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Estrenos de TV

La generación del baby boom está asociada a la televisión. Es una circunstancia quizás de tipo orteguiano. El caso es que más de uno, se formó cultural e intelectualmente con programas como Estudio Uno o descubrió que el televisor en blanco y negro podía ser un cineclub o la vanguardia pictórica en Imágenes, creo, cuya presentadora se llamaba Paloma Chamorro; el Dr. Jiménez del Oso y su Más Allá, Encuentros con las Letras que presentaba Sánchez Drago, y qué decir de Félix, Chicho, Balbín y la Clave, el Rugby y el torneo  de las Cinco Naciones, los sábados por la tarde, etc. Ninguna Universidad, antes o después, ha podido igualar este acervo cultural.

El silencio se parecía al acontecer de un coche con otro, por una calle empedrada, o al ladrido de un perro. Algo parecido a la intimidad. La luz resultaba distinta o es que uno era otro.

Los domingos por la tarde emitían una serie que se llamaba Estrenos de tv, norteamericana. Duraba poco más de una hora y estaba dirigida por directores desconocidos pero con mucho oficio. Todas las películas resultaban sorprendentes, distintas, llenas de creatividad y con una economía de medios admirable.

En una tarde de domingo, pues, un film, que no he olvidado. Un grupo de adolescentes (chicos y chicas),  que rondaban entre los 13 a 16 años,  iban de excursión por un bosque bañado por una luz otoñal. Hablaban sin edulcorantes de lo que les pasaba (amor, sexualidad, existencialismo, pasión, aventura, identidad,…), pero expuesto con tal autenticidad  que el espectador, que era yo,  tenía que impactarse;  cuando se habla de “juventud divino tesoro” debe referirse a esa época tal vez. Pero no era de esta película de la que quería hablar.

Una familia se va en coche al campo, quiero pensar que en un Chrysler de esos, por una carretera infinita, lindando con el desierto. La madre, su marido -que es aficionado a la espeleología al igual que su hijo mayor-, una niña pequeña y el hermano pequeño que rondaría la edad de mi admirado Guillermo Brown. Quiero pensar que estarían en California. Una de las cosas interesantes, como antes decía de estos films, era su guion. Las conversaciones que mantienen los miembros en el coche están llena de chispa, ingenio, finura, ironía. Una perla preciosa en estos tiempos.

Van a explorar una cueva a las afueras del pueblo donde llegan. Todos entran y, mientras la madre y los pequeños se disponen a tomar un pastel de arándanos, el padre y el hijo se adentran con sus frontales en el interior de la caverna. Al tiempo, un terremoto y una explosión ahogada por el agujero en la tierra les hacen interrumpir la comida y se reúnen en la entrada para salir.

Hay que decir que el hijo mayor era universitario, estaría terminando la carrera de físicas, probablemente. Se entabla un diálogo con su padre,  conjeturando cuál ha podido ser la causa. Cuando salen al exterior, una luminosidad inaudita los deslumbra. No sólo eso, un silencio absoluto. Otra vez en el vehículo, al pasar por el pueblo, éste se muestra desierto. Siguen especulando: ¿habrá sido una explosión atómica? El film termina y el espectador sigue dándole vueltas  a la cabeza.

Afortunadamente no vivimos esa situación, aunque el silencio parezca mayor.

Imagen de Free-Photos en Pixabay

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