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«Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano».

«Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano».

GEORGE ORWELL, escritor, cronista y periodista británico.

Nombrar a George Orwell —pseudónimo del escritor Eric Arthur Blair— y no recordar 1984 es casi imposible. Y hablar de 1984 es hablar de distopía.

       Las realidades distópicas presentan un mundo indeseable caracterizado por la deshumanización, casi siempre como excusa para representar de algún modo la propia sociedad en la que se vive, y poner la mirada a través de la ficción en los aspectos culturales, políticos, económicos, religiosos y sociales de esa sociedad en cuestión.

       Muchas de estas distopías se anticiparon al futuro como visionarias auténticas de lo que estaba por venir. Y como el que no conoce su historia está obligado a repetirla, aquí estamos nosotros, en medio de una pandemia mundial, adaptándonos a una nueva normalidad que a nadie gusta, mientras suspiramos añorando los «viejos tiempos».

       Pero, centrándonos en las novelas distópicas y en esa deshumanización de la especie, encontramos también importantes matices en medio de tanta similitud.

       En 1984 (Orwell, 1949), el Gran Hermano observa la vida de todos con su ojo omnipresente mientras en la sociedad se implanta la neolengua bajo la atenta vigilancia de la Policía del Pensamiento. Resulta paradójico que aquello contra lo que Orwell luchó activamente durante una parte importante de su vida le sirviera como inspiración para escribir una novela en la que se manipula la información (¡Oh! ¿Nos suena esto?) y en la que impera el totalitarismo. La persona es despojada de su propia opinión. Acatar la norma es la máxima norma.

       Sin embargo, en la novela Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1949), la trampa está servida: se nos muestra una sociedad perfecta donde no hay nada que temer ni por lo que preocuparse. Pero es también una sociedad en la que no existen, por «innecesarias» expresiones inherentes al ser humano, tales como la música, la literatura, la filosofía o la religión. Es una sociedad desprovista de significado y, por lo tanto, carente de sentido. El ser humano vuelve a deshumanizarse y se convierte en autómata. Todo está programado para él.

       Por su parte, Ensayo sobre la ceguera (José Saramago, 1995), nos narra la historia de una transformación social que tiene lugar a raíz de una pandemia llamada «ceguera blanca» de la que solo se libra la mujer del médico (irónicamente un oftalmólogo), que observa, como testigo de excepción, la descomposición moral de una sociedad llevada al límite. El egoísmo extremo de los protagonistas, en una lucha sin cuartel por sobrevivir, puede interpretarse como una representación de la sociedad actual. Es curioso que Saramago no nombre a ninguno de los personajes y que obligue al lector a identificarlos a través de la descripción de cada uno de ellos o de alguna de sus principales características. Frente a las sociedades hiperorganizadas de las distopías anteriores, en la novela de Saramago, el caos se adueña de la comunidad con el mismo resultado: la deshumanización de las personas.

       Más caos en Hijos de los hombres (P.D. James, 1992) ambientada en la Inglaterra del año que viene (2021) en la que la infertilidad aboca a la sociedad al nihilismo y a la desesperanza. Inglaterra cierra sus fronteras al exterior y los habitantes cierran sus casas al prójimo, intentando huir del cataclismo que se avecina. Los viejos improductivos son obligados a suicidarse y la generación Omega, formada por los últimos nacidos, es idolatrada, sembrando la violencia y el terror. La aparición de una mujer embarazada vuelve a encender la llama de la esperanza y, por ende, a mostrar que siempre hay alguien que lucha por la justicia en medio del horror.

       Por supuesto hay muchos más ejemplos: El cuento de la criada (Margaret Atwood, 1985), Fahrenheit 451(Ray Bradbury, 1953), Los juegos del hambre (Suzzane Collins, 2008) …

       Eso en cuanto a la literatura, pero la vida real, que sigue demostrando al atónito espectador que es capaz de superar con creces la ficción, está llena de episodios distópicos que se han sucedido a través de los siglos: guerras, pandemias, plagas, holocaustos, devastación…

       ¿Cuántas personas protagonistas de esos escenarios terribles no habrá pensado exactamente lo mismo que Orwell? ¿Cuántas de ellas habrán sucumbido ante la mera supervivencia aun a riesgo de perder la humanidad? ¿Quién se atreve a arrojar una sola piedra si, tal y como nos dijo Thomas Hobbes, el hombre es un lobo para el hombre?

       Prefiero terminar esta columna mencionando a Tomás Moro, creador de Utopía, el nombre de un lugar en el que se representaba una sociedad ideal. Y, aunque el teólogo inglés no le dio a la palabra el significado que actualmente tiene, me complace pensar en bellas utopías que me hagan olvidar tantos escenarios distópicos. Sé que entre todos podemos hacer que el mundo sea un lugar mejor y ese pensamiento hace que me sienta vivo y que me sienta humano. Debería ser suficiente, al menos de momento.

2 Comments

  1. Paco Santos Paco Santos 6 noviembre, 2020

    Me resulta reveladora esa referencia final a la utopía. Es interesante preguntarse por qué las utopías renacentistas pierden su poder seductor en la modernidad, en favor de las distopías recogidas por la literatura moderna. Creo que «el fin de una ilusion» , la 1 Guerra Mundial, culmina ese giro.
    Felicidades por tu artículo.

    • Germán Vega Germán Vega 7 noviembre, 2020

      Muchas gracias, Paco.
      Tu aportación también es muy interesante.

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