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A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

JEAN DE LA FONTAINE, escritor y poeta francés.

¿Eres de los que creen en el destino o por el contrario piensas que manejamos las riendas de nuestra propia vida?

Comenzaré con otras dos preguntas sencillas: ¿Piensas que estaba predestinado que leyeras esta columna en este preciso momento y que te plantearas algunas cuestiones? Y si dejas de leer ahora mismo, ¿pensarías que estaba predestinado el hecho de que no continuarías con la lectura?

Solemos resignarnos a la idea de que todo está preconcebido cuando no nos queda —o pensamos que no nos queda— ninguna oportunidad de cambiar las cosas. Una especie de «alea iacta est», frase que, como casi todo el mundo sabe, significa «la suerte está echada», y que fue atribuida a Julio César antes de cruzar el río Rubicón. Esto sucede cuando terminamos un examen especialmente complicado que no hemos preparado bien, cuando compramos un décimo de lotería, cuando esperamos los resultados de una prueba diagnóstica o, en algunos casos, cuando alguien contrae matrimonio. En definitiva, ese «encomendarse a Dios» y esperar que aquello que esté preparado para nosotros nos sea favorable.

Pero, en realidad, no actuamos en nuestra vida diaria como si todo estuviera predestinado. Vivimos con la convicción de que somos dueños y señores de nuestro destino, aunque ante algunos sucesos cotidianos se nos escapen expresiones del tipo «estaba para él» o «el hueso que está para ti no hay perro que te lo quite».

Dijo —o dicen que dijo— Stephen Hawking que incluso la gente que afirma que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino mira antes de cruzar la calle. Y es una reflexión tan cierta que cualquier comentario que se añada está de más. ¿De dónde procede entonces esa creencia irracional en el destino? Si todo está escrito, ¿dónde queda el libre albedrío?, ¿qué hay de nuestra responsabilidad en los actos?

La cuestión es que, exista o no el destino, el ser humano actúa ante lo que le pasa. Por supuesto, todas las acciones tienen consecuencias. Todas las decisiones que llevan a una acción o inacción tienen un resultado que a su vez conducirá a otras acciones o inacciones que tendrán también un resultado. Esta concatenación de resultados irá modelando la realidad que se nos presenta cada día y que pedirá su ración de acciones o inacciones para seguir autocompletándose. De esta manera, nada parece predecible y se acerca mucho a la teoría del caos. Pero si todo está predestinado a ocurrir de esa manera, incluida las acciones e inacciones de los actores, ¿qué sentido tiene la propia existencia?

He aquí que terminamos en el origen, haciéndonos las mismas preguntas de siempre: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿cuál es nuestra misión?

Ahora bien, intentemos romper el círculo vicioso. Pensemos en un punto medio aristotélico imaginando que, en efecto, tenemos predestinado un inicio y un final. Imaginemos también que entre ese principio y ese final ocurrirán unos hechos también preconcebidos que no podremos cambiar, por ejemplo, un hombre sufrirá en algún momento de su vida un terrible accidente en el que perderá su mano izquierda.

Ante este hecho, si ese hombre no es zurdo y ha elegido ganarse la vida trabajando en una oficina, el accidente en sí significará un trauma considerable, desde luego, pero tal vez menor que si fuera un consagrado pianista o un cirujano cardiovascular, por decir algo. Pero incluso así, puede que el cirujano y el pianista tuvieran las herramientas necesarias para sobrellevar esa «mala jugada del destino» y que entendieran el hecho como un momento de cambio, aprendieran a vivir con sus nuevas limitaciones y al final se animaran a dar charlas para ayudar a personas que hubieran sufrido traumas similares, mientras el oficinista, a pesar de que su vida no se viera afectada en exceso, puede que no fuera capaz de sobrellevar el hecho y terminara suicidándose. Por supuesto, podría ocurrir todo lo contrario.

Es una exposición simplista, lo sé, pero el ejercicio que quiero plantear es el de considerar que tal vez no estaba predestinado que el oficinista se suicidara, tan solo estaba predestinado que perdiera su mano izquierda. Tampoco estaba predestinado que el pianista y el cirujano dieran charlas motivacionales sobre la aceptación y la manera de seguir adelante. Podríamos considerar que todos ellos tomaron sus propias decisiones ante lo que el destino les puso delante.

Lo importante, si esto fuera cierto, sería nuestra actitud ante determinados hechos a los que pudiéramos estar predestinados. Lo importante no sería lo que nos ocurre, sino cómo reaccionamos ante ello, y es esta parte la que conformaría el libre albedrío, la responsabilidad de los actos.

Por supuesto la literatura de autoayuda está repleta de párrafos que hablan de este asunto. No es mi intención ahondar en eso. Lo que trato de explicar es que, bajo mi punto de vista, deberíamos plantearnos cada día como un único día, con todas sus oportunidades y experiencias; sin perder la perspectiva de un futuro a corto plazo, pero aferrados al ahora, entregados a este presente que a veces nos devora y nos pasa por encima. No sabemos qué pasará mañana. Puede que esté predestinado o puede que no, pero lo que es incuestionable es que estamos condenados a decidir, porque incluso no decidir es una decisión.

2 Comments

  1. Paco Santos Paco Santos 13 noviembre, 2020

    Como decían los estoicos, tus opciones son dos: o dejar que el destino te lleve de la mano, o que te arrastre.

  2. Germán Vega Germán Vega 13 noviembre, 2020

    ¡Menudas opciones! Jajaja. Estos estoicos…
    Gracias, Paco. Muy instructivo., como siempre.

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