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La sorpresa

Intento no sorprenderme.
La sorpresa es la cara pública de una mente cerrada.
BERNARD BECKETT, escritor neozelandés.

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios!», dice el estribillo de la famosa canción Pedro Navaja, de Rubén Blades. La sorpresa, por definición, es la revelación de algo que estaba oculto para nosotros, algo imprevisto o inconcebible. La vida nos da sorpresas, eso es indudable, pero, en muchos aspectos, hemos perdido la capacidad de sorprendernos y eso, paradójicamente, también es sorprendente.
Alice Walker, la escritora estadounidense flamante ganadora del Pulitzer por su novela El color púrpura, nos aconseja que no esperemos nada, que vivamos frugalmente con la sorpresa. Mientras que Boris Pasternak, novelista ruso, afirmaba que la sorpresa es el mayor regalo que la vida nos puede conceder (ignoro si se sorprendió al recibir el Nobel de Literatura en 1958). Ambos son buenos consejos para vivir sin miedo, con alegría y con la esperanza de que todo va a ir bien.
Existen personas adictas a las sorpresas y otras que las detestan. Los primeros tal vez formen parte de ese grupo al que Alice Walker apelaba: personas que se dejan sorprender continuamente y disfrutan con esa especie de incertidumbre, de no saber qué pasara. Los segundos, a los que me asemejo mucho más, son aquellos que necesitan tener control sobre las cosas, y que se ponen nerviosos cuando las sorpresas invaden una parte de su espacio acotado y seguro. Puede que estos últimos sean los más pesimistas, los que no esperen nunca sorpresas agradables.
A pesar de que se define la sorpresa como emoción, hay que tener en cuenta que en sí misma no es una emoción positiva ni negativa, sino el detonante de otra emoción que, dependiendo de la propia sorpresa, puede tener un carácter u otro. De este modo, no sería lo mismo asistir a tu fiesta sorpresa de cumpleaños que encontrarte con un examen sorpresa a la entrada de clase o que el perro del vecino te haya dejado un recadito en tu puerta. ¡Menuda sorpresa!, ¿eh?
La sorpresa es algo que ha acompañado al ser humano durante toda su historia y, visto en perspectiva, es justamente la capacidad de sorpresa lo que impulsa a algunos a investigar, a ir un poco más allá para tratar de descubrir la naturaleza de todo aquello que nos rodea y revelar la verdad detrás de la apariencia de las cosas. Podemos imaginarnos a los primeros humanos de hace más de un millón de años (según los últimos vestigios hallados en África) sorprendidos ante el descubrimiento del fuego, si bien el dominio de ese elemento data de unos ochocientos mil años, época en la que seguro que el factor sorpresa había desaparecido por completo. Aunque, si nos paramos a pensar detenidamente, el fuego sigue sorprendiéndonos verano tras verano convertido en incendio forestal y arrasando miles de hectáreas de bosque a su paso.
Existen algunos hechos históricos sorprendentes —más recientes que el descubrimiento del fuego, claro— como, por ejemplo, el hundimiento del Titanic. ¿Quién iba a pensar que semejante maravilla de la ingeniería náutica iba a irse a pique en su viaje inaugural? O la llegada del hombre a la luna, realidad para algunos y ficción para otros, pero sorprendente, en cualquier caso. Una sorpresa, desagradable y reciente, ha sido la erupción del volcán de Cumbre Vieja en la isla de La Palma. Los volcanes forman parte de la génesis de las Islas Canarias, de su historia y también de su futuro, Pero, aun así, ¿esperaban acaso los vecinos de los municipios afectados que la Naturaleza acabara con sus hogares y sus modos de vida sepultándolo todo bajo toneladas de lava hirviente?
Hay cosas que nos sorprenden siempre, como la muerte de personalidades (políticos, artistas…), de seres queridos o de personas cercanas. Incluso si es esperada, cuando llega, la muerte sorprende, descoloca, cuestiona. Cuántas veces habrás oído: «¡Pero si yo lo vi antes de ayer y estaba bien!». Hay otros acontecimientos que, a pesar de ser desgraciadamente atroces, ya no nos sorprenden, como la guerra, el hambre, las migraciones o la violencia contra la mujer.
Conocíamos los estragos que causaba el virus del Sida o del Ébola y, a pesar de ello, nos sorprendió el coronavirus en 2020 porque nos encerró en casa y nos mostró lo vulnerable que somos y el poco conocimiento que tenemos de las cosas que pasan o las que podrían pasar. Ahora, ya no nos sorprende escuchar la cifra de muertos, de internos en las UCI de toda España ni las acciones fruto de la ignorancia de algunos y la indiferencia de otros.
En un mundo globalizado e interconectado en el que las noticias viajan de móvil a móvil a una velocidad endiablada, las sorpresas son cada vez menores. Casi todo lo noticiable es inmediato y el conocimiento está al alcance de cualquiera, siempre que se sepa buscar y separar el trigo de la paja.
A mí me sorprende la maldad de algunas personas. Siempre digo que el ser humano es extraño, capaz de lo mejor y de lo peor. Hay sucesos terribles que veo en los telediarios y no dejan de sorprenderme por mucho que se repitan. La violencia vicaria es uno de ellos. ¡Cuánto horror!
Por supuesto, todavía es capaz de sorprenderme una puesta de sol, una canción, una buena película, un poema, un libro, una mirada, un te quiero… Me sorprende el enorme poder del amor. El valor de algunas personas, la tenacidad y la capacidad de lucha de otras. Me sorprende la humildad, la perseverancia, el no bajar los brazos, el darse a los otros, la solidaridad. Me sorprende la autenticidad de la gente en un mundo de apariencia y postureo.
En mis novelas, siempre trato de sorprender al lector. A veces lo consigo y a veces no tanto. Pero, hablando de mis escritos, quiero mencionar una décima incluida en el único poemario que he escrito y que verá la luz en un futuro próximo (¡sorpresa!). La compuse como un pequeño homenaje a mi padre, al que le encantaba jugar con las palabras. Recuerdo que un día, siendo yo muy jovencito, me preguntó.
—¿Sabes qué es una sorpresa?
Yo no supe contestar. Me quedé mirándolo expectante, a la espera de que terminara la supuesta broma que quería gastarme. Él me sonrió y exclamó jubiloso:
—¡Una monja en la cárcel!
Después rompió a reír ante mi atónita mirada y, cuanto más lo miraba yo embobado, más reía él.
—Una «sor» presa —intentaba explicar entre risas.
Los chistes de mi padre eran así: o te reías por empatía o le pedías por favor que dejara de intentarlo. Pero él siempre los acompañaba de una carcajada. Me gustaba oír aquella risa. Y algunas veces aún hoy, diez años después de su muerte, me sorprendo pensando en ella. La mente también tiene esa capacidad de sorprendernos, ¿no crees?

Germán Vega Contributor
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