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La intervención

Saulo se removió incómodo en una de las sillas de la sala de espera del hospital. Miraba a derecha e izquierda como si intuyera un peligro inminente, y se aferraba al asiento de plástico con tanta fuerza que estaba a punto de perder la sensibilidad en los dedos. 

       Lo habían citado a las nueve y media de la mañana y ya eran cerca de las diez. La tensa espera había agravado su estado de nervios y avivado, como un buen combustible el fuego de una hoguera, su ya de por sí descontrolada imaginación.

       Si su mujer estuviera a su lado en ese momento trataría de tranquilizarlo. Lo miraría con su sonrisa dulzona e intentaría restarle importancia al hecho de que estaban a punto de practicarle una vasectomía bilateral.

       —Recuerda lo que te han comentado la mayoría de los conocidos a los que le han hecho la misma intervención —le diría disfrazando sutilmente la palabra operación que sabía que a él le daba mal yuyu—. En veinte minutos estarás listo y ni te habrás enterado.

       Saulo recordaba esos testimonios, en efecto, pero el recuerdo de ellos lo llevó a otro más reciente y mucho más creíble: la conversación con su amigo Julián. 

       Hasta entonces, todas las experiencias que le habían contado eran positivas, del tipo «es como ir al dentista; al final no es para tanto». Sin embargo, su amigo Julián, un amigo como Dios manda, de los que te cuentan la verdad sin ambages, le narró con pelos y señales el calvario al que estaba a punto de enfrentarse:

       —Es desagradable —le había dicho sentado junto a él en la barra del bar, mirando distraídamente la botella de cerveza semivacía—. Desagradable y doloroso como su puta madre.

       Saulo había tragado saliva al escuchar el comentario.

       —No me jodas, tío. Ya será menos.

       Julián no contestó enseguida. Tomó un gran trago y lo miró divertido con los ojos vidriosos. Saulo creyó que rompería a reír y le diría que no, que era broma y que debía relajarse. De hecho, esbozó media sonrisa esperando escuchar eso en boca de su amigo. Sin embargo, Julián sentenció sin sonreír ni un ápice. 

       —Dolorosa, joder —y volvió la vista a la botella.

       Un quejido agudo apenas audible se escapó de la garganta de Saulo, que miraba a Julián con ojos de cordero degollado. Este pareció ignorarlo e hizo una señal al camarero para que sirviera otra ronda antes de apurar su bebida. Encaró a su amigo y continuó:

       —Mira, que el tío te pinche los huevos molesta un poco, para qué te voy a engañar, pero eso no es nada comparado con lo que viene después.

       —Pero… 

       Saulo se obligó a guardar silencio y esperó a que el camarero sirviera las cervezas y se llevara los cascos vacíos. «Cascos vacíos», pensó con amargura al contemplar las botellas, «así se sentirán mis pobres pelotas cuando todo esto acabe». Cuando el tipo de la barra siguió a sus asuntos, Saulo continuó casi siseando, sin separar los dientes, apretados en una mueca de contrariedad.

       —¿Cómo va a dolerte si se supone que te anestesian?

       Julián lo miró como el veterano de guerra miraría a un recluta recién llegado al frente.

       —Es muy sencillo, tío. Lo que tiene que cortar el Carnicero de Las Palmas…

       —¿Quién? —preguntó Saulo elevando el tono de voz más de lo aconsejable, lo que atrajo la mirada del resto de clientes que a aquella hora de la tarde llenaban el bar.

       —El doctor Ruiz, ¿no? Es ese el que te ha tocado, como a todo el mundo —aclaró Julián con una sonrisita maliciosa—. Le ha cortado los huevos a la mitad de los tíos de la ciudad. Muy popular. Bueno, como te decía, lo que tiene que cortar ese fulano es el conducto seminal de cada testículo, ¿entiendes?

       —Sí, eso ya me lo han explicado.

       —Ya, ya. Lo que no te han dicho es que el puto conducto sube por aquí —le informó Julián señalándose la zona del pubis por debajo del ombligo—. Y ahí no llega la anestesia, mi rey. El Carnicero debe tirar para tener suficiente conducto a mano y poder cortar —siguió explicando al tiempo que simulaba el gesto de cortar con los dedos índice y corazón de la mano derecha como si él mismo estuviera realizando la operación—. Y cuando tira…

       Julián hizo un silencio teatral intencionado y la cara de Saulo se contrajo en una mueca de dolor imaginario, obligándole a recurrir a un trago de cerveza que le ayudara a pasar aquel otro trago menos apetecible. Julián lo imitó y dejó luego la botella sobre la barra para añadir:

       —Puedes conocer exactamente la intensidad del dolor. 

       —¿Cómo? —quiso saber, aunque se arrepintió al instante de su propia curiosidad.

       —Presionándote un huevo con el dedo índice y pulgar lo más fuerte que puedas —sentenció su amigo con indiferencia encogiéndose de hombros—. Es así, más o menos.

       Ese era el recuerdo que bullía en la mente de Saulo —y no los comentarios positivos del resto de conocidos— en el momento en el que una enfermera se asomó a la sala de espera y lo llamó por su nombre.

       Se levantó con un respingo y se quedó muy quieto, como un conejo en medio de la carretera deslumbrado por los faros de un coche. La enfermera, una joven con cara de haber dormido fatal la noche anterior, le indicó que la siguiera hasta el ascensor. Descendieron un par de plantas en un silencio sepulcral hasta lo que a Saulo le pareció las catacumbas del aquel tétrico y viejo edificio situado en el casco antiguo de la capital. Salieron del ascensor y recorrieron un lúgubre pasillo alicatado hasta media altura con una cerámica amarillenta.  

       «No me extrañaría que de las juntas de estos viejos azulejos comenzara a rezumar sangre en cualquier momento», pensó el pobre Saulo dando rienda suelta a su imaginación. Se obligó a dejar de pensar en ello y desvió la vista al suelo, aunque la visión de lo que pisaba no era mucho más agradable. Las losas de mármol estaban llenas de motas grises que simulaban, a su entender, perfectas reproducciones de «El grito», de Munch.

       Entraron en una sala en la que se disponían varias puertas. La enfermera abrió una de ellas y dejó a la vista un minúsculo habitáculo tan pequeño como un probador de una tienda de ropa en la que encontró una bata de papel azul sobre un banco de madera.

       —Quítate todo lo que llevas puesto, incluidos anillo y colgante, si tienes. Te colocas la bata con la abertura hacia atrás y esperas aquí —le indicó la chica sin sacar a pasear su dentadura ni una sola vez.

       Saulo suspiró con resignación. «Dentro de una hora ya habrá pasado todo», pensó en un intento de insuflarse un poco de ánimo mientras se quedaba como Dios lo trajo al mundo y se amarraba a la cintura aquella bata denigrante. Se alegró de que en el box no hubiera espejo. No quería ver reflejado su propio aspecto en un cristal. Se sentó y al cabo de unos minutos volvió la enfermera.

       —¿Ya estás listo? Deja todo ahí y sígueme —ordenó al tiempo que se giraba y comenzaba a caminar como quien va a apagar un fuego. 

       Saulo la siguió todo lo deprisa que pudo cayendo en la cuenta de lo difícil que era caminar con aquella bata que lo obligaba a mantener muy juntos los muslos como una geisha mientras dejaba a la vista de todos su trasero blanco y peludo. Pasaron por un pasillo en el que se amontonaban los carros con ropa de cama. Un hombre y una mujer esperaban en la puerta del ascensor y ambos lo miraron con una mezcla de pena y de burla. «Pobre pardillo», decían aquellas miradas.

       La enfermera aumentó la velocidad y Saulo se esforzó un poco más para no quedar demasiado rezagado. A punto de tropezar y caer, se cruzó con un enfermero que acompañaba a otro paciente con bata azul recorriendo el camino de vuelta. El enfermero sonreía abiertamente —«no estaría de más que enseñase a hacerlo a su compañera», pensó Saulo— y el paciente se cubría la boca con la mano. Tan mal no debía haberlo pasado si algo le hacía tanta gracia. Eso lo tranquilizó. Su mujer tenía razón, debía relajarse un poco. Tal vez Julián solo había exagerado para quedarse con él. Los buenos amigos también hacían eso: te gastaban bromas jodidas. Ya pensaría cómo devolverle «el favor», si era verdad que solo había tratado de asustarlo.

       Por fin la enfermera de la sonrisa ausente se detuvo junto al umbral de otra de las salas. Saulo llegó junto a ella y echó un vistazo al interior. En el centro, una gran camilla le dio la bienvenida. Dos enfermeras, una a cada lado, lo miraban expectantes, y junto a ellas, por la cabecera de la camilla, un joven al que Saulo no lograba asignarle un papel concreto en aquella escena le regaló la primera mueca amable del día. Una de las enfermeras se dirigió a él con un poco más de simpatía de lo que lo había hecho la anterior, pero con la misma determinación.

       —Buenos días. Súbete a la camilla sin tocar nada que está todo esterilizado. Cruza las manitas sobre el pecho y estate quietecito.

       Su compañera se limitó a asentir y sonreír con una sonrisa sádica y maliciosa, siempre según la interpretación de la sugestionada mente de Saulo, al tiempo que blandía un cuchillo afilado en la mano. En cuanto se acercó para hacer lo que le pedían, se dio cuenta de que lo que sujetaba la enfermera era una especie de brocha de afeitar, nada parecido a un bisturí o algún otro objeto cortante.

       Se acostó boca arriba procurando mantener a salvo la poca dignidad que le quedaba. El intento fracasó al momento, cuando una de las enfermeras le subió la bata hasta el pecho dejando a la vista un miembro que había tenido días mucho más gloriosos y los testículos a los que ya no le quedaban mayor capacidad de retraerse en un imaginario intento de esconderse en el interior del cuerpo para escapar del trance. 

       La otra enfermera mojó la brocha en algo parecido a la povidona yodada y le embadurnó toda la zona tratando sus genitales con la misma delicadeza con la que un charcutero manejaría una salchicha casera caducada.

       —¡Qué gracioso! —comentó la sanitaria entre risas mientras lo hacía—. No era necesario que te afeitaras. Lo has hecho de pena, la verdad.

       Saulo esbozó una sonrisa amarga recordando su estrepitoso fracaso con la cera caliente la noche anterior y prefirió guardar silencio. Su dignidad se había tomado unas largas vacaciones y no volvería en mucho tiempo. Contar a las enfermeras que había terminado cortando un amasijo de pelo y cera con unas tijeras no ayudaría a mejorar la situación.

       El médico entró en la sala, dio los buenos días con una voz grave y se detuvo a leer la ficha que le facilitó una de las enfermeras.

       —Saulo García, treinta y ocho años, dos hijos… —enunció en voz alta.

       —Sí, señor —contestó Saulo reprimiendo su deseo de añadir «no me haga daño, por favor. Haré cuanto me pida».

       El doctor Ruiz le dedicó una fugaz sonrisa.

       —Muy bien. Vamos allá.

       En ese momento, las enfermeras elevaron una tela verde hasta la altura de sus ojos que le impedía ver desde su posición lo que ocurría más allá de la cintura. Saulo no supo si agradecerlo o pedirles que bajaran aquello inmediatamente para controlar lo que hacían aquellos tres allá abajo. El chico «sin papel definido en la trama» le sujetó la cabeza y le sonrió desde arriba. Vista al revés su sonrisa daba repelús. 

       —No te preocupes. Todo va a ir bien —le dijo con una voz que pretendía ser tranquilizadora y que a Saulo le pareció horrible y aterradora.

       Aunque las palabras del chico aumentaron su inquietud, estar pendiente de esa sensación posibilitó que apenas sintiera el pinchazo de la anestesia. Sin embargo, tal y como le había contado su amigo Julián, en cuanto el Carnicero de Las Palmas hizo suyo el conducto seminal y tiró de él para cortarlo en dos secciones, un dolor agudo en el bajo vientre casi lo obligó a sentarse en la camilla. La imagen de Julián sonriente por encima de la tela verde lo sorprendió.

       —Te lo advertí. Duele como su puta madre.

       La visión se difuminó con rapidez. El chico le sujetó la cabeza con más fuerza y por un momento Saulo estuvo seguro de que terminaría amarrándosela a la camilla con una correa como en esas sesiones de lobotomía que había visto en las películas de terror.

       —Disculpe que esté tenso, doctor, pero me molesta un poco —dijo lastimeramente en un intento por disculpar su más que evidente nerviosismo.

       —No te preocupes, es un poco molesto, pero enseguida estamos —contestó el médico con un discurso que seguramente debía repetir a diario.

       —¿Tenso? —intervino una de las enfermeras divertida—. Tú te estás portando como un campeón. Tenso estaba el pobre que vino antes, que se arrancó un diente mordiendo algo que le dimos para que soportara el dolor.

       Saulo abrió mucho los ojos mientras recordaba la escena del enfermero acompañando al paciente con la mano en la boca. «Joder», pensó, «no estaba riéndose. Se había arrancado un diente mordiendo».

       —Este ya está —anunció el médico—. Vamos a por el otro.

       —¿El otro? —preguntó Saulo a punto de echarse a llorar.

       —Claro —contestó el Carnicero—. Tú tienes dos, ¿no?

       —Relájate, chico —le pidió la otra enfermera—. Si no has parido no sabes lo que es el dolor.

       Saulo estuvo a punto de decirle que ella tampoco se la había trillado nunca el prepucio con la cremallera y que tal vez eso fuera igual de doloroso, pero se quedó calladito esperando al siguiente tirón del conducto. Tal vez por lo esperado, la segunda vez le dolió menos.

       Cuando acabaron con él le subieron sus genitales hasta lo más alto que pudieron y se lo sujetaron con esparadrapo. Le aconsejaron que se quedara tumbado un ratito en la camilla y que, en cuanto se sintiera con fuerzas, podía marcharse. Saulo no tardó en sentarse. La enfermera de la sonrisa ausente vino a buscarlo y tuvo que realizar el camino de vuelta frente a las miradas de todos aquellos con los que se cruzó. Esta vez le importó un poco menos. Ya no pensaba que de las juntas de los azulejos pudiera rezumar sangre ni le preocupaba que lo miraran desde el suelo con un grito silencioso todas las motas del mármol. Solo quería salir de allí cuanto antes.

       Llegó al box y se vistió todo lo deprisa que pudo, lo que devolvió a su mente un poco de la dignidad perdida. Se colocó el anillo de boda en el dedo anular de la mano derecha y subió a la primera planta.

       Salió del hospital como alma que lleva el diablo disfrutando como nunca de la luz de la mañana y haciendo caso omiso a los latidos que provenían de su bajo vientre y que se mezclaban con los de su corazón. Caminaba deprisa, a pesar de la intervención a la que había sido sometido, agradecido de que su pantalón vaquero fuera mucho más funcional que la bata de papel. Mientras caminaba pensaba que quizá algunos de sus conocidos tenían razón cuando decían que era como ir al dentista. Al final no había sido para tanto. A su mente acudió la imagen del paciente con la mano en la boca. «Pobre hombre», pensó, «él sí que va a necesitar un buen dentista».

       La vibración del teléfono móvil lo sacó de sus cavilaciones. El nombre de su mujer apareció en la pantalla.

       —Dime.

       —¿Quieres esperarme un momento? —pidió ella entre jadeos a través del hilo telefónico.

       —¿Cómo?

       —Detente y date la vuelta.

       Saulo obedeció y observó a su mujer haciéndole señas a unos cien metros de distancia. En cuanto le dio alcance le explicó que había venido a recogerlo y que estaba aguardando en la sala de espera. Que no se explicaba cómo no la había escuchado llamándole casi a voz en grito. 

       —Lo siento. Solo quería salir de allí —se disculpó él con la voz apagada.

       —Vale. Espera aquí que traigo el coche. Pasaremos por casa de mis padres para que puedas tomar algo y así te ven, que mi madre está preocupada.

       A Saulo le pareció una buena idea. Así se tomaría un respiro antes de llegar a casa. Después del caluroso recibimiento de su suegra, se sentó junto a su suegro, que miraba sin ver uno de los programas matinales de la tele. Tal vez su mayor experiencia pudiera darle un poco de ánimo en aquellos momentos difíciles en los que su hombría había sido puesta a prueba. El hombre le dio un par de palmaditas en el muslo sin apartar la vista del televisor y preguntó retóricamente:

       —¿Te dejaste capar, hijo?

       Saulo lo miró con tristeza. Se encogió en el sofá hasta casi desaparecer y desvió la vista hacia el televisor, perdiendo su mirada en las imágenes y pensando que, sin duda, había tenido días mejores.

       

       

 

       

           

Germán Vega Contributor
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