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Hijos de la Coca Cola

“¿Tú también, hijo mío?”

Julio César

                Ellos eran dos amores. Los rostros juveniles contrastaban con sus cuerpos excesivamente rellenos. Eran gemelos. No tenían amigos, y mucho menos amigas. Eran tímidos y les decían los hijos de la Coca Cola porque bebían cantidades interminables de esta bebida.

                Tenían hábitos insólitos. No salían de noche, no frecuentaban chicas, babeaban todo el tiempo y dormían siempre en una misma cama. Solo Dios, y el alma de su madre, saben lo que ellos hacían por las noches, en la inicua soledad de su cuarto.

                Ya, en el comienzo de una nueva jornada, reían, babeaban y tomaban Coca Cola. 

                Una vez llegaron a pelear de manos por una botella de Coca Cola. La botella terminó su vida en el piso de mármol de la cocina.

                Los gemelos se arrodillaron en el piso y, como si fuesen gatos, lamieron todo el líquido derramado.

                Ellos eran dos amores. Cierta tarde de verano Raúl —uno de los gemelos— vomitó Coca Cola en el piso de mármol. Emilio, el menor por un minuto, y sin el más ligero atisbo de asco, bebió esa mezcla originada en el propio estómago de su hermano.

                Habían perdido a su madre hace cinco años, de una manera injusta. Un desconocido, después de hacerle el amor dos veces en un prostíbulo barato, la desechó drásticamente, y por causas inciertas, de un tiro en la cabeza. Emilio y Raúl nunca más la volvieron a ver, desde aquel día en que ella había ido a comprar una Coca Cola para sus dos amores, y jamás regresó.

                Ellos eran dos amores. Pasaban las tardes con su padre, un hombre duro y reservado, que despreciaba a sus hijos por haber nacido de esa forma.

                Pero ellos no comprendían, únicamente reían y bebían Coca Cola. Muchas veces, cuando caminaban descalzos por la ciudad, observaban un cartel luminoso con la marca de su gaseosa favorita. Entonces detenían su marcha, y se quedaban horas mirando aquella publicidad inerte; solo la noche interrumpía su circuito mental y volvían a su hogar, a esa extraña habitación donde pasaban la mayor parte de su vida, ya bebiendo Coca Cola o tal vez entregados a otro tipo de juegos.

                Ellos eran dos amores. Cuando llovía, salían al patio trasero y abrían al extremo sus bocas y gozaban, porque para ellos eso no era agua, sino Coca Cola, entonces recibían el líquido del cielo con placer, y se retorcían de alegría, y levantaban los brazos como queriendo atrapar todas las gotas de una sola vez, y se largaban a llorar histéricamente cuando dejaba de llover, y al instante su padre salía al patio, los tomaba de los pelos y, entre una cachetada y otra, los encerraba en su cuarto, y los niños se calmaban y se acostaban juntos, como siempre, en una misma cama.

                Tal vez porque un día el padre les prohibió la Coca Cola en esa casa, ellos comenzaron a robar. Subían a los colectivos y robaban carteras y billeteras, con el único fin de conseguir dinero para comprar la más maravillosa gaseosa del mundo.

                Ellos eran dos amores. Cierto día, en un baldío cercano a la casa, golpearon a una niña de once años porque no traía dinero encima. La niña fue golpeada ferozmente y, casi sin aliento y con dificultad, logró escapar.

                El padre de los niños, al enterarse del hecho, fue en busca de sus dos amores. Los trajo a la casa y los introdujo en esa habitación tan familiar y placentera para Emilio y Raúl. Con un cinturón de cuero negro, de hebilla metálica, los castigó duramente. Cuentan los vecinos que el alboroto y los gritos en aquella casa fueron aterradores, pero más tarde esos gritos de dolor se convirtieron en risas histéricas, ya que al ver la sangre de sus heridas, los gemelos se dieron cuenta de que no era sangre, sino Coca Cola. Entonces, el llanto y el dolor se trastocaron en placer y las risas, tímidas primero, provocativas luego, llegaron a la histeria, y no pararon de reír hasta que su padre los desmayó de un golpe en la cabeza a cada uno, y los abandonó allí, en la fría oscuridad de ese cuarto. 

                En ese preciso momento, los gemelos decidieron que su padre no les convenía, y que tenía que desaparecer de esa casa para siempre.

                Una noche de intenso frío, a causa de una anónima llamada telefónica, la policía llegó a la casa. Los oficiales, algunos de ellos muy jóvenes, no podían creer el panorama en aquel baño.

                En una bañera repleta de Coca Cola yacía inmóvil el cuerpo en descomposición de un hombre de unos cincuenta años de edad, la palidez espectral en el rostro, la boca en un gesto de horror. Le faltaban los ojos. Las cuencas estaban ocupadas por dos tapas metálicas de Coca Cola. En una pared lateral se leía, impresa con sangre, una leyenda:

“COCA COLA ES AZI. LA VIDA TANVIEN.”

Risas que provenían de un pasillo llegaron a oídos de los policías. Risas histéricas desde una habitación alejada. Los policías forzaron la puerta. 

Entraron y encendieron la luz. 

                Abrazados uno al otro, completamente desnudos, los gemelos lloraban de risa, y no se detuvieron cuando los oficiales entraron.

                Se besaron y se estrecharon las manos, sus dedos entrelazados. En una mesita de luz, junto a la cama, un par de ojos negros contemplaba a sus dos amores desde el interior de una botella de Pepsi vacía. 

One Comment

  1. Germán Vega Germán Vega 17 noviembre, 2020

    Al más puro estilo Motta. Un cuento perturbador con pasajes muy gráficos. Imaginarse a ese hombre en una bañera llena de Coca-Cola con dos chapas de refresco por ojos es muy inquietante.

    ¡Enhorabuena, Marcelo!

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