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Los piratas de Playa Olvidada

La Jolly Roger ondeaba en el navío de tres puentes hacía ya tres días. “La Dama Real”, que así se llamaba, contaba con más de 125 cañones para artillar en cualquier batalla, pero de nada le habían servido ante el sigiloso abordaje al que le había sometido la hueste canalla de bucaneros que ahora los gobernaban. Aprovechando la oscuridad de la noche y la niebla espesa reinante, la profesionalidad de los asaltantes quedó manifiesta en menos de una hora.
El vigía había sido el primero en caer víctima de su relajación en el turno de madrugada. Una cabezada confiada le había costado sentir, en su último aliento, cómo una hábil daga abría su gaznate sin dejarle emitir la voz de alarma. Casi al mismo tiempo, el timonel corría igual suerte. El resto fue coser y cantar para los casi treinta hombres que participaron armados hasta los dientes y desprovistos de sus botas para evitar romper el silencio.
—¡Recuerdos a los tiburones! —gritaba a media mañana uno de ellos mientras obligaba a pasear por la plancha al último de los marineros que habían sobrevivido a la matanza, con la punta de su alfanje presionado en la espalda.
Con cada ejecución, la algarabía del resto hacía temblar la cubierta bajo sus pies mientras las botellas de ron pasaban de mano en mano. Merecían el momento de asueto que hacía tiempo buscaban y así se lo permitió su jefe.
—Los muertos no hablan —susurró el capitán Jack Lenguafina a su homónimo militar, de nombre Morgan, que desprovisto de su peluca blanca, su uniforme de gala roto, descalzo, manchado de sangre propia y extraña, atado y sentado a sus pies, no parecía tan temible como debiera. Con el garfio que sustituía su mano derecha, Lenguafina levantaba el mentón de éste para hacer coincidir sus miradas—. Y menos con sus huesos en el fondo del mar.
Alto, robusto, cubría su cabeza con el tricornio negro, sobre pañuelo anudado atrás, y su cuerpo con la casaca roja cruzada por la bandolera donde portaba su espada. Todos sabían que ni la falta de su ojo siniestro, siempre parcheado, ni la de la mano mencionada, ni siquiera la pata de palo que lucía en su extremidad izquierda, menguaba un ápice su arrojo en batalla ni su justicia filibustera.
—¡Le exijo el trato que merece mi rango! —exclamó el prisionero intentando establecer un respeto que en la ley pirata no existe. Inmediatamente respondió la misma frase, y en el mismo tono, “ManchaNegra”, el loro del capitán Jack Lenguafina, que revoloteó hasta posarse en el hombro del preso. También tenía una de sus patas de madera y lucía alrededor de su cuello un pequeño pañuelo rojo. Sin darle tiempo a reaccionar al detenido, de tres rápidos y certeros picotazos, le vació la cuenca ocular derecha entre los alaridos del agredido y los vítores generales al ave, que regresó plácidamente al palo de mesana para paladear el manjar que había conseguido.
—¡Levad anclas! ¡A toda vela! ¡Regresamos a Playa Olvidada! —ordenó el capitán, lo que produjo una agitación general en donde cada cual sabía qué puesto debía ocupar para que la travesía se llevara a cabo —. Y a éste quemadle la herida por “respeto a su rango” —remató sarcástico mientras subía al puesto de mando, dicho lo cual dos de sus hombres agarraron por la cabeza al herido y le sellaron la órbita con un hierro incandescente que le hizo perder el conocimiento.
Mientras surcaban los mares, con la carabela propia delante, llamada “La Viuda”, abriendo camino más rápida, y la nave arrebatada a la pérfida Albión detrás, recordaba nostálgico Lenguafina tiempos más pacíficos a los actuales. En su ciudad natal vivía del comercio marino donde poseía una modesta casa acompañado de su esposa e hijo. Frecuentaba tabernas, posadas y tugurios nada recomendables del puerto en donde se codeaba con los más intrépidos marineros, corsarios, delincuentes y gente de mal vivir con los que se asociaba para sus negocios. Todo fue bien hasta que la guerra civil inglesa le arrebató todo aquello que más quería, dejándolo sin nada ni nadie. En medio de aquella locura, antes de agotar lo poco que le quedaba, reclutó un puñado de mercenarios conocidos, sin nada que perder, y se lanzó al mar en busca de venganza.
No muy lejos, atado a unos de los mástiles principales, la otra cara de la moneda la reflejaba el capitán Morgan. El sol de frente constante resecaba su piel hasta levantarle ampollas. Apenas podía ver, con su único ojo sano, cómo colgaba, atado de sus muñecas a una de las vergas delanteras, el cuerpo inerte del Teniente Jerry al que las gaviotas arrancaban trozos de carne. En otro mástil, su contramaestre Stapelton, con el torso desnudo, sufría golpes con un gato de nueve colas, aunque hacía ya unos minutos que no respiraba.
En un momento de debilidad, una lágrima recorrió su mejilla acordándose del ruego que tanto había insistido en hacerle Rebeca, su esposa.
—Deja que vaya otro —le razonaba —. Tu sitio está aquí, en palacio. El Rey te necesita, el pueblo te requiere y tu familia precisa de tu presencia.
Ahora, tarde ya, se arrepentía de haber osado retarse a cumplir con el encargo real de acabar con la figura del que seguro sería su verdugo. Imágenes en flashback torturaban más su ánimo: paseos por palacio, los amplios jardines, reuniones de alta sociedad, las caballerizas envidiadas por todo el país, los afamados bailes de salón que gustaban a la Reina y a Rebeca, sus estudios en el modelo heliocéntrico del universo, sonidos de música barroca…en fin, toda una vida de lujos que no volvería a tenerle a él entre sus invitados.
—¡Tierra a la vista! —Proclamó a todo pulmón John Silver, el vigía, que con un movimiento ágil se deslizó desde el carajo, por todo lo largo del mástil, hasta caer en cubierta y en dos zancadas ponerse a la altura de Lenguafina —. A media jornada, capitán —le aclaró —. ¡PLAYA OLVIDADA! —anunció a gritos provocando una nueva algazara entre todos sus compañeros.
La playa nombrada era la puerta de entrada hacia Tierra Esperanza, una pequeña pero confortable y segura aldea que habían levantado en aquella isla desconocida para cualquier carta marina. Suponía el premio al esfuerzo y camaradería, con mucho de pillaje, asaltos, robos y asesinatos, de todo aquel grupo.
El botín cosechado en esta última incursión superaba con creces lo obtenido en los últimos meses, lo cual permitiría un tiempo de calma que siempre era aprovechado para ampliar y mejorar el poblado. “La Dama Real” fue saqueada de proa a popa, y de babor a estribor, en una labor a la que la costumbre los mostraba dinámicos y precisos, no tardando más de dos jornadas en quedar con tan sólo la madera.
—Te voy a explicar cómo acaba el cuento —comentó Lenguafina a Morgan tras esos dos días sin dirigirle la palabra.
Lo habían tenido encerrado en una mazmorra construida para un reo, lo sumo dos, que estrenaba el militar sin mucho orgullo por ello. La herida del ojo estaba mejor y su cuerpo se había repuesto como para no pensar que iba a morir. Por ahora.
—Si por mí fuera habrías corrido la misma suerte que el resto de los que iban contigo en el barco —refería con calma mientras daba vueltas alrededor de un Morgan sentado en una banca de madera y escoltado por dos corpulentos piratas —. Pero me interesas vivo —le anunció, lo cual hizo gimotear de emoción brevemente al militar —. Una lágrima más y seré yo con mi garfio el que te saque el corazón de un solo golpe.
Lenguafina le explicó que iba a asistir al hundimiento, en alta mar, de su grandiosa nave, que correría igual suerte que lo hicieron otras muchas más. Esas naves pesadas no eran de interés para ellos una vez que las habían desvalijado, pero era una imagen que quedaba como aviso de lo que eran capaces si no los dejaban en paz. Y les interesaba que así se difundiera.
Lo llevarían con el ojo vendado para que no tuviera posibilidad de averiguar su escondite. Posteriormente a la zozobra forzosa, lo dejarían marchar en un bote a remos en el cual, si la suerte le sonreía, podría estar en tres días localizable por la flota inglesa y conseguir su salvación.
—La cicatriz de tu cara será nuestra marca de la casa —le espetó pegando su nariz a la suya —. Recuérdame cada vez que te mires al espejo y dame las gracias. Amarás a tu esposa y verás crecer a tus hijos, cosa que yo nunca podré hacer realidad. Pero no me des otra oportunidad porque yo no te la daré a ti —. Le escupió a la cara y salió fuera antes de cambiar de opinión.
Pasados tres días, un barco de la armada inglesa encontró a Morgan inconsciente, aún vivo, tumbado en su bote a la deriva.
En el aire quedaba una posible revancha.

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