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La originalidad no consiste en decir cosas nuevas

La originalidad no consiste en decir cosas nuevas,

sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas por otro.

 JOHANN W. GOETHE, escritor alemán.

.

Hace más de veinte años, comenzaba a escribir un poema con estos versos:

«Hoy levanté mi pluma ante este blanco hiriente

y la posé despacio sobre el azul del alma.

Hoy amé poesía y te sentí presente,

y recordé tus pasos y tu admirable calma».

       La poesía nos permite expresar la realidad de una manera tan armónica que la acción de levantar la pluma sobre el blanco hiriente, representado por el folio vacío, y posarla despacio sobre el azul del alma en busca de la fuerza, el contenido, la tinta necesaria para escribir, se asemeja a la lenta caída de una hoja en otoño; como si sucediera de manera natural, como si no supusiera ningún esfuerzo.

       Bien saben los escritores que me leen que el proceso real de creación no suele ser tan placentero ni tan armonioso; así al menos me lo ha hecho saber todo aquel con quien he tenido oportunidad de compartir impresiones sobre este adorado oficio de escribir. Primero, porque el odiado folio en blanco se presenta como el antiguo enemigo al que batir. Un demonio agazapado sobre la mesa, que se ríe de nosotros, retándonos a escribir algo que sea más interesante que el silencio, más apetecible que la nada encarnada en ese maldito papel. Segundo, porque a veces el alma no es un tintero rebosante de un azul hermoso. A veces el alma se seca, no tiene fuerza ni contenido, no tiene ganas, no funciona. Tercero, porque el escritor, en ocasiones, intenta crear algo sorprendente, nuevo, jamás escuchado, jamás visto, jamás leído. Y se enfrasca en la historia, en la trama, en un comienzo que atrape y un final que convenza, pero no es capaz de escribir una sola línea que lo lleve en volandas al clímax literario. Y si lo consigue, si al final escribe esas primeras líneas, el esfuerzo solo sirve para tener algo que borrar y volver al punto de partida para terminar nuevamente mirando el blanco hiriente que sonríe maliciosa y burlonamente.

       Si eres escritor, sabes de lo que hablo. Nos gusta escribir. ¡Claro que sí! Debería ser fácil hacerlo. Se nos da bien, debe ser sencillo ponerse a ello. Si no, ¿qué sentido tiene?, ¿por qué deberíamos pasarlo mal por hacer algo que nos encanta?, ¿por qué este padecer?

       Nos frena el tema. El dichoso tema. ¿De qué voy a escribir?, ¿qué es lo que puedo contar que no se haya contado ya?, ¿por qué va a resultar interesante lo que escriba si no es original? Si ni siquiera soy capaz de escribir un primer párrafo para romper el hielo, ¿cómo se supone que voy a ser capaz de escribir una novela entera?

       Esas son las ideas que se nos van metiendo en la cabeza poco a poco, minando nuestra moral y obligándonos a desistir del intento y a esperar una mejor ocasión en la que nos sintamos inspirados. Pero he aquí el error. Picasso nos diría que la inspiración ha de llegarnos, sí, pero que nos encuentre trabajando.

       Entonces, parodiando a Marguerite Duras, es el momento de clamar: «Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación».

       El escritor debe aceptar el reto de su propia pasión. La llamada de su obra que ha engendrado y que tendrá que expulsar de su mente o morir con ella. Debe avanzar contra viento y marea, y debe insistir en la forma, en su forma. Insistir en su estilo al contar la historia. No importa que sea una historia ya contada. Lo que verdaderamente importa es cómo la cuenta. Son los matices, los tonos, los detalles, la estructura, la cadencia, el ritmo. Es sumergirse en la nada para volver con el todo. Tal y como lo describió una vez el escritor Paco Santos, es preñarse de la propia obra, la creación parida con dolores, nuestra criatura que por fin ve la luz y que nos encandila, nos maravilla, nos abruma y nos enorgullece. Es el hijo que se enfrenta al mundo y por quien tememos. Al que queremos proteger de agravios, críticas y sinsabores, y que, como todo hijo, un día nos abandonará para correr su propia suerte. A partir de entonces ya no nos pertenece. Ha tomado vida propia y se alejará de nosotros para formar parte de otras vidas, sin que podamos evitar que ocurra.

       Nosotros volveremos después a sentarnos frente al escritorio, al cobijo del árbol o en la soledad de una terraza, y miraremos nuevamente a los ojos al antiguo enemigo, al demonio agazapado que nos mirará burlón. Somos viejos conocidos. Ya sabemos qué significa. Y sabemos lo que hay que hacer. Solo nos queda insistir.

       Hace más de veinte años, terminaba yo aquel poema con estos versos:

«Hoy reposé mi pluma sobre este azul temprano

y liberé mi mente de mi sillón de sueño.

Hoy amé poesía y me sentí profano;

miré mi libro abierto y me sentí pequeño».

       Cuenta lo que quieres contar con tu estilo. Deja tu huella, escritor. Deja tu huella.

Germán Vega Contributor
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