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Genio y figura (hasta la sepultura)

Ya venía muy tocado de fábrica, con la vista desnaturalizada por una acusada miopía, un desdoblado astigmatismo, una cegadora fotofobia y un ojo tremendamente vago, amén de un oculto cerebro de lo más inestable y capaz, pero pasó su feliz y solitaria infancia rural perfectamente desapercibido como un chiquillo más, aunque hacia el final de la misma su prodigiosa mente ya extendiese en la escuela claros visos de su genio, que no de su figura, pues tal estaba aún muy por hacerse. Sin embargo, su oído musical que muy lentamente, y como quien no quiso la cosa, afloraría, sería de lo más fino y equilibrado. También su don para la panificación, oficio que profesaban sus progenitores y en el que, de la mano de sus apasionamientos, llegaría a ser un destacado maestro.

Su infancia se zanjó al ingresar en la Universidad Laboral de Cheste –para él, el mejor colegio del mundo– y arribar en su aún inocente pubertad y el trato con chavales venidos a mansalva de todas las partes de España.

Esta etapa bien puede resumirse en las tres constantes que siempre figuraban en los informes trimestrales que el centro educativo le trasladaba a sus padres:

–Es un desordenado.
–Siempre va solo.
–No da todo lo que puede.

Los dos primeros puntos dan idea de su figura, en tanto el tercero se centra en su genio.

Desordenado, por adolecer un desorden afectivo bipolar de caballo. Solitario, por ser entero dueño de sus secretos y, como el buey solo, bien lamerse. Y económico en su generosidad por no tener claro, en su paulatino descubrimiento del mundo, las colmadoras disciplinas a las que darse.

Sin embargo, en vacaciones, cuando regresaba al nido familiar y se hacía con las bridas del obrador, era todo lo más contrario: perfectamente ordenado, armónico con su familia y entregado a más no poder a la delicadísima elaboración de los harto difíciles y rigurosos panes candeales.

Al terminar la EGB le dieron a escoger, aconsejándole todo dios (el director, los tutores y el jefe de estudios) que optase por el bachillerato pero él se cerró en banda y, metiendo la cabeza en el puchero, defendió a capa y espada su voluntad de decantarse por la Formación Profesional, y, por aquello de que le gustaban los aparatos y detestaba los despachos, eligió la rama de electrónica. Lo hizo más que nada por llevar la contraria, preferir un oficio (como la gente de su pueblo, en tanto no estaba dispuesto a dejar de lado su espíritu rural ni su casta) y porque no le gustaban los caminos sencillos; no porque se negase en ningún modo a culminar sus Everests, que ya casi concebía y oteaba.

Durante su estancia en la Universidad Laboral de La Coruña, se mantendrían sus constantes, con la curiosidad de que, aun llevándose bien con sus compañeros, todos sus amigos y amigas eran de BUP. Los chicos de FP solían ser sencillos; los del bachillerato, más sofisticados.

La confusa adolescencia, bajo el ejemplo de su difícil padre, fue una inclinación declarada por la música y la literatura.

Fundó un par de revistas culturales.

La mili en Melilla, a bordo de un carro de combate; la jubilación de su padre y su incorporación al mundo laboral, en el que él fue especialmente estudioso y creativo, hasta el punto que en una Feria del Comercio, se montó un stand para exhibir su Exposición de Panes Imposibles que daría que hablar.

Con treinta años, ya se entregó a la escritura, cubriendo sus primeros extensos ejercicios de la mano de un procesador de textos; y en ella encontró su luminoso camino, aquel en que él sería más él que en ninguna otra senda, y… ¡Aquí le tienen, hecho un Autor de Cuerpo Entero, un Consagrado Literato de Primera!

A través de la escritura, sus exotismos, excentricidades y particularidades encontrarían su mejor vía de expresión; y él, de realización personal. Sería un desordenado, pero no un desorganizado; un solitario, pero no un alma perdida; muy reservado y tímido, pero harto rico en vida interior, aquélla de la que más precisaba su tinta para articularse, y la cual precisaba nutrirse de lecturas y libres diálogos consigo mismo.

Ya, no mucho antes de jubilarse a muy temprana edad, y de haberle sacado muchísimo partido a la panificación, tenía claro que lo suyo era la escritura y en cuanto pudo se entregó a ella en cuerpo y alma, rindiendo a espuertas.

Vinieron después los trabajos de la autoedición y su publicación, tareas en las que se concentró todo un año.

Y, con la certidumbre de haberse encontrado, siguió escribiendo; y al cabo de unos años (de más escritura) apareció en el horizonte esta misma revista digital, con la que se comprometió de lleno.

Se hacía llamar Luis Brenia –ustedes, ya saben: un loco perenne– y, lejos de atenerse a ser su persona, se configuró en su propio personaje.

Dada cuanta creencia sustenta en sí mismo como artista, nada puede en dicho sentido cambiarle, de ahí que él mismo es quien ha decidido reconocer lo que es bien sabido: que quien García es en su villa, García es en Sevilla, y dar fe en este artículo que aquí concluye.

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