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La noche de los transistores

El 11 de noviembre de 1978 se hunde ya en la noche de los tiempos. Las imágenes de la época están demasiado lejos del full-HD y el sonido de las grabaciones retumba como si lo hubieran grabado en un paritorio. Todavía sin carta magna aprobada, España hacía malabarismos políticos en aquella transición tensa: un pueblo expectante y unos poderosos que buscaban acuerdos mientras otros se resistían a terminar de enterrar el franquismo. Aquel día de 1978 se celebró en la Cafetería Galaxia una reunión en la que estaban presentes, entre otros, nombres célebres de la historia reciente de España como Antonio Tejero y Ricardo Sáenz de Ynestrillas. En la España temblorosa de la transición estaban pasando demasiadas cosas y allí se planeaba poner freno a la transformación política del país antes de que se celebrara el referéndum para votar la constitución. Cabe imaginar, porque la conocemos, la mala baba propia del fascista, el dolor de España, el odio al progreso y a todo lo que signifique pérdida de control, o libertad. El ruido de sables, no en vano, fue un sonido común en la España de los siglos XIX y XX. Así, por ejemplo, se lo había hecho notar poco antes el teniente general Fernando de Santiago a Adolfo Suárez durante un reunión a raíz de la legalización del partido comunista: «Le recuerdo, presidente, que España cuenta con una larga tradición golpista». A lo que Suárez respondió: «Y yo a usted le recuerdo que en España sigue existiendo la pena de muerte».

Años más tarde, en mayo de 1980 se juzgó aquella reunión golpista de la Cafetería Galaxia con los acusados alegando que se trataba de «una discusión teórica», no de un plan verdadero. Aquel hábil alegato funcionó a medias y fueron condenados a la pena mínima. El 23 de febrero de 1981, habiendo tenido tiempo de prepararlo con calma, Tejero debió cambiar de idea y pasó de la teoría a la práctica entrando a la vez en el Congreso de los Diputados con una pistola y en las páginas más perras de la historia española con un tricornio. Al famoso grito de «se siente, coño» matizó uno de los retratos más precisos de la infame caverna española -caverna entonces y aún más hoy día, por más que levante ciertas nostalgias-.

Los de mi generación no recordamos qué pasó la noche de aquel día de 1981, no habíamos nacido o éramos demasiado pequeños, pero nos han contado nuestros mayores que no se durmió, que se pasó en vela junto a la radio porque la televisión estaba tomada y había un temor fundado a volver al régimen de mordaza anterior. Se hunde la noche del 23F en el pantano histórico del siglo XX, pero el cieno del pasado se adhiere a España. Somos demasiado torpes como para zafarnos de ese légamo de podredumbre ideológica porque somos franquistas, porque el nacionalcatolicismo hizo mella en esta sociedad exaltada que perdonó a sus golpistas y a los que busca dar protagonismo aún hoy día. Hace unos meses un famoso programa de investigación de tizne amarilla localizó al viejo Tejero para conocer su opinión sobre los restos del dictador Franco. Respondió con salivajos de odio, como cabría esperar.

De aquellos tipos con nostalgia de la España de capilla y montería supimos más bien poco durante unas décadas en las que permanecieron agazapados, escondidos en la maleza de la masa pepera, hasta que hace unos meses fueron definitivamente etiquetados bajo la marca política Vox. Visible de nuevo este colectivo ideológico de más visillo que iluminación, han conseguido reivindicar un orgullo facha que equivale al orgullo bigotudo de los Tejero, los Ynestrillas, y aquellos personajes de herencia fascista que nunca supieron reinventarse ni morir. Es extraña la conexión que ha aparecido en los últimos meses entre la derecha liberal -la que suponemos liberal aunque es demasiado conservadora- y la derecha en conserva.

Durante años, puede ser, creímos que un cambio generacional, el paso ineluctable del tiempo, o una suerte de obsolescencia programada, terminaría con los retrógrados, que se extinguirían dando paso a unos retoños demócratas, con cierta conciencia social. No más que una fábula. Hace unos días, un tipo llamaba «rojo» e «hijo de puta» al ministro José Luis Ábalos en un bar de copas de Mérida. Es inevitable pensar que se trataba de uno de estos españoles que ahora reivindican el orgullo de ser fachas, como si ser facha tuviera algún mérito más allá de demostrar mala baba. El trifásico casposo que dice defender a la España de los balcones no ha explicado aún qué hará cuando expulse a los inmigrantes y reviente las leyes que defienden a las mujeres devolviéndolas a las de aquellas fechas de cuando los militares fachas aún ansiaban tomar el poder. Quizás entonces tengan que buscar su sustento electoral en el odio a otros colectivos, como puedan ser los musulmanes o los cristianos que no sean católicos.

Hace poco se vio a Tejero indignado por la exhumación de los restos de Franco -exhumación que, por otro lado, aún no ha sucedido-. Quizás la indignación de los antidemócratas sirva como métrica de lo higiénica que es una medida del gobierno -aunque inicialmente pueda parecer meramente cosmética-. Pero no es una cuestión ideológica, no, sino una cuestión racional: aquel 23F de 1981 los que tenían las pistolas intentaron hacerse con el control de la política -este es un país en el que la separación de poderes sucede de manera difusa-. No es tampoco historia, como un relato del siglo pasado en un libro de clase, sino una parte más de nuestro ideario colectivo. Yo sigo imaginando a mis abuelos y a mis padres, en aquella noche de febrero de 1981 escuchando la radio sin saber muy bien hacia qué se estaba volviendo.

Foto: Benjamín Núñez González – CC BY-SA 4.0

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