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El París que hay aquí

¿Cuántas veces habré escrito, leído, hablado sobre París, y siempre era un París diferente, distinto el de ahora al de hace diez años, distinto el de Toulouse-Lautrec del de Cortázar, el de Patrick Modiano del de Truffaut, el de Eric Satie, el de Van Gogh, o el mío propio que era más que una ciudad un estado de ánimo?

Paseaba con frecuencia por el barrio en el que había vivido Victor Hugo. Aquí en Madrid también paso de cuando en cuando por el lugar en el que, según señala una placa, estuvo el edificio en el que vivió Victor Hugo de niño. En el número tres de la calle Clavel estuvo el Palacio de Masserano, desaparecido a principios del siglo XX durante las obras de demolición de la Gran Vía. José Bonaparte lo asignó al padre de Victor Hugo para que tuviera a su familia cerca durante su participación en la Guerra de Independencia. Pero en aquella otra casa de París, en les Marais, me acordaba de Madrid: la Place des Vosges es un lugar cerrado, una especie de burbuja cercana a la Bastilla similar a la que es -a la que a mí me parece ser- la Plaza de la Villa de París en Madrid, con su estatua de Fernando VI y sus jardines que quieren calmar las entrañas revueltas del Tribunal Supremo.

Sé que escribo en círculos. Es necesario.

Cuántas veces caminé desde allí hacia el sur, buscando la orilla del Sena, perdiéndome en calles tranquilas con sinagogas y pequeñas tiendas de ropa y llegando siempre al mismo punto, el Pont de Sully al final del Boulevard Henri IV, donde arreciaba el frío hasta bien entrada la mañana porque el sol, en París, nunca madruga. Desde allí cruzaba de la Île de Saint-Louise a la Île de la Cité y me paraba unos minutos a ver la Fuente de la Virgen en la plaza de Juan XXIII. No he reparado hasta ahora en que ya se había convertido en una especie de costumbre. Desde allí se veía la Catedral de Notre Dame apoyada en sus arbotantes del siglo XIII, magnífica y a la vez apocalíptica como salida de un bestiario medieval o de la Guerra de los Mundos de H. G. Wells. «Y la catedral no era sólo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma», escribió Victor Hugo. No, yo no iba allí por sus dos torres ni su rosetón inconfundibles, sino porque el río corría cerca y desde aquellos jardines se veían los arbotantes de la catedral. Me acercaba desde el este siguiendo la naturaleza de Notre Dame, el ecosistema de sus gárgolas y la tundra de sus adornos vegetales. Entraba a una crêperie a por un expreso que me calentara las manos y luego me alejaba de allí caminando hacia Saint Michel.

Aún viviendo en un país distinto, conservo esta misma costumbre: algunas mañanas, si el tiempo lo permite, pido un café para llevar en la estación de Atocha y me caliento las manos mientras lo bebo de paseo junto al Jardín Botánico. Como dije antes, París no es una ciudad sino un estado de ánimo.
Había esta tarde en Madrid un cielo revuelto de primavera: un viento que anunciaba borrasca y revolvía los restos de calor agradable de estos días haciendo a los pájaros garrapatear vuelos nerviosos. Pese a que la ciudad está a medio gas por las vacaciones de Semana Santa la gente andaba inquieta, como buscando un sol primaveral que no terminaba de salir, sin resignarse a un viento incómodo con notas de cercanas nieves recientes. Primero he visto un mensaje, una foto en la que se veía una columna de humo sobre los tejados de París, como un incendio forestal de cercanía peligrosa. Después, al llegar a casa, el cielo estaba incendiado de los colores del atardecer y en la televisión ponían imágenes de la catástrofe: la aguja de la catedral de Notre Dame incendiada se desmoronaba, centenas de bomberos acudían para sofocar el fuego pero el edificio seguía consumiéndose, derrumbándose poco a poco y la gente miraba atónita desde los alrededores o desde las televisiones. He escuchado la noticia como aquella otra que narró H. G. Wells, una columna de humo alzándose y un cielo triste.

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