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La confianza

Confiar en todos es insensato, pero no confiar en nadie es neurótica torpeza. JUVENAL, poeta satírico romano.

Decía Baltasar Gracián que la confianza es madre del descuido. Es una gran cita, sin duda, y podemos aplicarla a todo tipo de confianza: a la autoconfianza, a la confianza que depositemos en alguna persona o grupo de personas y a la confianza en el destino, en lo que ocurrirá.
El término confianza abarca algo más que la connotación de seguridad. Hay mayor o menor confianza en el trato con el otro, confianza en una marca determinada o en una cadena de supermercado o confianza en el resultado de una encuesta.
La definición de autoconfianza es la creencia en la capacidad de uno mismo para conseguir realizar cualquier acción o conseguir un objetivo, y es fundamental para desarrollar la autoestima. La autoconfianza está basada en la representación mental que cada uno tiene de sí mismo y que se ha ido forjando desde la edad infantil hasta la edad adulta. Que contemos con una autoconfianza alta o baja depende de las experiencias vividas, de la educación recibida y del afecto y el refuerzo positivo que hayamos tenido. Cuando nuestra autoconfianza es baja, no nos vemos capaces de lograr las metas y eso hace que caigamos pronto en el desánimo, en el desaliento. Sin embargo, si nuestra autoconfianza es alta, estaremos preparados para afrontar cualquier reto con garantías.
Tal vez la pregunta del millón sea cómo generar esa autoconfianza, cómo creer en uno mismo. La respuesta pasa por conocernos, por preguntarnos quiénes somos, qué queremos y a dónde queremos llegar. Tenemos que trabajar nuestro mundo interior haciéndonos esas preguntas que importan y no tener miedo de buscar las respuestas ni salir de nuestra zona de confort. Es un trabajo que no podemos hacer solos, pero comenzar a andar el camino depende de nosotros. La mente es un arma poderosa. Debemos levantar un sólido muro que no deje pasar libremente los pensamientos negativos que nos frenan. También es sumamente importante evitar las comparaciones. Somo seres únicos. Cada uno es cada cual. No pretendamos ser como el otro. Identificar lo mejor de cada uno no significa imitar.
En el otro extremo se encuentra la autoconfianza excesiva. Como todos los excesos, una desmesurada confianza en nosotros mismos es peligrosa, ya que puede acercarnos a la temeridad. De la seguridad a la arrogancia hay un paso muy corto. De la autoestima al narcisismo, un par de peldaños. Por otro lado, tener un exceso de autoconfianza puede llevarnos a fijarnos únicamente en los retos complicados, haciéndonos perder oportunidades que se encuentran en un nivel intermedio o incluso inferior.
En cuanto a la confianza en el otro, no siempre supone un vínculo. Por ejemplo, podemos confiar en la pericia del piloto del avión en el que viajamos y, de hecho, nos va la vida en ello, pero eso no significa que mantengamos una relación personal con él. Del mismo modo, confiamos en nuestro dentista cuando introduce el torno en nuestra maltrecha boca y agujerea una muela con destreza mientras habla del tiempo o tararea la canción que suena en el hilo musical de la consulta. ¡Qué remedio!, dirás tú con razón.
La confianza ciega —además del nombre de un reality show emitido en Antena 3 en 2002 y de una novela de John Katzenbach, cuyo título original es The Architect— se define como un exceso de confianza en el otro y es tan peligrosa como la autoconfianza excesiva de la que hablamos antes.
Lo que ocurre cuando depositamos nuestra confianza en otra persona es que lo hacemos de manera emocional y cognitiva. Las emociones juegan un papel fundamental, incrementando la confianza emociones positivas como la alegría y la felicidad y disminuyéndolas las negativas como el rencor, el enfado o la tristeza. Lo prudente es que la confianza se adquiera de manera gradual, poco a poco y no súbitamente. El ser humano es un ser social y, por ende, necesita creer en sus semejantes.
¿Y qué pasa cuando algo va mal y la confianza se quiebra? Todos hemos sufrido en mayor o menor medida la pérdida de confianza. Bien porque hemos dejado de confiar en alguien o porque alguien ha dejado de confiar en nosotros. Uno de los casos paradigmáticos lo representa la infidelidad en la pareja. ¿Es posible restablecer ese vínculo que ha sido mancillado por una o por ambas partes? ¿Es posible volver a confiar en alguien que ha traicionado tu confianza? No es una pregunta de fácil respuesta.
Para empezar, no siempre una traición de este tipo es signo de que ya no se ama. Muchas veces, el acto de infidelidad esconde problemas mucho más profundos que un simple deseo sexual. Otras, por el contrario, obedecen simplemente a un instinto que no tiene en cuenta los sentimientos del otro. ¿Cómo podemos averiguar cuándo se trata de un caso u otro? No es un trabajo fácil y pasa —nuevamente— por el autoconocimiento y por la comunicación con el otro. Creemos conocernos a nosotros mismos y a los que nos rodean. Nos decimos con frecuencia: «yo nunca sería capaz de hacer algo así» o «esa persona nunca me traicionaría». Sin embargo, esas cosas ocurren.
Conozco un caso de dos personas —a las que llamaré Ángel y Benito— que se creían amigos, se sentían amigos y actuaban como amigos. Confiaban el uno en el otro. Había armonía en esa relación y todo marchaba como la seda. Hasta que un día, Ángel le falló a Benito. Cometió un error que minó la confianza que Benito había depositado en él. Ángel seguía queriendo a Benito y, a pesar de que Benito estuviera muy enfadado y tuviera sus razones para estarlo, Ángel confiaba en que lo perdonaría. Pero ya adelantábamos que la ira, la tristeza y el rencor son emociones que disminuyen considerablemente la confianza.
A pesar de esto, Ángel seguía confiando en la bondad de Benito. Había reconocido su error e implorado su perdón, pero no lo obtuvo. Benito perdió definitivamente la confianza en Ángel y se negó a volver a hablar con él. Ángel descubrió que, en realidad, Benito no era la persona que él creía que era. Se convirtió en un extraño a partir de entonces y Ángel también perdió la confianza en alguien al que había considerado un verdadero amigo, al revelársele una parte de su personalidad que no conocía o que había pasado por alto en su relación. En realidad, Ángel y Benito no se conocían como creían conocerse. Ni entre ellos, ni a ellos mismos.
No hay final feliz en esta historia. Pero te contaré otra. Esta vez entre César y Diana, una pareja que llevaba muchos años casados. César le fue infiel a Diana y, cuando ella se enteró, su primera reacción fue dejarlo, acabar la relación y continuar con su vida. Sin embargo, a pesar de su reprochable acción, César amaba a Diana y reconoció su culpa, imploró su perdón y, sorprendentemente, lo obtuvo. Diana había perdido la confianza en César, pero aún lo amaba y necesitaba una explicación. Necesitaba saber por qué había ocurrido una cosa así. También tenía la imperiosa necesidad de recuperar su autoconfianza. Decidieron ahondar en las causas y hablar sobre ello; hacerse las preguntas correctas sin miedo a obtener las respuestas. Decidieron emprender el camino del autoconocimiento y del conocimiento profundo del otro, y la herida fue sanando lentamente. De este modo, edificaron una nueva relación sobre esos nuevos pilares, recuperando la confianza perdida. Sí hay final feliz en esta historia, aunque no hay moraleja. Como decíamos antes, cada uno es cada cual.
Para terminar, confío en que este artículo aporte algo a tu vida y, si no es así, al menos te haya entretenido y te haya hecho reflexionar. Como nos aconsejó Juvenal, no cometas el error de confiar ciegamente en todos ni la torpeza de no confiar en nadie y, sobre todo, trabaja tu interior, confía en ti. Al final, parafraseando a José Ortega y Gasset, tú eres tú y tus circunstancias.

Germán Vega Contributor
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