Press "Enter" to skip to content

De las mentiras que le echo a mi padre

Mi padre es muy anciano y mora en una residencia geriátrica, a la que vamos a verle asiduamente, ¡y le echo cada mentira…! Le meto cada bulo al hombre, cada sarta de embustes y patrañas que, si se las cuento, quizás no se monden.

Como he dicho, también, sabe que me dedico a la escritura, con la plenitud y prioridad de todo un buen profesional, que me he autoeditado casi toda mi producción y que, en una pequeña, pero muy simbólica parte, me ha leído.

(Como pueden comprobar: hasta ahora, impecable.)

Él, en vez de preguntarme “por la escritura” siempre lo hace “por los estudios”.

–¿Qué tal van esos estudios? –me pregunta (asumiendo una expectativa que responde a todo un consabido acto de fe implí-cito).

Y aquí es donde yo entro astuta y bondadosamente en acción, hecho todo un zorro de cuidado, y, cuando aún no he vendido más de tres docenas ejemplares contadas. ¡Tres docenas! Y no más. ¡Tres! ¿Saben lo que son únicamente tres? ¡Y eso que mi Ca-tálogo –fruto neto de casi treinta años de entregada dedica-ción– comprende, se acerca a, o acaso rebase, las cinco mil pá-ginas! ¡Tres docenas de libros no más!

Y bien, vuelvo con las que me traigo con mi padre, al que, como podrán ver por la pormenorizada cuenta que de las mismas les daré, le meto cada clavada, cada señora mentira que… Me gasto cada ucronía (a fin de trasladársela y que pueda seguir obrando, por su propia cuenta, entre sus consideraciones, dándole vida y alegría), cada pedazo de trola, cada melón, que… ¡venga Dios, también, y los vea!

De antemano, sé que, por cuanto me quiere y me sueña, de segu-ro que se las va a creer, que no va a dudar un ápice de ellas, que le van a llegar redondas y sin mácula; que se las va a tragar so-las; y esto, fíjense qué malo soy, me lo pone un tanto más fácil, en tanto juego me concede. Él, va y me pregunta:
–¿Qué tal van esos estudios?
–¡Bien, bien, padre! Acabo de vender doscientos libros en Ale-mania
–¿En Alemania? –me inquiere llenándose de júbilo, y cobrando vivos ánimos, habida cuenta de las buenas nuevas, y, en aras de satisfacer en lo que corresponde su curiosidad, en tanto que sus ojos emocionados se le humedecen de pura satisfacción, y para acrecentársela aún más (porque me gusta verle así: dichoso, henchido y orgulloso de mí y de sí, como Maestro) le dejo que lo madure durante un espeso y taciturno medio minuto, y espero a ver por dónde me sale.
–¿Y en España? ¿En España, eh? ¿Has vendido alguno aquí?

(Mi padre se ha pateado mucha novelística española, en tanto tal es especialmente rica y variada; se ha tragado, por ejemplo, todos los Episodios nacionales de Galdós y, que ahora me ven-gan a la memoria, también Fortunata y Jacinta y Doña Perfecta. Ha leído a Baroja, a Pérez Reverte, a Delibes, a Echegaray, a Josep Pla i Casadevall, a Benavente, a Vázquez Montalbán, a Alberto Vázquez Figueroa… ¡Qué sé yo! ¡Infinidad!)

–En España se lee poco, y sobre todo en Extremadura. Me han pedido cincuenta libros del Hogar Extremeño de Móstoles y cuarenta y cinco de la Biblioteca de Salamanca.
–¡Ah, de Móstoles y Salamanca! –exclama– Salamanca siempre ha sido buena cuna literaria. Roma la Chica, se la llama. De allí son Unamuno y Torrente Ballester. Y a su escuela se adscribió el belmonteño Fray Luis de León.
–¡Anda, eso de Roma la Chica no lo sabía!
–¡Hay tantas cosas que ignoramos!
–¡E incluso, que ignoramos que ignoramos!
–¡Tú, siempre retorciéndolo todo!

Los ralentizados nanosegundos pasan y el espíritu de mi padre flota también, y un poco agradeciendo el infrecuente acto mis-mo de que, en lo que son sus postrimerías, se le dé conversación. Entonces, voy y le endiño:
–¡Y noventa en Rusia! –esto ya le descoloca, un poco porque le sorprende que sea posible que desde aquí se pueda llegar y vender en todo el mundo (él ignora por completo qué es Internet y no muy bien por dónde van sus tiros; pero no es tonto, y sabe que vivimos en el siglo XXI y que el mandamás de Rusia se lla-ma Putin; y que ha sabido vivir y exprimir el que, por su bipola-ridad, siempre ha sido el exaltado siglo XX, y que, aun siendo un hombre rudo, supo cualificarse y versarse).
–¿En Rusia? –esta preciosa cuna es la gran potencia literaria para él, puesto que se ha bebido con deleite Guerra y paz, Ana Karenina, Los hermanos Karamazov, La madre, Tarás Bulba y, entre muchísimos otros en los que no me detendré en mencionar, y de cuantos son, Archipiélago Gulag. De modo que, a base de alzar, como para él sé, mi voz, oír el nombre de Rusia es pura am-brosía en su alma– ¿Y en Francia? ¿En Francia has vendido al-gún ejemplar?

(Como yo sé que, para él, y con razón, Francia es mucho, y un po-co con miedo del abuso de mi peliculería, y a fin de conducir, poco a poco, la señora bola, concediéndole un respiro, le digo que no, que los traductores, que tienen mucho trabajo y poco tiempo, además de malas remuneraciones, y en tanto en que el francés es una lengua especialmente demandada, aún estaban liados con la traducción y que, según me había dicho desde Pa-rís (cosa que resplandece especialmente), estaría lista para des-pués del verano, principios de septiembre.

Francia es, para él, Victor Hugo, Gustav Flaubert, Emile Zola, los Dumas, Sartre, Henri Charrière, Stendhal, Albert Camus, Balzac, cómo no, Julio Verne y qué sé yo quiénes más.

–¿Y te pagan? ¿Te pagan? –como unívocamente sé, que más que los puros beneficios ecónomicos, en sí, el hecho de que se me pague comporta ser una certificada y fehaciente manera de valorar mi genio, y a fin, no de ponerle al corriente, sino que, lle-gando mucho más lejos, y con el propósito de inscrustárselo en toda la médula, tal y como una hucha acoge las monedas, para que mejor le resuene, le casco:
–¡En dólares y por cheque nominativo; y no ya al portador ! (Co-mo si un portador, no fuere más que un fulano). Ayer mismo co-bré uno de trescientos veinte machacantes.
–¡Bien! ¡Bien, eso está bien! –aprueba, y me sigue tirando de la lengua– ¿Y en Inglaterra?
–No, padre… aún no –y me sirvo de un deslizado silencio para acrecentar y ralentizar su creciente expectativa–, pero… escu-cha: ¡Sé que la BBC –¡FLASH!¡FLASH! ¡FLASH!– prepara un Monográfico Especial sobre mi figura! –¡FLASH!
–¿En la BBC has dicho? –¡FLASH! ¡FLASH! ¡FLASH!– Y su voz es pura conmoción y casi se imagina la pantalla de la tele y has-ta me ve en ella, con el Big Ben de fondo o el Tamésis a mis pies, codeándome con Shalman Rhusdie y tomando el té en un salón victoriano con un Sir o un Lord.

Entonces decido saltar El Charco, a fin de resolver pronto la ronda, no demasiado pensada, la verdad, que pretendo agotarle durante lo que dé de sí la visita y que resolveré, como mejor lo vaya entreviendo, sobre la marcha. La cosa es, que le plasmo:
–¡En México, han caído setenta! El último se vendió justamente ayer. ¿No ves que yo puedo seguir la evolución de las ventas por el ordenador? Ten en cuenta (de siempre he tuteado a mi padre) que estoy trabajando con gente muy preparada que, como Au-tor, me resuelve muchas cosas, manteniéndome sumamente in-formado en tiempo real. Hoy en día, con las tecnologías que hay, eso es sencillo.
–¡Ya, ya! –exclama, asintiendo– Yo, de Méjico, sólo conozco a Juan Rulfo, Octavio Paz y a Alejo Carpentier.
–Alejo Carpentier no es mexicano, padre; es cubano.
–¿Cubano? ¡Y, fíjate, yo que estaba convencido de no conocer a ningún Autor de esa isla, y resulta que es uno de mis preferidos!
–De allí, también es Lezama Lima.
–¿También? ¿Y en Estados Unidos, qué, qué?
–¡Ah, sí, casi se me olvida contártelo! Allí, donde sé que Memo-rias de Supermyrmex ha gustado mucho a dos de los más impor-tantes críticos del New York Times –esto termina de conmocio-narle y ponerle en órbita–, y que, por lo visto, son dos buenas piezas; es decir, señores, gente muy prestigiosa. ¡Y cuidado, pa-dre! ¡Se acaba de lanzar en Chicago una edición especial de veinticinco mil ejemplares!

Los Estados Unidos de América, digo, tal joven universo es, para mi padre, Allan Poe, John Fielding, Pearl S. Buck, Ernest He-mingway, Francis Scott Fitzgerald, Margaret Mitchell y John Steinbeck, entre otros.

–Y, ya, solamente me queda darte cuenta –continúo– de los dos países que restan. Ten en cuenta que, aunque no soy bisoño, casi nadie me conoce ni ha oído hablar nunca de mí, ni sabe que existo siquiera; los doscientos sesenta y cuatro que he vendido en esa nación a la que pertenece tu Autor Hispanoamericano Predilecto: Mario Vargas Llosa.
–¿No me digas? ¿En Perú?
–Sí, padre, en Perú!
–¡Oh, eso es magnífico! ¡Es una estupenda noticia! ¿Y cuál te queda? ¿Cuál? ¿Chile, acaso?
–¡No, padre! ¡Frío, frío!
–Es que, como sabes, Luis (él siempre me llama así, por mi nom-bre de pila), a mí me gusta mucho Isabel Allende. ¡Hay que ver cómo escribe esa mujer! ¡Me habré bebido todos sus libros, menos uno o dos, si acaso. ¿Colombia? ¿Bolivia? ¿Paraguay?
–No, padre, no. Justamente, y lo sé; ya que me he preocupado especialmente de ello: veintidós en la ciudad de Buenos Aires.
–¿En Argentina? ¿No me digas? ¡Pero si de ahí son esos autores que escriben tan raro y que a ti tanto te gustan! ¡El Onetti ese, y toda la panda!
–Juan Carlos Onetti no es argentino, sino uruguayo; y si me gusta tanto es porque cada párrafo suyo es una pincelada que también se puede contemplar aisladamente; y mejor todavía, si la sabemos mantener, como en una aérea burbuja, una pompa en suspenso. Ademas, comulgo plenamente con esa declaración que, plenamente convencido (cosa que es muy compresible en él), hiciera de “yo no sé escribir mal”.
–¡Demonios, qué humos! ¡Qué aires te traes! ¡Cuántas novedades! ¡No sabes cuánto me alegra que comiences a abrirte camino, hijo! ¡A ser Alguien! ¡Bien sabía yo que…

(Y cuando le oigo, por primera vez en toda su vida, llamarme “hijo” –ya que jamás en la vida se me dirigió empleando tan coaligante vocatico, sino exclusivamente por mi nombre de pi-la–, yo mismo me emociono y, como si pasase un ángel, certifico en mi conciencia, y mucho más de lo que jamás pensé, que mis ensoñados delirios han merecido y merecen la pena.)

¡Qué trolas las que se cree y disfruta mi inocente padre!

¡Ojalá fueren tan ciertas como las asume y/o le muestro!

¡Si supiera que, a la redacción de éste, nadie me conoce, que no he vendido más que tres docenas de ejemplares en todo el mun-do… que no soy más que un bendito embustero… que yo no… que…

…pudiera ser que si mi padre se traga mis bolas, no es sino porque me cree capaz y, lejos de extrañarse, directamente lo festeja.

¡No vean qué henchido de dicha está!

¡Menudo lustre tiene!

¡Qué felicidad!

¡Pareja a la que le desprendo!

Pero, no se preocupen; que esto, se va a acabar ya, porque con esta apertura de puertas al mundo que Lenguas de Fuego me brinda no precisaré de engañarle más.

Os lo digo yo, que sé que, con ello, Dios me perdonará el que sea tan piadosamente mentiroso, y hasta disfrute, como los indios, de mis tangadas.

¿Ustedes, no?

Be First to Comment

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies