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La suerte está echada

Con el tiempo, las cosas se habían puesto muy muy feas, y el súper contagioso virus, sin nada que le estorbase, se había extendido por los cuatro vientos, liando la de Dios y causando millones de muertos. Sin mucha fe, acudió al pfizericida –lo único que había– por si las moscas. Los médicos así lo aconsejaban. El compuesto, se suponía, contaba con todas las garantías, pero, sin embargo, le producía sus miedos y reservas. Aún y así, acudió al consultorio médico a recibir la primera de las dos dosis necesarias para que presuntamente tal resultase efectivo. En el momento en que se la inocularon, se dijo: «¡Adiós, entereza mía!», y cerró los ojos. Acababa de dar un paso irreversible. Lo sabía. Ya, por mucho que se pudiere arrepentir –¿quién sabía?–, no había vuelta atrás. La suerte estaba echada.

¿Había hecho bien? ¿Y si todo era una Gran Mentira?

¡Ahora el pfizericida le estaba tomando, uf! Una pequeña molestia en el lugar del pinchazo, que no dolor, se lo decía. Lo que ello le fuere a suponer a medio y largo plazo… ¡Nadie lo sabía! De hecho, la farmacéutica se preocupaba de guardarse bien sus espaldas frente a posibles consecuencias, de modo que, amén del propio acontecer, todo quedaba bajo la propia responsabilidad del ignorante y vendido sujeto. ¡Uf!

La cosa fue de la siguiente manera: le citaron con cuatro días de antelación, un martes a las diez y media en el consultorio junto con sus congéneres del pueblo. (Él esperaba que le diesen una pequeña charla al respecto pero… ¡qué va! Les dijeron «¡ocupen sus asientos y descúbranse el brazo izquierdo!» y eso fue todo).

¿Ni una copia del prospecto del fármaco? ¡Ni una!

Total, que en el instante preciso en que la aguja penetró en su piel, se dijo: «¡Adiós, Madrid!» y dejó de ser lo que era para venir a ser lo que fuere, si el tiempo, que no la fortuna, no lo impedía.

Era una vacuna de emergencia, y, ahora, él su humano cobaya; uno más.

¿Le inmunizaría realmente? (Como aseguraban.) ¿Le acarrearía acaso algo raro?

Al presentársele la oportunidad, había accedido a ponerse el pfizericida, a dar ese paso, tanto por el bien de su prójimo como por el propio.

El coronavirus podía ser catastrófico y letal, y, dado cuán contagioso era, todas las precauciones que se pudieren tomar eran pocas. La vacuna era lo único que había para ponerle coto y mantenerse a salvo, y por eso accedió. De repuntar la pandemia, sería muy difícil que se les volviese a confinar, en tanto la economía naufragaría y se abriría una crisis social de colosales y dantescas proporciones. Así que más valía estar prevenidos ante la suerte de los movimientos que se precipitasen y pasar por el aro y apostar por aquél traslúcido y enigmático centímetro que había que conservar a menos ochenta grados bajo cero. Sin duda, una punterísima tecnología digna de nuestro tiempo.

Cerró los ojos.

Cerró los ojos y trabó un pacto de silencio con ellos.

¡A lo hecho, pecho!

¿Hubiera sido mejor ahorrarse el pfizericida? ¡El tiempo, quizás, se lo diría! Más le valía no pensar en ello. Vivir con los ojos cerrados al respecto y la vista levantada por todas las demás partes. ¡Oh, qué raro, se ha vuelto vivir en esta década! ¡Realmente estamos en el primer cuarto del siglo XXI! ¡Qué enfermedad más estrambótica la Covid-19!

Ahora correspondía no bajar la guardia y vivir el presente. No fuera a ser que el pfizericida resultase inocuo e incluso inicuo. ¡Vivir (a pesar del pacto de silencio, y rezar en secreto con él)! ¡Vivir, vivir y vivir!

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