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No dejéis de hablarles de amor

Entonces sufres, perdido en un crepúsculo infinito, con un pie en el día y el otro en la noche

Mathias Enard, Habladles de batallas, reyes y elefantes

Con un pie en el día y otro en la noche, uno en Asia y otro en Europa, Michelangelo Buonarroti se busca la vida en una ciudad extranjera, donde no conoce a nadie ni habla el idoma, para enfrentarse al ambicioso proyecto de construir un puente. Mathias Enard pone el punto de partida de Habladles de batallas, reyes y elefantes (2011, Literatura Random House) en la Constantinopla de 1506. Todo es fronterizo: en el límite entre dos continentes, entre dos religiones, un hombre habita en la penumbra que va de la luz a las sombras, la frontera en la que a un lado deja su oficio diurno, el tesón por crear, la búsqueda de la gloria -enfrentado como está al mismísimo papa de Roma-, y al otro lado la noche que se hunde en las tabernas de la ciudad, donde beben hasta caer redondos artistas y poetas y otros hombres de mal vivir, bailarinas de una belleza también mestiza en las que se encuentran deseos, limítrofes también, entre la ortodoxia de la heterosexualidad y la admiración que Michelangelo siente por la anatomía masculina, perfecta en su sensualidad así como en su naturaleza propia -como los viejos clásicos, que ahora vuelven de la mano de los renacentistas, en la naturaleza encontramos lo verdaderamente bello, lo ideal, y también el hombre pertenece a esta categoría-.

«Miró sobre todo la orilla de enfrente, las murallas de la fortaleza de Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro, ese estuario que tan poco se parece a la desembocadura del Tíber. Así que es allí, un poco más lejos, donde se supone que hay que construir un puente. La distancia que hay que salvar es gigantesca. ¿Cuántos arcos harán falta? ¿Qué profundidad puede tener ese brazo de mar?» Pronto en la novela sabremos de otra frontera más en la que se encuentra Michelangelo: la del antes y el después, la que hay entre el hombre que huyó de Florencia y el que habría de volver un tiempo después. 

Mathias Enard es preciso en los hechos históricos, erudito en los detalles domésticos y hasta libidinoso, si se me permite la exageración, en su conocimiento artístico. La historia que nos cuenta es la del viaje de Michelangelo, la del pintor renacentista y la de la ciudad en la que hasta ese tiempo, precisamente, poco después del descubrimiento de América, se partía el mundo en dos. Pero sobre todo la historia de Enard es la de un hombre. Si no fuera porque se trata de una novela, pura ficción, podríamos decir que estamos ante una historia verdadera, no una abstracción de bandos y fronteras, de economías y religiones o de dinastías y herencias, sino la historia desde un punto de vista particular, del que la vive más cerca de las pasiones humanas que de los documentos históricos, una historia más que no busca verdades absolutas, sino ponerse en el pellejo de una persona, asomarse a la realidad vista desde un prisma particular.

Quizás ahora podemos entender el título, que Enard toma prestado de unas palabras de Rudyard Kipling: «Ya que son niños, habladles de batallas y de reyes, de caballos, de diablos, de elefantes y de ángeles, pero no dejéis de hablarles de amor y de cosas semejantes».

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