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La muerte helada

—Doctor, ¿crees que ha sido su esposa? —me preguntó con su familiar acento nasal el inspector. Hacía bastantes años que conocía a Jaime Lozano de modo que le respondí directamente la pregunta que me formulaba; sabía demasiado bien que nunca tomaba ideas premeditadas y siempre se ceñía a las pruebas que pudiese obtener, sin fantasear excesivamente ni divagar pese a la falta de inspiración que podía tenerle detenido días, semanas e incluso durante meses.
—No creo. En la fiesta estaban todos sus familiares de modo que pudo ser cualquiera de ellos. ¿Has encontrado ya el arma homicida? —le pregunté muy interesado mientras me ponía guantes de vinilo empolvado en las manos.
—No, pero ten por seguro que aparecerá. Fue una auténtica suerte, o casualidad como preferirías llamarla, que el padre de la víctima prohibiese salir a nadie de la estancia hasta nuestra llegada. En una inmensa mayoría de los casos no sucede así y los sospechosos marchan a un lado y a otro, remueven pruebas, destruyen otras y lo pisotean todo cuando no salen corriendo. En estos casos el arma homicida puede esconderse en cualquier lugar. O puede desaparecer sin más.
Ambos estábamos de pie en el espacioso salón de un conocidísimo industrial, inmensamente rico gracias a su trabajo personal, el cual había sido salvajemente asesinado mientras celebraba una comida de cumpleaños con sus familiares.
—¿Sabías que son catorce los sospechosos, los presuntos? —me comunicó el inspector. —¡Y parece ser que ninguno de ellos ha sido el autor! Ahora mismo el sargento Martín les está tomando declaración, aunque hasta que llegue el abogado de la familia no hablarán, eso tenlo por seguro: siempre hacen lo mismo… llega el leguleyo y comienzan a charlar hasta por los codos.
Paseaba por la habitación y, aunque mi ojo de médico forense no estaba tan acostumbrado como el suyo a descubrir indicios, pistas o pruebas, había reparado en que en el cuerpo del fallecido había algo poco común. Cuando me llamaron, hacia las 11 de la noche, esperaba acudir a algún callejón oscuro, a un arrabal de la ciudad y hallar un cadáver de algún borracho, de un hombre muerto a balazos (cosido, en la jerga policial) o cosas similares. Demasiado acostumbrado estaba a ver los cientos de crímenes que se cometen semanalmente en una gran ciudad como la nuestra. Cierto es que cuando se alcanza un límite de población y se rebasa, los delitos contra las vidas humanas se disparan en progresión geométrica: ese descubrimiento, ese trabajo sobre el incremento de la maldad humana, le había valido a un compañero mío de profesión un premio y una mención. Con una población que superaba los trescientos mil habitantes no era raro tropezarse con cadáveres, mutilaciones o violaciones casi a diario; pero lo que no esperaba era venir invitado a una fiesta de cumpleaños en la alta sociedad. Desde luego que no.
El muerto, maduro empresario, había sido acribillado a cuchilladas mientras un casual y repentino apagón de luz cortaba la agradable cena. Los horribles gritos de la víctima habían despertado a los niños y en medio de la confusión, los comensales no supieron quién habían sido de los presentes, ni cómo había entrado o salido el asesino de la habitación. Sólo la sangre fría del padre de la víctima, solemne anciano de pelo blanco, había facilitado la tarea a la policía al impedir de inmediato que se abandonase el escenario del crimen.
—Volvamos al cuerpo. Quiero ver de nuevo cómo cayó al suelo. —me pidió el inspector y amablemente me tomó del hombro y me condujo al salón sin dejar de hablarme.
—Por los relatos minuciosos que nos ha facilitado del señor Esteban Población, el padre de la víctima, parece que estaban ya a punto de servir el postre cuando se apagó la luz. De inmediato, como ya podrás suponer, se lanzaron comentarios divertidos sobre una nueva sorpresa y otros por el estilo hasta que se oyó arrastrar una silla, unos cortos pasos y un alarido que despertó a los niños que, en el piso superior, dormían. Luego alguien del extremo de la mesa, probablemente el hermano del fallecido, encendió las luces (que no funcionaron, porque estaban desconectadas desde fuera como hemos comprobado) y cuando abrieron las puertas del salón, para que entrase la luz de la sala de fumadores, encontraron al desdichado Carlos Población tirado en el suelo, con su silla derribada bajo él y la blanquísima camisa manchada de su propia sangre.
—Un momento, un momento, para el convoy que va disparado… Dijiste que oyeron arrastrar una silla, pero no has mencionado nada de caerse la silla del muerto. —le interrumpí. Habíamos llegado hasta el lugar en donde yacía sin vida un cuerpo. Le rodeaban los fotógrafos de la policía quienes tomaban con cámaras de vídeo sus últimas imágenes. Un experto en huellas dactilares tomaba copias de las yemas de los dedos del cadáver, otro iluminaba con luz ultravioleta sus pantalones y examinaba su traje para hallar huellas de cualquier tipo.
—¿Algo? —pregunté a un suboficial que se movía cerca de mi.
—Nada de nada; quien quiera que lo haya hecho utilizó guantes. —contestó éste levantándose y quitándose lentamente los guantes de látex.
—Es fácil apuñalar a una persona en la oscuridad incluso sin verla, pero no es fácil comer con guantes de modo que o bien se puso los guantes en esos breves instantes sin luz… —decía el inspector cuando le interrumpí con brusquedad.
—¡No tendría tiempo!
—… o bien, o bien, no utilizó guantes aunque sí algo que no dejase huellas. Pudo haber cubierto sus manos con una servilleta. Precisamente tenemos una allí tirada, junto al brazo de la silla. —acabó de decir Lozano mientras se acercaba al objeto.
En efecto, una servilleta estaba tirada bajo un brazo de la silla.
—Observa que se encuentra debajo de la silla y no tirada simplemente junto a ella. Esto nos puede indicar que no cayó ahí, sino que alguien la utilizó para sujetar a la silla cuando tumbó el cadáver en el suelo. Es posible, desde luego, quién sabe.
—O casualmente se cayó antes y la silla fue a parar sobre ella accidentalmente. —añadí sin vacilar y encima sonriendo.
—Posiblemente sea como dices. Sí, quizá. De todos modos será mejor analizar el resto de los útiles por si encontramos algo más. —y dicho esto rondamos por la habitación buscando algún indicio que nos aclarase el hecho. Los muebles del comedor, ricamente tallados y cubiertos con esmaltes, brillaban bajo las luces y linternas que los distintos agentes movían en todas direcciones. Unos buscaban huellas en los cubiertos, otros restos minúsculos en el suelo o sobre el cadáver. Cada uno tenía encomendada una tarea y todos trabajaban a conciencia sin distraerse por nuestra presencia.
—Hemos encontrado un cabello, inspector. —anunció un agente señalando con su mano enguantada el suelo.
—Ya hemos tomado todas las huellas de los comensales. —nos indicó otro. —Podemos decir que tenemos ya identificados a los catorce presentes, señor. Todas son diferentes y son abundantes en los cubiertos de cada uno de ellos. Han salido muy limpias. —le comunicó un sargento a mi acompañante. El inspector Jaime Lozano asentía y animaba con breves palabras a sus hombres, pero le veía absorto contemplando la escena del crimen: sin duda estaba imaginándose lo sucedido hacía unas horas y no acababan de encajarle todas las piezas porque sus cejas continuaban bajas, juntas, oscureciendo su rostro serio.
—¿Cómo lo hizo, en nombre de Dios? ¡Tan rápido, sin huellas y sin arma! No acabo de verlo claro… —decía mientras se mordía la punta de un dedo nerviosamente.
—Espera a que registren a los sospechosos y veremos qué hay de nuevo. —le intenté tranquilizar. —Sin material que analizar no merece la pena intentar esforzarse: al final, sólo sacarás en claro un dolor de cabeza y varios modelos incompletos.
— Ya puede reconocer el cadáver, doctor. —me indicó un agente, un chico demasiado joven como para haber visto ya un asesinato tan violento.
Jaime Lozano y yo acudimos junto al fallecido y, con exquisito cuidado y siempre bajo su atenta mirada, procedí a un reconocimiento somero del cuerpo con mis manos enguantadas. Su camisa mostraba al menos cinco grandes manchas de sangre, cada una de una puñalada, además de otras salpicaduras de sangre por todas partes y algunos manchurrones rosados.
—¿Han terminado con el cuerpo? Me gustaría hacerle la autopsia. —pregunté al inspector que asentía, en silencio, junto a un desconocido para mi.
—Si, proceda cuando quiera. —me dijo el agente judicial, el desconocido, quien se despedía de Lozano en ese momento.
Y sin más retrasos ni ceremonias lo llevamos a la unidad forense.

* * *

La autopsia no me llevó demasiado tiempo pese a que se cumplieron todos los pasos necesarios y se efectuaron todos los requisitos legales: la extracción de los distintos órganos, su pesado, la toma de muestras, etc… En realidad sabíamos de qué había fallecido el sujeto: de varias puñaladas mortales cada una de ellas. Lo que ya no estaba tan claro era el por qué, el motivo último. Cuando entregué los resultado al inspector Lozano se mostró tan reservado como antes.
—Por lo menos gozaba de buena salud antes de morir… —me dijo alzando cómicamente una ceja al leer el documento.
—Supongo que ya interrogaste a los sospechosos. —me atreví a preguntarle.
—Desde luego, desde luego… Hay una clarísima sospechosa: su esposa. De las investigaciones llevadas a cabo por los detectives del caso parece ser que se entendía con un amigo del marido y que ambos llevaron demasiado lejos su relación prohibida, el jueguecito.
—¿Por eso puede llegarse al asesinato?
—Por eso y por menos, aunque en este caso es por más. El fallecido legaba en su testamento, entre otros objetos, el usufructo de la fábrica al hijo menor, incapacitado a causa de una enfermedad infantil; está claro que la beneficiaria final sería la esposa, quien sería la que cuidaría del hijo hasta la mayoría de edad y probablemente mucho más allá, sobre todo si por medios legales conseguía la incapacidad del chico… Por eso es la principal sospechosa y o mucho me equivoco o es la culpable última.
—Lo que no acabo de ver claro en por qué no hay arma. Cómo pudo asesinarlo, apuñalarle mejor dicho y luego hacer desaparecer el arma. ¡Ni que se hubiese comido el puñal!
El inspector Lozano me miró, calló, se volvió taciturno desde entonces y me llevó hasta la salida firme pero amablemente, como tenía por costumbre cuando era preciso distraerse del trabajo.
—Si no tienes nada que hacer puedes acompañarme a comer. — me invitó sonriendo. Le seguí sin dudarlo mucho.
El restaurante situado en la calle Alcalde García Rosales, no muy lejos de la ruidosa estación de autobuses, nos permitía comer efectuando agradecidas economías, aunque no lo hacíamos por este motivo: era por la deliciosa comida que solían servir. Desde él podíamos contemplar las edificaciones de treinta y más plantas que bordeaban el parque Rodríguez Garcés, en cuyo centro el reloj de sol (reliquia de los tiempos en que las casas ¡alcanzaban sólo tres alturas!) ya no volvería a funcionar más; una pena para los estudiantes y amantes de la astronomía de la ciudad, pero…
—Impresionante ver cómo ha crecido la ciudad. —me decía mientras cortaba su filetón con total maestreía. —Antes, hace apenas diez años, aquí no había más que campo desnudo lleno de bichos, hierbajos y gente ociosa que hacía fuegos y quemaban ruedas por aburrimiento. Luego el dueño de todo este erial, un viejo avaro, murió, los hijos vendieron alegremente la reseca tierra y la ciudad creció en esta dirección con ansia. ¡Cosas que pasan!
—Me intriga saber cómo has podido deducir que la culpable es la mujer. —le pregunté desviando la conversación y pinchando, con cuidado, un poco de ensalada del plato.
—La sospechosa, querrás decir: suum quique, doctor, a cada uno lo suyo. Verás, se encontró un cabello de mujer pegado a la uña de la mano derecha de la víctima. Los análisis lo han demostrado y éstos son completamente fiables, ya sabes.
—Sí, bien cierto es. Pero ten en cuenta que de los catorce comensales seis eran mujeres. ¡Y todas ellas de pelo negro! No la he visto más que desde lejos, pero me parece recordar que tanto la esposa como las demás féminas tienen el pelo negro. ¡No creo que esa pista te sirva de mucho!
—He ordenado analizar el pelo, con la vana esperanza de que éste nos diga más sobre su dueña, aunque me temo que el tinte lo habrá quemado tanto que poco nos aportará ya. No, no creo que sea el camino adecuado. La culpable es la mujer (¡qué duda cabe!), aunque sin el arma del crimen no conseguiré que la justicia la condene de ninguna manera. Otra culpable más en la calle. ¡Cosa que pasan!
Y mientras terminábamos de comer los ruidos de los autobuses continuaban inundando el ambiente cada pocos minutos.

* * *

Durante el resto de la semana no volví a ver al inspector Lozano, por lo que supuse estría sumamente ocupado en la investigación de las numerosas muertes por sobredosis de crack que se venían sucediendo con demasiada regularidad en la ciudad. Hasta una población tan reducida como la nuestra padecía esta lacra social: la mesa de autopsias, tal como decían algunos compañeros míos, no solía enfriarse nunca con tanto cadáver joven como desfilaban por ella… Macabro pero cierto.
Una llamada de Lozano, a media tarde, me invitó a visitarle. Como las dependencias policiales no estaban alejadas del hospital provincial en pocos minutos estaba sentado junto a él; en silencio, concentrado, se mordía otra vez dedo.
—¡Ah, querido amigo, ya has venido! —me dijo al entrar.
—No, todavía no estoy aquí. ¿No me estás viendo, pues? —le respondí riendo.
—Siéntate ahí. Me parece que el caso no avanza como debiera: estamos atascados otra vez y esto no marcha, no marcha…
—¿No has conseguido una declaración de la viuda?
—¡Una declaración! Por supuesto que no: la ley la protege y si no aporto ninguna prueba me será del todo imposible volver a preguntarle hasta la hora del día. No, no es ese el camino. Si no hay arma, caso cerrado. O confiesa ella o el amante, me da igual, o la misma ley que quiere castigar ese crimen la protege de molestias posteriores. A veces echo de menos los tiempos en que aún se podía zarandear a un sospechoso por el brazo y hacerle confesar así: no era ético pero era efectivo..
—Veamos si recuerdo bien la escena. El salón comedor estaba cerrado cuando llegamos, así que, según el señor Población padre, nadie entró ni salió de allí. No poseemos ni ventanas ni posibles escondites dentro, de modo que el arma habría de estar dentro cuando ustedes llegaron: sin embargo no se encontró ni rastro de la misma pese a las pesquisas que se efectuaron. Es como si alguien se la hubiese comido.
—No querrás decir que desapareció, que se esfumó en el aire…
—No lo digo, aunque según se ve así fue. ¿Qué objeto extraño se hallaba entre los que se inventariaron? ¿No había ningún estilete o punzón?, ¿algo impropio de una comida familiar?: un abrecartas, una espadita de adorno, algo así que desentone…
 —Desde luego que no. Los cuchillos de la carne, el pescado o el postre no eran similares, en absoluto, al que podríamos encontrar en este del crimen. El objeto usado era punzante, cilíndrico y no cortaba ni mordía la carne; era completamente distinto a un cuchillo ordinario, no tenía filo. Ni en las ropas de los sospechosos, ni entre los objetos de la habitación, había nada semejante ni de lejos. En cuanto a los objetos de adorno de la habitación, todos son completamente distintos.
—¿Has repasado el vídeo de la escena del crimen para refrescarte la memoria? Quizá encuentres alguna inspiración nueva.
Dicho y hecho, en unos instantes estábamos en la penumbra de la sala de televisión y en ella podíamos ver en una pantalla panorámica toda la habitación, tal y como estaba en el instante mismo de la llegada de la policía y antes de que nadie tocase el cuerpo o los objetos diversos. El cadáver yacía inerte sobre una silla volcada, cara hacia el techo, con el pecho cubierto por manchas de sangre y salpicaduras menores del mismo líquido. Una mancha escarlata le bajaba por un costado. La cámara enfocó los alrededores del cadáver buscando huellas o indicios. En un instante determinado la cámara, enfocando hacia otro lado, dejó ver un brillo súbito y breve en una de las heridas.
—¿Ha visto eso? —me preguntó el inspector saltando bruscamente de su silla y aproximándose al monitor.
—¿El qué?, ¿dónde?, ¿qué cosa?
—Ese brillo fugaz, ahí. Se diría que una de las heridas estaba mojada…
—Sí, desde luego que lo estaba, ya reparé en ello cuando le quité la camisa al cadáver. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Por qué iba a haber agua en una herida? ¿Le encuentras alguna explicación?
No sabía qué contestar. Quizá se hubiese derramado agua de alguna copa, de algún vaso o salpicó de algún sitio. Pasamos la cinta de vídeo hasta el final, por completo, esperando ver ese vaso derramado, esa copa que hubiese vertido el agua sobre la ropa o incluso algún indicio de otro tipo, pero todo fue en vano.
—¡Pase la cinta de nuevo, por favor! —ordenó el inspector a algún operador invisible para nosotros; una especialista de bata blanca se removió al fondo de la sala mientras él se sentaba. De este modo volvimos de nuevo a entrar virtualmente en la vivienda y a observar el cadáver en el suelo, paso a paso, con los ojos de un observador imparcial que se pasea por la escena del crimen desapasionadamente, sin prisas, mirando todo y a todos con incansables ojos escrutadores. La recreación virtual basada en cintas y grabaciones de alta calidad era la mejor arma de la policía moderna. El inspector movía los ojos por la pantalla, buscando aquí y allá algo que yo ni imaginaba pero que él estaba seguro de encontrar; se revolvía en su silla inquieto.
—Pasen a mitad de velocidad la cinta, por favor. —volvió a pedir. La técnico obedeció al instante y las escenas se movían con menos velocidad. La cámara se acercó de nuevo al cuerpo, aún caliente cuando lo toqué, y fue entonces cuando…
—¡Quieta la imagen! —gritó el inspector súbitamente incorporándose a medias.
La técnico tardó unos instantes en reaccionar pero la imagen aún permanecía en la pantalla mientras él se aproximaba.
—¿Qué es eso que tiene en el costado el muerto? —me preguntó. Y no contento con indicarlo con el dedo en la oscuridad, se levantó hasta la pantalla y señaló una mancha rosada en un costado del cadáver.
—Sangre, desde luego. —le contesté muy seguro de la respuesta.
—¿Sangre?; entonces, ¿por qué es rosa?, ¿por qué no es roja o incluso más oscura, si se está oxidando ya?
Durante unos instantes no supe qué contestar. Luego poco a poco reaccioné a medida que la inspiración me alcanzaba, la misma inspiración que él había tenido instantes antes.
—¿Porque contiene agua? ¡Claro, el agua que antes vimos brillar! —grité alborozado por la súbita iluminación.
—¿Viste la herida mojada cuando practicaste la autopsia?
—Desde luego, sí, ¡claro que la vi! Era agua. El informe médico lo menciona sin duda alguna, aunque como estaban todos ustedes buscando el arma nadie reparó en ello y yo pronto lo olvidé; de hecho es algo a lo que no di demasiada importancia.
El inspector dio un par de vueltas por la estancia y comenzó a sonreír. Empezaba a tener claro el caso, veía la solución en su mente e incluso un observador muy atento podría, casi, escuchar el “clic” de las diversas piezas que empezaban a encajar en el interior de su cabeza. La sonrisa le iluminó la faz coloreada por la luz reflejada del monitor.
—¡Ay, ay, me temo que ya sé dónde está el arma, mejor dicho, donde se quedó! ¿A que no te lo imaginas? —me preguntó sonriendo con cara de colegial travieso que sabe la respuesta a la pregunta.
—No, desde luego que no. ¿Lo sabes tú? ¿Es posible encontrarla aún? —le pregunté yo a él sonriendo también.
—Ya lo creo que si. Pase la imagen, por favor. —ordenó a la técnico, que no vaciló en obedecer nuevamente.
Y de repente, cuando la cámara se movió lentamente a la mitad de velocidad, una mancha de sangre rosada emitió un brillo húmedo: agua sobre tela, sangre mezclada con agua en el costado de la víctima.
—¡Quieta la imagen! —gritó el inspector y se lanzó a la pantalla con el dedo por delante hasta golpearla.
—¡Ahí tienes el arma! ¡Ah, que tontorrón he sido! ¿Cómo no iba a repetirse una y otra vez el mismo ‘modus operandi’? Claro que sí, la mujer leyó en alguna parte lo del puñal y decidió actuar así. —hablaba solo pero, a la vez, a todos nosotros.
Me levanté y me acerqué a la pantalla hasta que las líneas de la misma fueron visibles bajo su dedo.
—¿Una mancha de agua es el arma homicida? —le pregunté curioso. Sólo se apreciaba una mancha rosada.
—No hombre, no. No es una mancha de agua, o mejor sí que lo es, pero antes de ser una mancha de agua era un estilete de hielo. Hace ya mucho tiempo que ocurrió el primer crimen con un puñal o estilete de hielo, por eso creí que no sería posible.
—¿Cómo has supuesto que era un estilete de hielo? En realidad pudiera ser una copa de agua derramada. Sabes que es perfectamente posible. O cualquier otro accidente de cualquier otro tipo: hay decenas de explicaciones. —le dije con calma.
—Si, podría ser. Pero si tienes en cuenta que la sangre se ha disuelto en el agua y no sólo eso, sino que se ha extendido por el costado de la camisa en dirección hacia el suelo, por efecto de la gravedad, verás que el agua estaba en la misma herida y que la sangre ha salido disuelta en agua, ¿me entiendes? La mancha de agua no era circular sino que se extendía hacia el costado, en dirección al suelo. El agua era posterior a la caída; supongo que coincides conmigo. —me preguntó sonriendo.
—Sí, puede ser. Sólo le veo un pequeño fallo al razonamiento: ¿de dónde sacó la asesino el puñal de hielo? De la manga o mejor, del bolsillo no, porque se derretiría a la temperatura del ambiente. Si encuentras respuesta a eso quedaré convencido, lo mismo que el jurado más incrédulo del mundo. —le respondí.
—¿A que ni te imaginas en qué trabaja su amante? —me sugirió.
—No será…
—Eso mismo: fue el encargado de hacer la tarta helada para la fiesta. Ambos cómplices habían decidido eliminar al marido del escenario amoroso de ambos, cuyo futuro estaba condenado al fracaso, así que quizá él decidió introducir un estilete de hielo en la tarta helada. Durante la comida nadie reparó en las operaciones que ella, la anfitriona, efectuaba en el reparto de la misma, así que cuando localizó en estilete helado en alguna parte de la tarta sólo tuvo que esperar a que se apagase la luz y actuar. El puñal de hielo no tardó en acabar con la vida del señor Población y cuando la sangre manó caliente del interior del cuerpo derritió nuestra arma. El propio calor corporal hizo el resto: primero hielo mortal y luego agua inocua.
—Parece un poco artificioso.
—Lo es, sin duda que lo es pero así es como sucedió. Ese brillo en la herida, que en las siguientes imágenes ya no se verá más, quizá sea el último fragmento de hielo del estilete. Con el agua que encontramos, el pelo de mujer y otras pruebas menores no tendré ningún problema para que la justicia la condene por el homicidio de su marido.

 

EPÍLOGO

 

Y así fue, tal como profetizó. Ante las pruebas abrumadoras en su contra (la cinta de vídeo fue la demoledora) y asediada a preguntas por un hábil equipo de policías la esposa del fallecido no tardó en contar toda la verdad. El estilete de hielo (era, en efecto, un estilete y no un puñal) había estado en el interior de la tarta helada; ella partió la misma metida en su papel de anfitriona y cuando lo localizó en su ración, marcada por un par de reveladoras guindas rojas, sólo tuvo que esperar a que su amante apagase las luces para actuar sin piedad.
Por esta confesión ella y él compartieron la pena de muerte tras un juicio en el que se visualizó nada menos que seis veces la cinta de vídeo de la policía. Una idea artificiosa para eliminar al marido pero altamente eficaz, tal como pudimos demostrar al jurado que los condenó.

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