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Los recreos del bisabuelo

Al bisabuelo Alfonso poca ilusión le hacían ya las fiestas navideñas. A sus 92 años se reconocía más como un problema que otra cosa en medio de todo aquel trajín que montaba la familia a su alrededor durante aquellos días. Especialmente hoy, Nochebuena, se había convertido para él en una sucesión de recuerdos que lo sumían en una melancolía mayor que la que normalmente arrastraba fruto de sus achaques físicos y de la soledad propia de aquel que alcanza mayor longevidad que sus coetáneos. Siempre fue un hombre activo, trabajador y atento con su familia, fundamentalmente con su esposa Carmen, su fiel compañera, que hacía varios años le había dejado solo cuando menos lo esperaban víctima de una breve pero cruel enfermedad. Para ella eran sus mejores momentos y con ella aún gozaba con su recuerdo. No era amigo de mirar y mirar fotografías o las modernas películas que sus nietos le hicieron en el pasado. Prefería tener en su memoria chispazos aislados de la convivencia común que durante más de 60 años habían mantenido dejando escapar a veces un suspiro nostálgico que no era muy bien entendido. Eran muchos los familiares, amigos y conocidos que fue dejando en el camino y a los que se esforzaba en no perder de su mente, que no lo abandonasen aunque fuera en sus sueños. Los vivos, los hijos, nietos y demás familia de su actual entorno, no es que no lo atendieran, al revés, se desvivían para que nada le faltara, pero no conseguían que él no echara de menos tiempos pasados asunto que resolvía con largas horas de ausencia aparente que eran lo que llamaban sus “recreos”.

Dejad al abuelo ahora que está en su recreo – solía oír a sus hijos decir despacito a los nietos y bisnietos en los momentos de escape mental, simulando dormitar mientras apoyaba la cabeza en la orejera del sofá, delante de la cristalera que lo invitaba a admirar los jardines del parque.
Había sido el mayor defensor de estas fiestas montando belenes de todas magnitudes y caracteres, organizando los encuentros familiares, alimentando la ilusión de los pequeños con cuentos breves cargados de magia, manteniendo en los adultos la llama y el espíritu que esos días requerían y demostrando que aunque pasen los años por uno no podemos permitir que el Nacimiento de Jesús deje de celebrarse como se merece ni perder la confianza de los anhelados deseos que se encargan de repartir los tres Reyes Magos. Todo lo llevaba para adelante buscando cómplices en quién se le ofreciera. Pero hacía tiempo que poco a poco fue delegando sin decirlo, aparcando sin quererlo, olvidando por falta de estímulo. Y eso todos lo iban apreciando con enorme tristeza pero sin indagar lo suficiente como para recuperar la motivación del abuelo. Cada vez los ratos de sus recreos eran mayores, sin manifestar sufrimiento ni mayor tristeza, pero delatando más desinterés por lo que le rodea.

Era Nochebuena y como tal todos se reunieron como cada año. Los hermanos, citados en la casa que mayor espacio podía ofrecer para que esta gran familia se reuniera, no dudaban en asistir a la cena que congregaba por única vez al año a todos, cada cual con su familia, cada cual con sus recetas, con sus historias. Cada uno aportaba detalles que todos esperaban volver a saborear y les recordaba anteriores reuniones de las que nadie salía defraudado. Todos coincidían en la pérdida progresiva de protagonismo que el mayor del clan había tenido y en el nulo interés que hoy ponía en la celebración.

La pérdida de la abuela fue el comienzo de su tristeza – era la afirmación más señalada. Y es que la abuela, a pesar de no tener la misma ilusión por la Navidad, pues para ella era aumentar su volumen de trabajo y atenciones a todos, era el motor por el que él se activaba a desplegar todas las ideas que se le fueran ocurriendo con tal de innovar algo con respecto a otros años. Al pasar las fiestas siempre terminaban riendo los dos felices por el resultado final, por la ilusión compartida y por añadir un año más a su currículum de pareja.
Uno tras otro al llegar se deshacían en atenciones al abuelo: sus hijos con sus parejas, sus nietos y varios bisnietos. Pero ya sea por la parquedad de sus palabras, por la dureza de su oído o por no encontrar conversación prolongada con él costaba que alguno mantuviera su atención a su lado más de algunos minutos.
Transcurrió la velada como de costumbre, con un sitio privilegiado en la mesa para el abuelo, en medio de conversaciones algo estridentes que aumentaban de volumen conforme avanzaba la hora. Tras los postres y brindis protocolarios retornó el abuelo a su sofá sin decir palabra y volviendo a dejarse llevar por sus recuerdos mientras los demás recogían o se empleaban en discusiones banales que solían terminar en risotadas contagiosas. En un momento dado, Laura, la bisnieta más pequeña de la familia con tan sólo tres años, percatándose del estado aislado de su bisabuelo, de su aparente sopor y del ruido que lo rodeaba fue llamando la atención de cada uno de los grupos de adultos que seguían a lo suyo para recordarles que no lo debían molestar tal y como a ella misma le pedían infinidad de veces. Todos fueron callando y dirigiendo su mirada a aquella cristalera confidente de secretos de su anciano amigo. En medio de ese silencio, ante la mirada de todos, Laura avanzó sin esperar consejos adultos carentes de inocencia y palmeando el brazo de su bisabuelo le hizo abrir los ojos y dirigir su mirada hacia aquella sonrisa familiar que la niña le mostraba.

Te pareces mucho a tu bisabuela Carmen – le dijo el anciano expectante por lo que querría la cría.

¿Puedo pedirte una cosa? – preguntó ella cándidamente colocándose sobre las piernas del mismo y acercando su cara a su oreja. Tras un gesto de aprobación prosiguió -. Quiero que esta noche me dejes jugar contigo en tu recreo pues me parece que tiene que ser muy divertido por el tiempo que te pasas en él.
La niña se sorprendió por la carcajada general que provocó en el resto de la familia pero se mantuvo en su sitio esperando una respuesta. Ella creía en el recreo de su bisabuelo y hacía tiempo que quería participar de él y esa noche aprovechó su oportunidad. Su seriedad envolvió el ambiente dando al tema la importancia que ella creía que tenía. Y esa postura hizo callar a todos de nuevo, recapacitar y esperar.
Esa sonrisa esperada, sincera, inocente, despertó de su letargo al nonagenario que vio como tras el atrevimiento de Laura, uno tras otro, de menores a mayores, fueron todos pidiendo ser incluidos en ese recreo que a todos atrajo de golpe y al que todos querían haber llegado antes pero que ninguno se atrevió a pedir. Fascinado el bisabuelo por la respuesta de todos prometió no guardarse nada de lo que su recreo le daba compartiéndolo en cada momento con quien a su lado estuviese. Prometió no callarse más todo aquello que su mente le ofrecía para dejárselo como legado de anécdotas a ellos, a su familia. Prometió no volver a encerrarse jamás y luchar contra el tiempo.
Esa fue la primera vez en mucho tiempo que realmente gozó de contar miles de historias, conocidas ya o no, de transmitir sentimientos, de confesar temores, añoranzas, de compartir nostalgias, de regalar alegrías, experiencias. De impartir clases de vida. De vivir con calidad de vida.

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