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Vercingetórix y César. La Guerra de las Galias.


Vercingetorix y Cesar

“Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No!” (Cualquier Asterix)

Vercingetórix es una de las figuras más desconocidas que podemos encontrar en toda la historia de la humanidad; si por un lado las luchas entre romanos y galos son más o menos sabidas por todos gracias especialmente a Goscinny y Uderzo con su Astérix, la información que nos ha llegado de uno de sus protagonistas no sólo es escasa sino que proviene exclusivamente del bando ganador (a más de uno se le saltarán las lágrimas, por razones extremas, al recordar aquello de “Gallia omnia divisa est in partes tres”). Su nombre, que significa algo así como "rey muy poderoso", siempre estará unido a la memoria de Julio César.

Si bien ni el lugar ni la fecha de su nacimiento son muy fiables, se cree que nació en torno al 72 a.C. (creo -personalmente- que fue unos diez años antes) cerca de Nemossos con un destino muy claro: unificar la Galia para luchar contra el César. Su padre, el rey Celtillos, y su pueblo, los Arvernos, uno de los más poderosos, tradicionalmente se enfrentaron a Roma; no obstante a él le correspondería el papel de rozar la gloria para caer en el abismo.

Las presiones germanas empiezan a ser insostenibles y el rey Orgetórix decide que los helvecios migren hacia Saintonge tras quemar sus tierras; este será el pretexto de Julio César para invadir la Galia. Hacia el 58 a.C. las legiones romanas con la ayuda de aliados galos entran en la zona; Celtillos, a la cabeza de la oposición, intenta rechazarlos pero es capturado y ejecutado. Su hijo, Vercingetórix, entráría en este momento en los cantones militares de César aprendiendo las tácticas de guerra de los romanos a cambio de su ayuda, muy valiosa por su conocimiento del lugar y por la aportación de las prácticas de la Galia Cabelluda (Galia Comata: Francia, Bélgica y pàrte de la Holanda del sur del Rin). César en ese año era procónsul pero su juventud (44 años) y su poca experiencia militar hacían presagiar o bien el transcurso de cinco años sin pena ni gloria o la devacle de esta figura gustosa del lujo. Sin embargo no valoraron correctamente un aspecto: su inteligencia.

Los helvecios habían ocupado las tierras de lo que es Alemania, uniéndose a los cimbrios y a los teutones en su ataque a la Galia romana, y se habían instalado en Suiza. Considerando que su tierra era muy estrecha, limitada por el Rin, por el lago Lemann, el monte Jura y la provincia romana, decieron migrar al oeste por el territorio de los Alóbrogues, el norte de la Galia Narbonense, incorporado recientemente a la provincia. César, conocerdor de que los helvecios no habían sido precisamente hermanitas de la caridad, conociendo el espíritu belicoso de dicho pueblo, no quiso consentirlo. Una embajada helvecia se reunió con él para explicarle que sólo iban de paso pero fueron rechazados de todas maneras así que tuvieron que buscar otra ruta. El camino elegido esta vez fue por el territorio de los eduos por lo que César cruzó el Ródano con cinco nuevas legiones, tres procedentes de la Galia Cisalpìna y dos recién reclutadas de la Narbonense, para rechazarlos. Los eduos pidieron ayuda y César encontró la perfecta justificación para atacar a los helvecios, los cuales fácilmente fueron recluidos en su territorio original.

La muestra de poderío aumentó -quizá sería mejor decir hizo nacer- la confianza de los eduos en la ayuda romana. Los dirigentes de este pueblo, con Diviciano a la cabeza, solicitaron protección frente a los suevos y a Ariovisto que si antes habían exigido una tercera parte de los campos secuanos, ahora pretendía una tercera más. César sin embargo no podía iniciar una contienda así porque sí ya que el Senado romano, por razones más que extrañas, había declarado a Ariovisto "amigo del pùeblo romano". ¿Qué hacer? Muy fácil; ponerse chulo, eso al menos es lo que hizo César en su mensaje. La respuesta no se hizo esperar y fue en los términos esperados por el procónsul, lo sufientemente despectivos y desafiantes como para justificar la ocupación de la capital de los secuanos, Vesontio, antes que el líder suevo.

Aquí es donde nace o, tal vez, donde se consolida, la fama de la Décima Legión, la primera de Julio César. Las luchas frente a los combrios y los teutones no se habían olvidado y entre los soldados cundió relativamente el pánico. César, tras avergonzarlos, dijo que el saldría al día siguiente con quienes quisieran seguirlos, seguro de que la Décima estaría allí. Esta legión, enorgullecida por las alabanzas recibidas, estuvo por supuesto allí, pero también el resto que no quería ser menos.

Los ejércitos se encontraron y ambos líderes se entrevistaron sin desmontar tan siquiera. Ariovisto reclamó su derecho a la guerra sobre la Galia, César su presencia para garantizar la libertad de ella… César lo aplastó y Ariovisto tuvo que irse al otro lado del Rin quedando ya solo en la Galia pequeños destacamentos germanos.

Las victorias de César se sucedían una detrás de otra. Aprovechó un pequeño descanso para informarse de los sucesos acaecidos en Roma y que no son el tema de este artículo para dirigirse al pueblo de los Remos, el único de los Belgas, galos mezclados con germanos, que creyó más conveniente aliarse con César que oponerse a él. Estos pueblos, situados al Norte de la Galia, habían visto con preocupación la presencia romana en la Galia Central y no dudaron en formar una alianza entre ellos por si el procónsul decidía tirar para arriba. Gracias al pacto con los Remos, César pudo ocupar tal población fácilmente añadiendo a sus cinco legiones otras tres; frente a ellos había un gran número de guerreros, tan grande como sencillo le resultó derrotarlo, por lo que cada tribu decidió defender su pueblo por sí misma… César las barrió una a una. Aunque aparentemente fue un episodio sencillo, la resistencia que opusieron los Nervios y su consiguiente derrota impresionó tantísimo que provocó se enviaran emisarios desde el otro lado del Rin y desde Bretaña para tratar con César. Sólo quedaba libre, pegando a los Pirineos, Aquitania; Roma controlaba ya las dos terceras partes de la Galia y, llegando el invierno, César distribuyó sus legiones en los campamentos de invierno antes de regresar a la Galia Cisalpina ajeno a los problemas que iba a tener.

El menos importante se produjo en la zona de los Alpes, donde se produjo una pequeña sublevación sin mayores problemas; no así en Bretaña donde se hizo prisionera a una delegación romana que buscaba provisiones y que provocó que varias tribus se levanatran contra Roma, entre ellas la de los Vénetos, un pueblo de navegantes, que contaron con la ayuda de los celtas de Britania. César no pudo acudir en el acto pues estaba envuelto en otros problemas con Pompeyo y Craso pero, en cuanto se resolvieron, acudió presto a un nuevo tipo de lucha. En el Loira César creó una flota para combatir a los Vénetos, que contaban no sólo con más experiencia sino con barcos con velas, mejores para el océano, mientras que las "romanas galeras" funcionaban con remos. La solución fue adaptar un arma de asedio y usarla para destruir todo aquello que pudiera facilitar la maniobrabilidad de los barcos vénetos permitiéndo de tal forma el abordaje y la lucha cuerpo a cuerpo, mucho más factible para el ejército romano. Estamos ante la considerada primera batalla naval del Atlántico. La victoria no se hizo esperar.

Sigue habiendo nuevos problemas y muestras del poder de Roma, junto con actos poco honorables pero efectivos. Mientras Craso acababa de conquistar Aquitania con el uso de la diplomacia, César, tras sofocar la rebelión del Norte, se dirige hacia el Rin, cruzado por algunas tribus germanas (55 aC.). No tiene intención alguna de ocupar aquellos territorios pero sí de dejarles claro a los germanos que deben respetar sus límites marcados. Se entrevista con los jefes para explicárselo de manera contundente: durante esa supuesta tregua, mata a los cabecillas y aplasta a los ejércitos. Este acto, carente del honor tan apreciado, intentan usarlo algunos que veían que el poder -especialmente Catón- y la fama que estaba adquiriendo César podía ser muy peligroso; sin embargo no era la primera vez que se recurría a este tipo de actos por lo que tampoco fue mucho más lejos. Para evitar nuevos problemas, construyó un impresionante puente por el que cruzar el Rin para explicarles a los germanos del otro lado dónde tenían que quedarse, pero estos huyeron y César, tras saquear las tierras se volvió. Este hecho junto con el posterior desembarco en el Sur de Inglaterra para "aconsejar" que no volvieran a mandar más tropas, fue una impresionante muestra del poder de César, que llegó hasta el Támesis, y, por tanto, de Roma. (Es importante para otros acontecimientos señalar que en el 54 aC. se había unido Marco Antonio)

Las malas cosechas de ese año en la Galia anunciaron el momento propicio para la sublevación. Los eburones comenzaron al emboscar a tropas romanas y aniquilar a la Decimocuarta dirigida por los generales Sabino y Lucio Aurunculeyo Cotta. César, con diez legiones bajo su mando, fue sofocando las revueltas y hasta fue compasivo con todos excepto con los iniciadores del conflicto.

Roma no pasa por su mejor momento; los problemas políticos se acrecientan probablemente debido a que otros buscan la misma gloria militar que César pero no en el momento adecuado. Éste pretende volver para intervenir en el "desorden" de Roma, creyendo o, por lo menos, anunciando que la Galia está ya pacificada, pero no hace más que encaminarse cuando una nueva rebelión nace en la Galia Central así que decide enviar a Marco Antonio a Roma. El asesinato de unos mercaderes romanos en Genavum inica el decisivo conflicto y hace que a la cabeza aparezca un conocido de César.

Nada más nacer la insurrección, un arveno llamado Vercingetórix, se une a la causa. No sólo es procalmado rey sino que consigue unir a los galos para enfrentarse al poderoso César y a Roma pretendiendo atacar la Galia Narbolense y recuperar su libertad y gloria ya que se consideraban ser los más afamados en la guerra.

Vercingetórix ataca a los eduenos, aliados romanos, e intenta unir a los pueblos contra César. Lejos de enfrentarse directamente a éste, muy superior en una batalla abierta, recurre a ir retirándose poco a poco arrasando las aldeas y los campos dificultando el abastecimiento de los romanos y alejarlos de sus bases. La "tierra quemada" se va a enfrentar al "divide y vencerás". César buscó y consiguió ayuda de pueblos galos como los eduenos, a los que no les gustaba mucho la idea de someterse a Vercongetórix, los boii o los remi. Su velocidad con la que conseguía mover a sus tropas y la rapidez de sus ataques había sido demostrada una y otra vez con enorme eficacia; en esta ocasión no fue menos.Ocupó Avaricum, cuya población no había accedido a quemar con la intención de defenderse. Vercingetórix dudaba de que sus muros, hechos con piedra, madera y clavos para resistir tanto el fuego como armas de asedio, fuese suficiente por lo que no se alejó mucho tras fracasar en sus negociaciones con dicho pueblo. César comenzó el asedio pero este resultaría muy largo a pesar de la experiencia que tenían; necesitaban construir una plataforma lo suficientemente alta como para superar los muros y ese trabajo podía alargarse un mes. Mientras tanto tenía que soportar las acometidoas de los hombres de Vercingetórix, ocultos en una zona boscosa y pantanosa a la que era casi imposible acceder. Harto, César consigue sonsacar a los prisioneros la localización del campamento de su jefe y se encamina hacia él por la noche. Al llegar, observa desolado que ha sido engañado y que el campamento contrario se encuentra en una posición casi inexpugnable así que espera la ofensiva gala. Vercingetórix era consciente de que en una batalla abierta, las posibilidades de vencer eran inexistentes; sus hombres eran campesinos frente a un ejército profesional que siempre iba a mantener el orden que a ellos les faltaba por lo que también esperó. César, con sus hombres ansiosos por luchar, tuvo que retirarse humillado a Avaricum. Allí, protegidos por unas intensas lluvias, consiguió encontrar una brecha en la defensa y dejó libertad a sus hombres para desquitarse. El resultado fue un pueblo arrasado, los cuarenta mil habitantes pasados a cuchillo. Algunos hablan de que las mujeres jóvenes y los niños fueron enviados como esclavos a Roma, sin embargo esto es poco probable.César pretendía dar ejemplo de lo que les pasaría a quellos que se opusieran a él pero lejos de extenderse el temor esperado lo que se propagó fue el ansia de venganza. Toda la Galia se rebeló y tuvo que dividir sus fuerzas: cuatro legiones al Norte y él junto a seis hacia el Sur, hacia el territorio de Vercingetórix, hacia los campos propios del galo al que ha de vencer y que por tradición él tiene que defender, a Gergovia, capital de los arvernos.

Fuera de todo pronóstico, si César iba hacia el corazón del territorio arverno por una de las orillas del río Alier, Vercingetórix lo acompañaba por la otra haciendo sonar sus trompetas. Ningún romano podría creer tal muestra de "pa chulo chulo mi pirulo". Los puentes habían sido destruidos y cruzar el río suponía una desventaja descomunal así que había que recurrir a la astucia. César hizo escondese por la noche a dos legiones; a la mañana siguiente la tropa retomó su camino con la compañía gala habitual. César con sus dos legiones cruzó el río y sólo fue visto cuando estaba a la espalda de sus contrincantes que no tuvieron otra salida que huir, eso sí, de forma organizada, para preparar la defensa en posición favorable de Gergovia.

Vercingetórix lo esperaba en la ciudad, situada en una altiplanicie alta cuyos accesos, bien naturales bien artificiales, hacían que un ataque se convirtiera en un total suicidio. Vercingetórix ha situado sus campamentos en un monte cercano a la plaza ocupando las colinas y situando sus tropas a intervalos para impedir cualquier intento de tomar dicha plaza. Una de estas colinas estaba especialmente fortificada y protegida ya que era la que proveía de gran parte del avituallamiento. César se fija en ella y, con la protección de la noche, consigue hacerse con ella y la protege con dos legiones y construyendo fosos dobles en previsión de un ataque por sorpresa.

César se había dado cuenta de que un ataque directo era un suicidio por lo que lo primero que había hecho era asegurarse el abastecimiento y comenzar las obras necesarias para un asedio efectivo sin olvidar que con los hombres que contaba laposibilidad de un asedio total era prácticamente imposible. Pero cuando mejor pintaban las cosas para él, los eduos se rebelan con el pretexto de la muerte de sus caudillos Eporedorix y Viridomaro. . Parte con cuatro legiones y la caballería y manda a ambos caudillos para apaciguar los ánimos. Calmada la rebelión vuelve pero, aunque Fabio resiste las envestidas, la mayoría de sus hombres están heridos. César se apresura.

Mientras inspecciona las obras observa una de las colinas que ha quedado prácticamente abandonada, con sólo tres campamentos galos, al haber una fortificación de unos seis pies de altura. El punto más débil era la vertiente occidental y Vercingetórix lo cubre. Es hora de utilizar de nuevo la astucia. Envía gran parte de la caballería a ocupar lugares que pudieran ser favorables en una lucha y luego manda a otra "caballería", unas mulas con jinete y algunos caballos al lugar donde se prevé el ataque para despistar. Cae la noche y llega el momento de que la "Décima", con alguna ayuda, actúe. Se da la orden de ataque y en un abrir y cerrar de ojos se toman las fortificaciones matando a los adversarios que se encuentran. César gana de nuevo y, prudente, viendo que Vercingetórix se ha dado cuenta de la jugada y envía refuerzos, da la señal de retirarse una vez cumplido el objetivo. El eco de la tuba es acatado ipso facto por la Décima y por la caballería pero el resto, tan exaltados que quizá ni la oyesen, continuaron el ataque llegando hasta la mismísima puerta de Gergovia. Agotados, fueron un objetivo relativamente fácil para estos galos defensores, más frescos, numerosos y en posición de ventaja. César situó las cohortes que había dejado en el campamento a la derecha de los galos, en previsión de una derrota, para impedir la persecución libre de los suyos. Los eduos llegaron por la derecha y a los romanos se les pusieron de corbata al confundirlos con los adversarios debido a que sus armas eran similares; aún así, siguieron luchando hasta no poder más. Fue de nuevo el momento en el que la Décima toma protagonismo rechaza a los galos que pèrseguían a sus compañeros. Vercongetórix manda a los suyos volvera las fortificaciones tras darse cuenta de que los romanos estaban reorganizados tras la primera sorpresa y habían rechazado sus ataques.Tal vez el hecho de que los galos obedeciesen causó mayor sorpresa. La "derrota" romana y la muerte de unos setecientos de sus hombres, incluidos unos cincuenta centuriones de élite, tuvo como consecuencia que las tribus galas que no se habían pasado todavía a la rebelión tuvieran esperanza y se uniesen, incluidos los eduos. César, avergonzado, culpando a la insubordinación de sus hombres de la derrota, abandona el asedio y marcha hacia el Norte. Su fama de invencible desaparece con ésta, su primera derrota clara.

Es en el bosque de Carnutes (bosque sagrado en el que una vez al año se reunían los druidas) donde se llega a la insurrección general y donde Vercingetórix se alza como cabecilla gracias, sobre todo, a que conocía, por supuesto, las técnicas guerreras galas y las romanas. Gobannitio, dirigente ahora en Nemossos, ciudad natal del nuevo jefe, es expulsado de la ciudad por su más que probable responsabilidad en la muerte de su hermano, padre de Vercingetórix, Celtillos.

La inteligencia de César vuelve a ser su arma principal y gracias a ella consigue encerrar a Vercingetórix en Alesia donde obtendrá la victoria final. Tras la derrota de Gergovia, une a sus topas en el Norte; la moral está por los suelos ya que se encuentran en medio de un territorio totalmente hostil y sin abastecimiento. Es la hora de la retirada o, por lo menos, de aparentarla. Vercingetórix ya no es el defensor sino el atacante; creyendo que César huye, algo que su orgullo impide, realiza un ataque frontal con su caballería y, por supuesto, son derrotados teniendo que refugiarse en Alesia, lugar en el que espera derrotar a César, quizá un anzuelo que el romano cogió.

La posición de Alesia, situada en lo alto de una colina rodeada de valles y dos ríos, hacía abandonar a cualquiera con dos dedos de luces el intento de asaltarla -nunca había sido tomada- por lo que lo más factible era el asedio, el cual podría dar una rápida victoria debido a que a la población civil había que sumarle los aproximadamente ochenta mil hombres fortificados en ella; el hambre y la sed actuarían por sí mismas. Lo importante en ese momento era asegurar que el bloqueo fuera efectivo, que no se pudiera romper en ningún momento el asedio ya que el tiempo corría a favor de César, había aprendido que las prisas nunca eran buenas. Éste se encargaría de que fuese de tal manera. Hizo construir muros de unos dieciséis kilómetros de largo por cuatro metros de alto con fortificaciones regularmente espaciadas y torres de artillería junto a trampas y hoyos protegiendo las empalizadas; también se aseguró el agua con la construcción de dos diques haciendo que el agua de los ríos se acumulase en el más cercano a la fortificación. Obviamente, Vercingetótix no se quedó de brazos cruzados y atacó en numerosas ocasiones con su caballería las obras romanas pero la caballería germana conseguía rechazarlos una y otra vez.

Cierta esperanza surgió cuando parte de la caballería gala consiguió escapar por una de las zonas inacabadas en busca de refuerzos. César sitiaba Alesia pero toda Galia hacía lo mismo con él. Rápidamente César comenzó unas nueva obra semejante a la anterior, esta vez de veintiún kilómetros, para defenderse de las tropas que previsiblemente iban a llegar de refuerzo. El hambre y la sed empezaban a hacer una mella tremenda en Alesia así que los Mandubios decidieron echar a las mujeres y los niños y a cualquiera que no pudiese luchar para ahorrarse agua y comida y, en caso posible, cuando César los dejase pasar, intentar abrir brecha pero no les salió como esperaban. Se les impidió el paso y fueron muriendo entre los galos y los romanos, sin que ninguno les abriese las puertas. La moral caía en picado y estaban a punto de la rendición cuando los refuerzos, dirigidos por Commio, llegaron. César estaba en clara desventaja, no sólo porque tenía que defender toda la empalizada ya que los galos podían atacar cualquier punto sino porque con sus cuarenta mil hombres se enfrentaba a más de doscientos cincuenta mil, la mayor fuerza gala que nunca se había reunido.

Los ataques galos se producían ahora por ambos lados pero, probablemente por la imposibilidad de comunicarse para organizarlos, no hicieron todo el daño que hubiera sido posible. El ataque nocturno de las tropas de socorro tras ser derrotados en su primer intento hizo mucho más daño pero Vercingetórix no pudo acompañar. Una de las prioridades de César es que la comunicación entre ellos siguiese siendo imposible.

La caballería al mando de Marco Antonio y de Cayo Trebonio tuvo que emplearse a fondo. César tuvo que abandonar varias secciones pero no sucumbió también gracias a que los ataques de Vercingetórix se retrasaban más por las trampas y hoyos y no conseguían la sorpresa necesaria aunque en el hambre y la sed sí actuaban en las tropas romanas.

César estaba preocupado por la exitencia de un punto débil en su "defensa", una zona al pie de una colina en la que la muralla no era continua debido a obstáculos naturales; la preocupación se convirtió en problema cuando los galos lo descubrieron y sesenta mil hombres al mando de Vercasivellauno, primo de Vercingetórix, lo atacó. Éste se dio cuenta del hecho y atacó las defensas "interiores" junto con otros ataques a distintos puntos para que no se acumulasen los soldados romanos . César estaba perdido, lo único que le hacía seguir en la lucha era el magnífico adiestramiento de sus hombres, el orden que tantas victorias le había dado, y el valor que les hacía mantener su posición. César los alentaba pero era consciente de que todo pintaba bastante mal, de que la historia estuvo a punto de no ser lo que ha sido. En una acción casi desesperada, con sus últimas tropas disponibles, se jugó el todo por el todo y buscó la retaguardia del enemigo. El hecho de ver cómo su la capa escarlata se lanzaba prácticamente a la muerte provocó que la caballería de Labieno redoblara sus esfuerzos con un ánimo que surge de los más hondo de las entrañas. Los galos se atemorizaron y al poco trataron de huir sin el orden romano, siendo una presa fácil. Si algo los salvó de su exterminio fue el cansancio acumulado en los romanos. Descompuesto el ejército de Vercingetórix, las alianzas tribales fueron la siguiente e inmediata desgracia.

Vercingetórix no podía hacer nada más, tan siquiera consiguió que sus compatriotas lo mataran, así que, con su mejor armadura, se presentó ante César: "Aquí un hombre fuerte, vencido por otro más fuerte".

 

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