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Zaireña

Se habían metido en un buen lío y tenían que salir de él como fuera. Tenía que pensar. Vale, había que esconderlos. Pero ¿dónde?
—En las neveras —se le ocurrió de repente―. Pasaréis frío, pero es lo único que se me ocurre. Entre los tres bajaron las cajas que estaban sobre las neveras procurando no hacer daño al herido que estaba en el suelo; moverse era bastante complicado con él allí. Abrieron las neveras y trasladaron las vacunas de una de ellas a las otras dos. Cuando quedó vacía, Camila cubrió el suelo de la nevera con una de las mantas que había en el pedido y entre los tres metieron el gran cuerpo inerte del hombre en el arcón vacío. En cuanto lo colocaron lo más cómodo posible, lo tapó con dos mantas más. Hubert se enrolló con otras dos mantas y se metió en la nevera encima de Jerome, cara a cara por si desperta ba, para taparle la boca. Camila oía como los soldados estaban cada vez más cerca del camión. Acababan de colocar a toda prisa las cajas sobre las neveras cuando oyó un ruido romo golpear en la chapa. Le dio tiempo a desconectarla del enchufe, para evitar que se congelasen allí dentro, y hacer un pequeño agujero al metal para que entrase aire y no muriesen asfixiados.
—Buenas tardes —dijo uno de los soldados—. Soy el cabo Abubakar de la Guardia Civil. ¿Tienen algún problema?
—Lo teníamos, pero, gracias a Dios, entre la hermana y yo lo hemos podido solucionar. —Declan se bajó del camión y ayudó a Camila a bajar―. Mi nombre es Declan McLeod, soy el párroco de Saint Germain, y esta es la hermana Camila Oramas, una de las hermanas de la congregación.
—¿Y qué problema tenían?
—Se nos cayeron varias de las cajas al suelo y las hemos vuelto a colocar y a sujetar mejor.
—Entiendo. ¿Han visto a dos hombres por la zona? Uno de ellos es mestizo, de unos treinta años, y está herido. El otro que lo acompaña es negro como el café y bastante joven, no llega a los dieciséis años.
—No, lo siento, no los hemos visto —dijo Declan mientras cerraba una de las puertas traseras del camión—. Hoy hemos recogido a varios caminantes, pero ninguno corresponde a esa descripción.
—No tenga tanta prisa, padre—dijo el hombre impidiendo que cerrase la otra hoja de la puerta—. Si no le importa, vamos a hacer una pequeña revisión al camión. No es que desconfiemos, pero puede que se hayan escondido y ustedes no se hayan dado cuenta.
El cabo hizo un gesto con la cabeza a sus hombres. Unos subieron a la parte trasera del camión; otros se dirigieron a la cabina; otros, a los laterales, y uno de ellos se subió al techo.
Camila sabía perfectamente que allí no se podía colar nadie a menos que uno lo dejase entrar. Aquel hombre no se fiaba de ellos.
—¿Qué es lo que llevan en estas cajas? —preguntó uno de los guardias civiles.
—Llevamos material para el Saint Hospital; una vez cada dos meses solemos ir a Kinshasa a recogerlo.
—Esta vez habló Camila—. Soy la enfermera jefa de allí. Si quiere, le puedo enseñar el listado del pedido para que lo pueda comprobar —se dirigió esa vez al cabo.
—Sí, no sería mala idea.
Camila fue a la cabina y sacó el sobre con las hojas del material de la guantera, mientras rezaba a Dios que no se les ocurriese mirar en las neveras.
Nada más entregárselo comenzaron a hacer una inspección de todas las cajas. Una por una las fueron abriendo y comprobando que lo que en el pedido ponía correspondía con lo que había en ellas.
—No hay nada en la cabina, ni en el techo ni en los bajos del camión, mi cabo —le dijo uno de los guardias.
—Estupendo —les dijo a Declan y a ella—. Esos hombres son peligrosos y no me gustaría que les sucediese nada. Sobre todo, a la hermana. —El hombre sonrió de una manera tan desagradable, dejando ver sus dientes negros y podridos, que no pudo evitar que se le erizasen los pelos de la nuca.
—¿Y exactamente qué es lo que han hecho?
—Son hombres de la guerrilla rebelde del este. Colaboran con la Alianza. Llevamos tres días buscándolos por la provincia. Uno de ellos es el comandante Jerome Ngona, ¿no ha oído hablar de él, hermana? —Comandante Jerome Ngona, en algún lado había escuchado ese nombre. Pero no recordaba dónde—. Es bastante peligroso. A él le daría igual que usted fuera monja o misionera o a lo que sea que usted se dedique.
—Volvió a sonreír de aquella forma tan desagradable.
Al nombrar la palabra misionera, Camila recordó dónde había oído antes aquel nombre. El hombre al que estaba ayudando era el que había asesinado a las misioneras españolas y a aquella pobre gente del poblado de la provincia Oriental. Se quedó pálida y sudorosa. Por su necesidad de ayudar, Declan y ella iban a terminar pudriéndose en la cárcel. Sintió ganas de salir corriendo de allí, pero su cuerpo estaba paralizado y su cabeza no paraba de pensar y maquinar qué hacer. Si le decía al teniente dónde estaba el comandante después de haberles mentido, los acusarían de ayudar y de encubrir a unos fugitivos; pensarían que estaban a favor de la guerrilla y que solo los habían delatado cuando vieron que los descubrirían. Y, si los encontraban, los acusarían de lo mismo. Estaban perdidos. Lo único que se le ocurrió fue no decir nada y esperar a ver si ocurría un milagro. Ya después, cuando se fuesen los soldados, se encargaría, no sabía cómo, de que aquellos dos hombres fueran llevados ante la justicia.
Comenzó a rezar.
—Las neveras están cerradas con candados, necesito las llaves — dijo uno de los guardias que registraba el camión.
Declan le tiró las llaves y este las cogió al vuelo. Los dos no pudieron evitar mirarse con preocupación. En cuanto abriesen la nevera, estarían perdidos. El guardia civil abrió la nevera que estaba más alejada de donde estaban escondidos el comandante y Hubert.
—Aquí solo hay cajas con jeringas —dijo después de registrar las cajas que estaban dentro del arcón.
—Son vacunas —le explicó—. Todas las neveras llevan vacunas.
Cerró la nevera y puso de nuevo el candado. Se dirigió al siguiente electrodoméstico. Abrió el candado y levantó la tapa.
—Lo mismo, vacunas. —Volvió a cerrarlo y puso de nuevo el candado.
Camila creyó que se le paraba el corazón cuando vio abrir el candado de la tercera. Contuvo la respiración cuando el soldado levantó la tapa, como si eso fuera a hacer desaparecer al comandante y a su acompañante.

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