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A siete mil

– Uno, dos, tres… ¡Vamos a jugar!
– Sí, pero yo cuento esta vez.
– Diez, allá voy, escóndete bien, te voy a encontrar.
– ¡Te encontré! (risas), ¡te encontré! Gané yo, esta vez.
– Me duele la barriga, está oscuro…
– Mi mamá nos va a regañar, vamos a hacernos los dormidos…

¿Sabes?, esos somos los dos, cuando pequeños. A veces en mañanas como esta, cierro un momento los ojos y puedo escuchar nuestras vocecitas, allá en aquellos tiempos mágicos de nuestra infancia, época dorada, llena de juegos, travesuras, riñas y paces a juro; tiempo de risas, abuelos, cumpleaños y navidades; ¡uy sí!, navidades. Aquellos árboles magníficos llenos de obsequios, y tu carita llena de asombro al ver los regalos que había traído el Niño Jesús. No parabas de brincar, reír, eras un “terremoto”, eras mi hermano menor.
Siempre juntos, siempre. No hubo un día en el que no estuviéramos juntos; vivimos todas las etapas de esta travesía llamada vida, unidos. Claro que hubo diferencias, discusiones (aún las hay), la adolescencia, los noviazgos, las ideas defendidas a ultranza por cada uno; pero siempre, siempre como dos ríos que van al mar confluíamos, unidos, siempre juntos con mamá.
La travesía no fue fácil, hubo muchos días llenos de lágrimas, dolor, ausencias, pero las superamos porque siempre estábamos juntos, unidos. Las alegrías siempre fueron compartidas y los retos de cada uno asumidos por el otro como propios. Llegó el matrimonio, los hijos; el árbol iba creciendo, tenía ya más ramas y nuestros cabellos ya algunas canas, pero juntos, siempre juntos. Un día en tu casa, otro en la de mamá; un “te llamo luego” o “paso por allá”, lo común; nada extraordinario.
Suspiro. Abro los ojos; el cielo está imponente y la vista del Ávila está esplendorosa. Estoy en el patio, en la casa de nuestros abuelos, y vuelvo a cerrarlos, no puedo evitarlo, un nudo se hace en mi garganta, de nuevo suspiro y respiro profundo.
Me llegan más recuerdos, ya no tan lejanos, duele y mucho. Ellos me llevan a aquella sensación húmeda, del último beso que te dí en la frente, aquel beso de despedida, estabas sudoroso, algo nervioso. Ya de eso han pasado casi cuatro años. Te embarcaste rumbo a España con mi cuñada y mi sobrina, dejabas Venezuela buscando un mejor porvenir; escapando de la ruina, que para aquel entonces yo no creí posible ver. Valientemente en unas cuantas maletas embalaste una vida, le diste paso a una nueva; como siempre decidido, atrevido, un aventurero, un soñador. Aún recuerdo ese día, de hecho no lo olvidaré jamás, te abracé y te besé todo lo que pude, pues no sabía si iba a verte de nuevo, duele, aún duele y mucho. No fui hasta el aeropuerto, no podía, no quería verte partir; confieso no tuve el valor para ir a despedirte, pues un “hasta luego” así, no me cabe aún en la cabeza. Tenerte lejos no es fácil. Siete mil kilómetros, seis horas en verano, cinco horas en invierno, como dice tu sobrina, vives en el futuro, nosotros en el pasado. Hoy una pantalla nos acerca, una llamada nos llena el alma.
Y es así, como en mañanas como esta, cierro los ojos e inevitablemente pienso lo lejos que estás, Tú: Madrid, Yo: Caracas y me sigo preguntando como fue a pasar esto. Entonces sé que esto también pasará, aunque ya no seremos los mismos, ese abrazo mío, siempre te esperará.

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