por mi formación académica, oír hablar de suicidio me llevó a recordar el trabajo del sociólogo francés Èmile Durkheim publicado en 1897 y llamado justamente así: El suicidio. Lo novedoso de dicho trabajo fue que abordó el fenómeno desde el punto de vista social y no psicológico, utilizando como unidad de análisis las condiciones sociales responsables de que la tasa anual de suicidio variara en los países estudiados. Esta tasa anual, dicho sea de paso, se mantenía relativamente constante con la excepción de los periodos de guerras y catástrofes. Sin embargo, una de las conclusiones a la que llegó Durkheim en su estudio fue identificar la integración social como un factor protector para los individuos ante el suicidio.

       Pero lo que quiero destacar fundamentalmente es que el suicidio es un fenómeno común a todas las sociedades y, por lo tanto, parece inherente a la naturaleza humana.

       Sin embargo, existen algunos relatos curiosos de posibles suicidios de animales. Melisa Hohenboom escribía en el BBC Earth: «… La curiosa noticia fue reportada en el año 1845 en la revista británica Illustrated London News. Se reportó que un perro negro, descrito como fino, hermoso y valioso, intentó suicidarse dejando sus patas perfectamente quietas, en vez de nadar en el río. Tras ser rescatado, se lanzó nuevamente al agua buscando hundirse de nuevo hasta que finalmente tuvo éxito en su aparente misión suicida y murió. Según la prensa victoriana, no fue un caso aislado. Poco después, un pato se ahogó a propósito y una gata se ahorcó en una rama tras fallecer sus crías».

       Aparte de esta impactante noticia, también se han narrado algunos casos de delfines que se han suicidado negándose a respirar.

       En cualquier caso, nos centraremos en la vertiente humana del suicidio. Generalmente se asocia esta práctica con estados depresivos o con las patologías psiquiátricas de los suicidas.

       El hecho es que la muerte es algo en lo que se evita pensar. La mayoría de la gente desea vivir y, aunque la finitud de esta vida que conocemos es un hecho cierto, nadie se detiene mucho tiempo a pensar en ello. La muerte es evitada a posta porque causa aversión, aunque forme parte de la propia vida. No obstante, en algunos casos, la muerte es vista como una liberación, como la única opción de acabar con un sufrimiento insoportable, como la única vía de escape.

       En Psicología y Mente, el psicólogo Óscar Castillero Mimenza nos presenta una clasificación de 26 tipos de suicidios según diferentes criterios. En la extensa lista llama la atención algunos tipos, como el suicidio de tipo paranoide, que se realiza por venganza y con objeto de causar daño a otra persona o el finalista, que trata de buscar un objetivo determinado, por ejemplo, que alguien cobre un seguro de vida.

       Según el nivel de regulación e integración social, y relacionado directamente con una de las conclusiones durkheimianas, se encuentran los siguientes tipos: el suicidio egoísta, perpetrado por individuos que no se sienten integrados socialmente; el altruista, que ve la propia muerte como un sacrificio en beneficio de los demás; el anómico, característico de personas que no tienen un claro referente y el fatalista, llevado a cabo por individuos que sienten un férreo control sobre su persona que les oprime y les agobia.

       El suicidio puede convertirse también en un fenómeno de masas, muy propio de las sectas, o en situaciones extremas como las guerras o las grandes catástrofes que mencionábamos al comienzo. Llegados a este punto, podemos pensar en las historias distópicas de virus letales que afectan a la humanidad —¿a qué te suena eso? — o de todo el universo zombi.

       Por último, y por no hacer muy larga la relación, cabe mencionar el suicidio asistido o eutanasia que tanta polémica genera en las sociedades y que es materia de obligada regulación por parte de los poderes legislativos.

       Pero ¿qué hay de las creencias? Immanuel Kant nos deja una afirmación implacable. Según el filósofo y científico alemán, para Dios el suicidio es abominable. Él nos ha dado la vida y solo Él puede arrebatárnosla. En este sentido, Durkheim también menciona la religión como un factor protector frente al suicidio (el temor de Dios), aunque estudios posteriores han demostrado que la mayor parte de la protección frente al suicidio no depende de la religión dominante sino del grado de participación o su importancia en la vida cotidiana.

       En la cultura hebrea, el suicidio es condenado de manera explícita en el «no matarás». Por su parte, el Corán dice: «ni mueran ni destruyan ustedes mismos porque Alá ha sido misericordioso con ustedes». Sin embargo, en las religiones hinduistas, incluso Durkheim identificaba ejemplos de suicidio altruista.

       En el filme Más allá de los sueños (2008) se narra la historia de un matrimonio compuesto por Chris (Robin Williams) y Annie (Annabella Sciorra) cuyos hijos mueren en un accidente. Para no hacer más spoiler del necesario, trataré de ceñirme a los que nos interesa, pero te advierto: si vas a ver la película y quieres que no te adelante nada más, deberías saltarte esta parte.

       El caso es que, tras pasar por una profunda depresión, Annie decide suicidarse y es enviada al purgatorio. En la película, alguien tendrá que ir en su busca a riesgo de quedar atrapado también en ese horrible lugar. Es curioso que el protagonista de esta cinta, Robin Williams, se suicidara también víctima de «demencia con cuerpos de Lewys», como se supo después. Esta película nos transmite el mensaje de que el suicidio no nos libera del sufrimiento, sino que lo eterniza.

       Uno de los suicidios más curiosos de la historia, lo encontramos en el griego Periandro de Corinto, uno de los Siete Sabios cuya muerte se calcula en el 585 a.C. ¿Sabías que Periandro ordenó su asesinato a dos jóvenes militares dándoles instrucciones de que lo asaltaran en un lugar apartado y le dieran muerte enterrándolo allí mismo, pero al mismo tiempo ordenó a otros dos jóvenes dar muerte a sus asesinos y luego a otros dos dar muerte a los asesinos de estos y así, numerosas veces hasta organizar una masacre colectiva?

       Es curioso que en la Antigua Grecia el suicidio se considerara un error en sí mismo, aunque Platón hizo tres excepciones: cuando fuera ordenado por el Estado —como fue el caso de Sócrates—, para enfermedades dolorosas e incurables —la eutanasia, propiamente dicha— y cuando alguien se veía obligado por una desgracia insoportable —esto es, ante un estado depresivo—. Así da gusto. Con esas excepciones podías disponer casi de cualquier excusa para suicidarte.

       Te aseguro que no era mi intención deprimirte con este artículo. He tratado el tema de una manera un tanto aséptica, emocionalmente hablando, y procurando no dramatizar. El suicidio siempre está acompañado de un halo de sufrimiento y desesperanza, y eso es justamente lo contrario de lo que quiero transmitir. Vivamos a pesar de todo y a pesar de todos. Vivamos a pesar de nosotros mismos. Llenemos nuestra existencia de experiencias de vida. Porque vivir es lo importante. Vivir es ahora. Vivir es urgente.

Germán Vega Contributor
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