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Luis Chamizo: el jierro y el jumo

El fin de siglo vio nacer a Luis Chamizo, en Guareña, no muy lejos de Mérida, en 1894 -el mismo año en que Rudyard Kipling publicó El libro de la selva-. Chamizo estudió en Mérida, en Sevilla, en Murcia y en Madrid, durante los primeros años del siglo XX, aquellos que Alfonso XIII utilizó para viajar ofreciendo limosna, entre otros lugares, por las montañas jurdanas del norte de Cáceres y el sur de Salamanca. Tierra sin pan fue el título que dio Buñuel al falso documental que rodó más o menos en la época en aquella zona.

Fue otro el siglo y los pueblos de aquella España eran diferentes, otros los caminos, aunque parecidos quienes se iban de las provincias a la capital en busca del pan y del jornal. Iba llegando lento el ferrocarril -a la Extremadura de Chamizo o a la Andalucía oriental, no llegó sino a medias, apenas con la punta de los dedos-. En cualquier caso, se limaban las distancias y se igualaban las hablas, que iban desapareciendo a la vez que sus habitantes. Aquel ferrocarril fue para Luis Chamizo una compuerta que se abría para los emigrantes, arrancando la locomotora para correr en contra de la rebeldía pasiva del paisaje que riñe con el bicho:

Corre’l tren retumbando por los jierros
de la vía. Retiemblan
los recios arcomoques qu’esparraman
al reor del troncón las hojas secas.

Juyen las yuntas cuando’l bicho negro,
silbando, traquetea.
S’esmorona un terrón, y el jumo riñe
con las ramas d’encinas que lenrean…

El tren suena en el poema como si atravesara el paisaje. La locomotora debía romper el silencio de la llanura con un estruendo visto hasta entonces en pocos sitios, aparte de la guerra. Chamizo, habla directamente al que se marcha casi sin dejar rastro:

Vusotros qu’ajuis pa no sé onde,
no queändo’n los jierros ni las juellas;

[…]

Vusotros, los que vais dentro del bicho
que juyendo retumba y traquetea.

[…]

Vusotros vais correindo, mu corriendo
sin queär en los jierros ni las juella,
qu’asina como’l tren vais por la vida,
retumbando y depriesa…

Quizás un lapso mecánico nos salve de la ausencia, debió pensar Luis Chamizo, como tantas veces hemos pensado quienes hemos ido y venido viajando entre dehesas imaginando un imprevisto que nos exima del viaje: que s’eschanguen de chisme toas las rueas pa queäros aquí, junt’a nusotros.

Hay un pan extremeño que transciende al que se hornea en las Hurdes o al que se compra en las capitales, cuyo nombre sólo se puede pronunciar en aquella tierra, ése que es a la vez alimento y esencia misma del alma, base de una identidad dulce y salada, de una blandura con cuerpo: el miajón que llevan los castúos debajo de la corteza y que no tiene nombre en otras lenguas. Cuando Luis Chamizo publicó El miajón de los castúos en 1921 estaba también bautizando esas hablas extremeñas, las de la “casta” de labradores que cultivaron aquellas tierras. Ese miajón nos llega, a través del habla que configura los poemas del libro:

Y sus dirá tamién cómo palramos
los hijos d’estas tierras,
porqu’icimos asina: jierro, jumo
y la jacha y el jigo y la jiguera.

Escribía José Ortega Munilla en su prólogo al Miajón de los castúos: «Para dar a la palabra fuerza sustituyen unas consonantes por otras. Para darle suavidad mimosa y tierna operan del mismo modo. Y así el vocabulario se enriquece, adquiere matices inesperados y produce la impresión que importaba. Maravilla del ingenio de los pueblos, que de tal manera saben vestir su pensamiento con la indumentaria que conviene». Reivindicar a Luis Chamizo es reivindicar un habla, el castúo, que falta de réditos políticos y créditos económicos ha caído en extinción, de la que quedan un pocos hablantes y las obras de académicos como Viudas Camarasa o literatos como el propio Luis Chamizo. Y reivindicar una forma de expresarse es también reivindicar una forma de pensamiento, una manera de ver el mundo hecha a medida de quien la habla -además, cómo no, de una forma de belleza-. Ahora que las televisiones, por ejemplo, buscan el máximo común divisor de nuestros castellanos en eso que algunos llaman español estándar, abierto tan solo a anglicismos y a una prosodia sensacionalista para reporteros novatos, reencontrarse con versos escritos en ese dialecto tan hondo en su españolidad como en su sentir, tan popular y a la vez tan personal -una nacionalidad íntima y limpia, cabría decir-.

Perpendicular a la amplia Avenida de los Poblados de Madrid, entre naves de polígono y grandes superficies comerciales, discurre el trazado de la calle Luis Chamizo, cerca del metro de Aluche. Es el Madrid sureste que mira hacia Extremadura. No podemos saber quiénes de los que frecuentan esa calle sabrán a quién homenajea. Por toda la capital, es frecuente oír de cuando en cuando a gente que quiere “una mijina” en lugar de “un poquito”; mientras en la provincia un tren serpentea por la dehesa recolectando pasajeros, acaso con alguien viéndolo pasar desde lejos, los gorriatos revoloteando en bandadas y en silencio, las encinas y los almendros y los olivos con las ramas extendidas como clamando a un cielo limpio y decorado de nubecillas, forma de un ideograma que ya quiere ser un poema conocido desde hace siglos y que ha de ser escrito mil veces más, recio como el hierro del camino que se lleva a los emigrantes, liviano como el humo que ya yéndose, solo, quiere ser visto desde lejos.

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