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El Hilo Rojo.

22 de Mayo 2010.

Eran las 13,30 de un sábado, tú habías ido a regar los tomates a nuestra finca, habías trabajado toda la noche y yo aproveché para acercarme a la comunión de la hija de una compañera de la autoescuela.

En un momento determinado, las niñas estaban recibiendo la comunión, eran varias, ya sabes, las hacen en grupo, un dolor se me puso en el pecho, una mano me agarró el estómago y me lo apretó hasta casi no dejarme respirar, lentamente las lágrimas empezaron a rodar por mi cara, el aire se hacía más y más denso, la sensación de agobio iba en aumento, mis lágrimas caían más fluidas y deprisa.

Una señora me preguntó si alguna de las niñas era mi hija, le contesté que no con un movimiento de cabeza, entonces será su nieta me dijo… le volví a decir que no, quería irme de allí, pero la angustia me tenía sujeta a la pared, me daba miedo moverme, el dolor iba en aumento, ni yo entendía que ocurría, pero algo dentro de mí no andaba bien, conseguí apartarme de la pared y salir de la iglesia.

Afortunadamente nuestra casa estaba al lado.

Cuando llegué abrí la puerta sin entender qué me ocurría, era obvio que un ataque de ansiedad me estaba invadiendo, pero no entendía por qué

El teléfono comenzó a sonar, simultáneamente ambos, el móvil y el fijo, sonaban con angustia, con una precisión de tono como si se hubieran puesto de acuerdo.

Chico y chica se arrimaron a mí mientras con una mano cogía el móvil y con la otra descolgaba el fijo.

Sola, como siempre que me toca afrontar algo complicado, algo que se escapa de mi rutina, en el ambiente a pesar del día claro que hacía, de tener todo abierto, de ser un día soleado y aparentemente tranquilo, algo se estaba confabulando para tornarlo gris, un gris que poco a poco se volvía negro.

Un 22 de Mayo a la 13,30 de la tarde nuestros corazones, nuestras almas, nuestro hilo rojo, se rompió en mil pedazos.

Quise recomponer los pedazos, aún estoy en ello, no encuentro pegamento lo suficientemente  bueno para hacerlo, una y otra vez se despega, te busco entre la gente que anda por la calle, añoro tu voz, esas manos grandes que me cogían de la mano para calentar las mías.

Quiero pasteles, esos que después de 15 horas de trabajo duro en la calle me traías los sábados o domingos si te tocaba doblar el turno.

Quiero saber por qué el hilo se rompió en mil pedazos

Quiero saber dónde estas y por qué no vuelves a decirme adiós

No te voy a retener, cuando amas a alguien debes dejarlo ir, nadie somos propiedad de nadie

Pero necesito despedirme de ti, decirte que te deseo mucha felicidad allí donde vayas, darte las gracias por todo lo que me has enseñado y por ser como eres.

Ven a decirme adiós, déjame verte por última vez, que vea tus ojos marrones, que huela tu colonia, que tus perros puedan despedirse de ti, déjame que te acompañe en ese viaje de no retorno.

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