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Cosas de pibes

 “Caen, caen al fin, caen los disfraces caen desnudándote mientras unos fantasmas,  fieles amigos  ríen de vos y se roban tu fe.”

Rock yugular – Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Por primera y última vez, como una bendición del mismísimo demonio, entraron dos chicas a nuestro curso, la división “B” del tercer año del industrial de San Fernando —el de peor conducta en todo el colegio.

De una de ellas apenas recuerdo que era fea, gorda, e inteligente. De la otra, Victoria López, o Vicky, recuerdo todo. 

Pero la mañana que le conté a Pobirsky que Vicky me volvía loco, cierto rubor en su cara me dejó claro que no tendría reparos en omitir lo que yo sentía por ella. Recuerdo a la perfección su mirada, y recuerdo la especial excitación que lo ganó en el momento que comenzamos con nuestra cotidiana tarea de magullar a golpes al gordo marica de Lembo. Pobre pibe. Era el que siempre la ligaba porque el pelito rojizo y sus pecas de muñequito de torta ameritaban un castigo de orden Divino. 

Esa misma tarde, a la salida del colegio, me decidí a invitarla a tomar algo el sábado a la noche, en el bar “Pequeña Ala”, que quedaba sobre la costa de Tigre. Cuando dijo que sí, no pude sentirme feliz, ni contento. Sé que aceptó por compromiso, para no decirme ahí nomás “no, no quiero, me aburrís, infra dotado”. 

Estuve a la espera de una cancelación todos los días. Al fin, cinco minutos antes de que finalizara la última hora del viernes, me dijo que no era seguro que pudiera salir, porque tenía que ir a visitar a no sé quién. Apenas le sonreí con una tristeza tan evidente como violenta, le rocé una mejilla con mis labios, y callé todas las palabras que se agolparon en mi garganta.

En esos días no creí, así como tampoco lo creo hoy, que le haya importado ir al mismo lugar donde la invité, con Pobirsky, y quedarse toda la puta noche, a los besos, a los abrazos. Mientras me emborrachaba, trataba de entender qué diablos se moría en mi pecho, en mí. Hoy entiendo que era algo que sólo se tiene de adolescente, que hace la diferencia entre un muchacho y un hombre. Esa madrugada tuvieron que llevarme entre un par hasta la parada del colectivo. Y luego de vomitar contra una palmera, debo haber hablado demasiado, porque el lunes, desde la primera hora, me cargaron. Algún desgraciado pintó con marcador en mi pupitre “Pobirsky se la mete a Vicky”. Los miré a todos, uno a uno, sin expresión en la cara, sin temor ni otra cosa en la cabeza, más que confusión. Pero me banqué todas y cada una de sus palabras. No intenté defenderme.

Al rato todos perdieron el interés en seguir con una gastada que no repercutía en nadie, y yo intenté alejar mi mente del resentimiento a Pobirsky.

Desde esa noche pasó todo tan rápido, que casi no pude manejarlo de otra manera.

Cuando el viejo Marchetta, el profesor de laboratorio electrónico, nos explicó, como obligado por lo elemental y rudimentario del asunto, cómo se construye una picana casera, presentí que podría vengarme del Polaco mugriento.

—Entonces ustedes —decía el profesor, pensando en otra cosa, sin sacar la mirada de encima de la gorda—, si sacan la resistencia de un televisor, le reducen el amperaje a una batería y la conectan, consiguen un generador chico, pero violento, de electricidad. Que solíamos llamar “picanita”. A ver Lembo, pase al frente y desmonte la potencia de esta batería.

Hubo unos murmullos en el fondo del taller. Vicky se dio vuelta como para vigilar a Pobirsky, o para defender al marica. Uno le preguntó qué mierda miraba. Ella respondió algo típico de mina con aires de superada, no sé qué idiotez, pero nadie le dio pelota, porque los chicos hablaban de lo bueno que estaría hacer la “picanita”. Pobres brutos, se emocionaban con cualquier gansada, y yo no iba a dejar pasar la oportunidad. 

Llegó el recreo, y me fui al baño a fumar un cigarrillo, a ver cómo venía la mano. Ni bien entro, lo oigo a Pobirsky diciendo que tenía en la casa un televisor que no funcionaba, que podíamos ir y armar una picanita.

—Son unos nabos —dije mientras prendía un negro—, mi primo me regaló una el año pasado. Habría que armarse con un par y romperle las bolas a alguien.

—Ah, bueno —dijo el Polaco, envalentonado porque sentía apoyo del resto—, en algo tenés que llegar primero. Felicitaciones.

Me callé mientras masticaba la bronca porque tenía una idea mucho más cínica que darle los dientes contra un mingitorio. Por eso no les presté atención a los que se me reían en la cara. Le di una chupada fuerte al cigarrillo, lo tiré al piso, y dije:

—Si son tan machitos, cada uno se consigue una picana, la traemos al colegio, y lo agarramos al maricón de Lembo.

—Al pedo, boludo —dijo Pobirsky, temiendo un quilombo descomunal—. Nos vamos a meter en un bardo gigante, si el maricón buchonea, nos pueden rajar a la mierda.

—A vos ponerte de novio te hace buen pibe, Polaco —hice una pausa para dejar que sufriera con las risas de los chicos—. Claro, como ahora tu novia es amiga del trolo, vos tenés que hacer buena letra, ¿no?

—Buena letra las pelotas. Si querés la traemos mañana mismo y le damos acá nomás en el baño.

Uno de los pibes dijo:

—No sean cagadores. Aguantemos al lunes, que seguro Marchetta no viene y lo agarramos en el aula. Así nos divertimos todos y de paso lo verdugueamos para que no nos mande al frente.

—Por mí, está todo bien —dije—. Pero si es por cagador, arreglate con el Polaco.

—Che, idiota—me apuró el Polaco—, que yo no tengo la culpa de que a Vicky no le gusten los retrasados.

—Claro, campeón, no te hagas drama. No soy rencoroso. Las minas como esa van y vienen.

Me clavó la mirada, cabreado, estaba a punto de decirme algo, pero prefirió no demostrar tan abiertamente su “amor” por Vicky. Sonó el timbre, salimos del baño, y cuando volvimos al aula, algunos, al pasar le dijeron al maricón:

—Ponete las pilas o te las ponemos nosotros.

Lembo transpiró y se relajó recién cuando todos nos sentamos y nadie le hizo nada.  Nosotros, en realidad, presentimos un quilombo enorme pero necesario.

Durante el resto de la semana, los muy bestias no hicieron otra cosa que comentar los resultados de las utilidades del artefacto armado. Unos de los chicos, Romedietti, hijo de profesores de biología, nos contó que dio un golpe eléctrico en una pecera, y que el pescadito, cada vez que recibía la descarga, giraba sobre sí mismo, para luego salir disparado hacia la superficie. Y que le dio sin asco hasta que lo mató. No contento con eso, decidió regular la potencia y probar con un animalito más “interesante”. Entonces le dio choques a la cría de la gata que tenía la hermana. Incrementó la potencia hasta que los cachorros se meaban encima. Nos contaba lo bueno que estaba ver cómo se atontaban con el primer impacto, quedando con los ojos entreabiertos, sin reacción, hasta que los desmayaba. 

Puedo decir que se relamían al imaginar la paliza eléctrica a Lembo, las marcas para dejarle. No dejaban de decirme que era un capo, al tener la mejor ocurrencia en nuestras vidas. 

Y yo que apenas les decía: “Señores, esto recién comienza”  Pobirsky se sonreía, entre irónico y desconfiado. 

Leopoldo Lugones, escritor argentino, inventor de las huellas digitales y creador de la «picana»

El lunes, el día señalado para reventarlo a Lembo, cuando llegué al colegio me di cuenta de que había olvidado la picanita: no me quedaba otra que volver a casa a buscarla. Si llegaba a decir que me la había olvidado, los otros guachos eran capaces de masacrarme junto con Lembo. Y ni hablar de lo bien que le hubiera venido a Pobirsky para hundirme.

Agotado del viaje ida y vuelta, tranquilo, con paso lento y firme, entré al aula. Cuarenta minutos tarde.

Los pibes del fondo se pusieron a chiflar y aplaudir. 

Todos los animales excitados. 

Me senté en el fondo, y mientras sacaba las carpetas, me fueron contando, a murmullos, que Pobirsky se la pasó diciendo que si yo no venía, era porque me había comido los mocos, que mejor frenar con la joda. 

— ¿Y ustedes qué carajo le respondieron al cagón? —Pregunté exaltado.

—Le dijimos que si no venías y seguía con eso de frenar, hoy cobraban Lembo, él, y a la salida te íbamos a buscar a tu casa —lo miré sorprendido, y continuó—. ¿Qué te pasa? ¿No harías lo mismo si yo arrugo?

—Obvio que sí, Romedietti —y forzando una carcajada, agregué—, no esperaba menos de vos.

Al término del primer módulo de horas, en el baño, contamos cuántos habíamos llevado la picanita. 

Siete. 

Siete desgraciados armados con esas mierdas de cosas, dispuestos a divertirnos con Lembo. 

Romedietti contó que para conseguir una buena sesión de “masajes eléctricos”, se puso a leer un libro de anatomía, y que los lugares para pegar sucesivos golpes con efecto eran el cuello, la nuca, y por encima de la ropa, el estómago. Pobirsky escuchaba atento, sin decir nada, fumaba nervioso. Cuando le preguntaron si no le daba miedo usar la máquina a la vista de Vicky, se calentó, gritó que no lo jodiéramos más, me tiró el cigarrillo a los pies y salió dando un portazo. Tuve que contener la ansiedad de darle a ese hijo de puta un picanazo en medio de la frente. 

Ni bien sonó el timbre, dije:

—Muchachos, arranco yo con el ataque, y le vamos a dar sin asco. Si alguno arruga en el momento, lo dejamos frito todos los demás, ¿estamos?

—Hay que cuidarse de que no arrugue Pobirsky —dijo Romedietti—. La gorda me contó que estuvo tratando de convencerla a Victoria de que hoy faltara a clases, y…

—Obvio que iba a hacer eso. Si llega a arrugar, le damos hasta dejarlo diciendo taradeces, y pobre del que no me siga —hice una pausa, como que recién me había dado cuenta de algo. Lo miré a Romedietti y le pregunté—. ¿Cómo es eso que la gorda te dijo lo del Polaco? 

Romedietti se puso colorado y abrió los brazos. Los otros empezaron a reírse y cargarlo con todo. Los gritos y las risas me tranquilizaron, todos estaban dispuestos a cualquier cosa, la sobreexcitación era incontenible. 

Volvimos al curso. Un murmullo constante puso histérica a la profesora de historia.

Terminó la hora.

Victoria, cada tanto, se daba vuelta y me miraba con odio.

El murmullo continuó hasta que el profesor de geografía se hartó y le puso cinco amonestaciones a Romedietti.

Victoria me miraba con un odio que iba creciendo en su interior, y a su vez acrecentaba mi furia, mis ganas de matar al Polaco.

Al fin, el profesor salió, y entramos en el campo impune de la hora libre.

Lembo, a las corridas, se puso detrás de Vicky. 

Todos comenzaron a murmurar, sabían que íbamos a hacer algo grande. Pobirsky intentó decirme en voz baja que mejor aflojemos, que no daba para hacer tanto quilombo. Lo miré como con ternura, casi agradecido, y mientras lo corría con un brazo le dije: 

—Se te puede poner feo si no me seguís, Polaco. —Y avancé hacia donde estaba el marica. Detrás de mí, vinieron los otros, con las maquinitas ocultas en la espalda. Atrás de ellos, Pobirsky.

Me detuve al lado de Vicky, ni la miré, como si no existiera. Todo el curso hizo un círculo, dejando en el medio suficiente espacio como para no molestar la visual de nadie. Me mojé un dedo con saliva, y se lo pasé por la cara a Lembo, apenas rozando con mi codo el hombro de Victoria. De inmediato ella me empujó, y dijo:

—Ni se te ocurra tocar con esa mierda a Lembo, porque soy capaz de denunciarte.

Nadie se sorprendió: era obvio que Pobirsky le había contado todo. Romedietti, conocedor del alma humana, dijo:

—Sos un cagón, Pobirsky. Un buchón de mierda…

—Dejalo —lo interrumpí—, hay tipos que por un polvo con una atorranta hacen cualquier cosa.

— ¡Te voy a romper la cabeza! —me gritó Pobirsky, y se me paró frente a frente. Levanté los brazos, como haciendo una señal, y Romedietti le apoyó una mano en el hombro. Pobirsky entendió que se le complicaba comenzar una pelea que nos distrajera del objetivo principal.

—Tranquilo, campeón, no nos vamos a ir a las manos ahora. —Lo miré a Lembo, temblaba. La miré a Victoria, le sonreí.

Aprovechando la tensión y los murmullos, puse a cargar mi picanita, los demás hicieron lo mismo. Pobirsky dudó un instante, y mientras la prendía, no tuvo el valor de mirar a Vicky a la cara.

Todavía recuerdo los aplausos y los “bravos” que largaron el resto de los chicos de la división cuando nos vieron con los deberes de electrónica realizados. Creo que hasta la gorda aplaudía.

Victoria, enfurecida, dijo:

—Son todos una banda de asesinos, ni piensen que voy a dejar que toquen a nadie con esos aparatos de mierda.

—Callate —le dije, con los dientes apretados—, perra.

—A la salida te agarro, pero te quiero ver solo —me dijo Pobirsky—, hijo de puta.

— ¿Hasta dónde vas a llegar por una mina? ¿Sos capaz de perder la amistad de todos tus compañeros? Vas a cobrar, campeón, despertate. Elegí a quién demostrarle coraje.

—El coraje es hacer lo que uno realmente quiere, no es seguir a la manada. —Dijo, a modo de sentencia.

Todos nos callamos. El silencio creo que se debió a que nadie entendió a qué se refería con esa frase de dibujito animado con parábola moral. Tampoco nos importó.

—Rompele la cara, amor —le dijo Victoria, dando una especie de última oportunidad. Ella estaba parada a un costado nuestro, pero en el medio, como semblanza de algo que podría definirse en el preciso momento.

Ya todos estaban serios, fastidiados de que se hubiera alargado tanto la joda.

—Bueno, vamos a terminar con esto —dije mientras levantaba mi picanita y se la ponía al lado de la cara a Pobirsky—. ¿Y, Polaco, vos qué vas a hacer? —Pude leer en su mirada la duda entre darme un golpe y bancarse el castigo, o quedarse en el molde y darle a Lembo.

Continué mi discurso. — Ya saben muchachos, todos al mismo blanco.

La primera descarga que le di en el cuello, arrancó de todos la misma exclamación: un “Uh!”, profundo, siniestro, perturbador. 

Lembo contuvo un quejido de espanto, quizás torturado por no ser él quien recibió el castigo. 

Pobirsky presintió, a sus espaldas, una jauría de hienas, riendo, babeando, esperando por su turno para atacar. Estaban desconcertados, cierto, pero a esa altura ya no les importaba quién era el blanco.

Vicky tardó en reaccionar, luego del golpe tuvo los ojos entrecerrados unos segundos, tal y como Romedietti había dicho que les ocurrió a los gatos. Pero yo sé que el choque eléctrico la había atontado menos que la sorpresa de no recibir ayuda de su “amor”.

Volví a descargar electricidad en el pecho de Victoria. 

Y otra vez.  Y otra vez. 

Ella luchaba por ponerse detrás de Pobirsky, pero él no la cubrió. Se sentía en el aire el pavor que tenía de estar en lugar de ella.

—Te toca a vos —le dijo Romedietti al Polaco—, “amor”.

Pobirsky la tomó del pelo, y le dio una descarga en el cuello. 

Vicky tuvo un quejido ahogado.

De inmediato, comenzamos a darle entre todos, mientras a Lembo le daban una paliza  los que no tenían picana. Pobirsky le daba descargas a su novia, con la cara desencajada, con la mirada ajena a todo, sabiendo que cada golpe le dolería a él mismo, tanto tiempo como a mí.

Le dimos tantas descargas, pero tantas, que llegamos a desmayarla. 

Ya al otro día, se armó el mayor quilombo en la historia del colegio. 

Recuerdo haber visto a la madre, que vino con abogados y todo, enfurecida, gritándole al director y al profesor Marchetta, amenazando con una intervención o una denuncia en los ministerios, o no sé qué otra gilada. 

También recuerdo que nos pusieron las amonestaciones necesarias como para que, si nos ponían una más, nos rajaban. Incluso a Lembo. Y que hicieron cargo al Polaco de toda la movida. Al noviecito de la nena. Pobirsky se la bancó como un señor. Sabía que si abría la boca, éramos capaces de matarlo. 

Pero lo que más recuerdo, hasta el día de hoy, es la explicación que nos contó Marchetta, en clase, que le dio a la madre:

—Pero señora, debería haberlo pensado antes de mandar a la nena a un colegio como este, le dije. Acá todo lo que se enseña se lleva a la práctica, los chicos tienen ansia de demostrar que están a la altura de todo. ¿Usted se piensa que lo hicieron con maldad? Para nada, señora, al contrario, se les habrá escapado un poco. Mire cómo será el asunto que cuando pregunté por los responsables incluso la gordita levantó la mano. Señora, tiene que entender que en un colegio de varones hay ciertas situaciones que no son más que cosas de pibes.

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