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El fanatismo

Del fanatismo a la barbarie hay un solo paso.
DENIS DIDEROT, escritor y filósofo francés.


El fanático no es más que una persona sujeta a una causa que considera incuestionable y que hace suya, alimentando con ella el propósito de defenderla a toda costa, sin detenerse a escuchar, discutir o deliberar sobre otros puntos de vista.
Descrito de esta manera, el fanático puede ser visto como un enfermo mental que no tiene la capacidad de razonar y que se limita a repetir su punto de vista como un mantra, sin preocuparse de elaborar un discurso que vaya más allá de las consignas esenciales que justifican su modo de actuar, convirtiendo así sus convicciones en pilares indestructibles que mantenga una creencia aprendida e interiorizada que no admite discusión.
El fanatismo está permanentemente presente en nuestra cultura, desde los ultras que se dejan oír y sentir en todos los campos de fútbol de las principales ligas del mundo, pasando por el defensor acérrimo de cualquier partido político, de una idea concebida sobre la orientación sexual de las personas y la concepción de la familia, hasta el hombre-bomba que se inmola en nombre de Dios en medio de un mercado de cualquier país de Oriente Medio.
Y es que el fanatismo es algo más que la actitud de un fanático. El fanatismo es algo colectivo que se presenta como una lacra peligrosa y que convierte a las personas en seres capaces de realizar actos violentos en su afán de defender e imponer la idea origen de su fanática devoción.
Se supone que es la nuestra una sociedad civilizada en la que la tolerancia, el diálogo, la pluralidad de opiniones, la libertad de expresión y los canales de comunicación que coadyuvan a la pacífica interacción social aportan los elementos necesarios para relegar el fanatismo, reduciéndolo a un porcentaje marginal en el seno de nuestra comunidad. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, somos testigos de expresiones de intolerancia, odio y violencia que anuncian una peligrosa polarización y radicalización de las ideas que requiere de un análisis más profundo de lo que pueda suponer el objeto de este artículo.
Twitter es un claro ejemplo de cómo un canal de comunicación, ideado tal vez para fomentar el debate, puede ser convertido en un nido de odio y extremismo, ingredientes idóneos para fomentar cualquier corriente fanática.
Pero lo verdaderamente peligroso del fanatismo es su expansión e integración en la vida cotidiana de la sociedad, su conversión en idea generalmente aceptada por la mayoría. En este caso, el fanatismo ya no supone algo minoritario que es visto con repulsa y recelo por el resto de la gente, sino que se convierte en ideología emanada desde los poderes del estado y legitimada por este, que se encarga además de su divulgación, de retroalimentarla constantemente con mensajes de odio y de ejecutar todas aquellas acciones necesarias para su supervivencia. Esto es así porque el fanatismo se alimenta de la inestabilidad social, del inconformismo, del hartazgo, de la ineptitud de algunos y del oportunismo de otros. Un claro ejemplo lo tenemos en el auge del movimiento nacional socialista que llevo a Hitler al poder. Hay, por supuesto, otros muchos ejemplos recientes, y no solo en el ámbito de la política.
Cuanto más independiente es el pensamiento del ser humano, cuanto más crítica y dialogante es una persona, más lejos estará del fanatismo. Pero hemos de tener cuidado, porque incluso oponiéndonos al fanatismo con argumentos válidos podríamos pecar de fanáticos si no medimos la forma en la que apoyamos nuestra manera de pensar y, sobre todo, cómo expresamos la misma, y es que lo que distingue a una persona cabal de una fanática no es la idea que defiende, sino el modo en que lo hace. Es la actitud cegada, incondicional, impulsiva y violenta lo que diferencia a una persona fanática de cualquier otra. El fanatismo es también una muestra de falta de madurez del individuo, que se adhiere a una idea y al grupo que la defiende sin que su intelecto aporte mucho más al respecto.
Llegados a este punto, podemos preguntarnos si de verdad existen personas genéticamente predeterminadas a ser fanáticas. En un artículo publicado el 25 de julio en el Diario de León, el catedrático de Psicología Clínica, Enrique Echeburúa niega que el fanático tenga una predisposición genética que explique su comportamiento. Para Echeburúa «no existe un gen del fanatismo ni del terrorismo, pero sí un caldo de cultivo que lo propicia».
Tal vez sea cierto que no haya una predisposición genética, tal y como afirma el doctor Echeburúa, pero sí algún objetivo concreto que explique esa actitud, como la búsqueda de placer. En un artículo de la revista Muy Interesante, algunos estudios sobre el funcionamiento del cerebro de un fanático han llegado a curiosas conclusiones, entre ellas que la dopamina, un neurotransmisor químico, podría jugar un importante papel en los procesos cerebrales que conducen a los comportamientos fanáticos. Según el artículo de la revista mencionada «una de las zonas del sistema nervioso en las que más dopamina se produce es la llamada sustancia negra, que está situada en el cerebro medio y tiene como una de sus principales funciones el aprendizaje. La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas de nuevo».
El fanatismo es siempre una división entre el yo, el grupo en el que ese yo se integra y los otros. Los que no están con nosotros están contra nosotros. Para el fanático no hay matices grises, todo es blanco o negro. Tampoco hay empatía en la mente del fanático, solo una especie de idea conspirativa paranoide que lo obliga a estar permanentemente en guardia para librar una batalla contra cualquier discrepancia u oposición a aquellas creencias que él considera verdaderas y absolutas. Una batalla en la que vale todo.
Para mí, la vida es un universo de múltiples colores, como la bandera arcoíris, símbolo del movimiento LGTBI. Colorido como un campo en primavera, como un atardecer en la playa, como una cabalgata de carnaval. A veces tenemos razón y a veces nos equivocamos. Cada uno tiene su verdad. Las opiniones son como las rajas del culo, cada uno tiene la suya, y lo bonito es poder compartirlas (no las segundas, obviamente, sino las primeras) y poder estar de acuerdo o en desacuerdo, y debatir y contrastar.
Para vivir en sociedad de un modo pacífico estamos condenados a entendernos. Muchas veces nuestro criterio se impondrá de algún modo al criterio contrario, pero lo único importante es que no sea por medio de la violencia y el terror, con ausencia de diálogo y por imposición de la fuerza. Lo importante es mantener la mente abierta y el corazón limpio. Humildad, honestidad y una desbordante cantidad de amor en nuestros corazones.

Germán Vega Contributor
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