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La niña y el copo de nieve

Cada vez que llegaba esta época, la niña, de cabellos dorados y ensortijados, se paseaba por la acera de su casa en busca del primer copo de nieve.

Sabía que, si era capaz de recoger el primer punto de hielo del cielo, su deseo se haría realidad. Y no era porque la historia se la hubiesen contado en su casa, una bella mansión victoriana de tres plantas, ni porque lo hubiese leído en la enorme biblioteca de libros antiguos de su padre, simplemente lo sabía.

Paseaba su sonrisa traviesa por los grandes ventanales del comedor, a la espera de que alguien abriera la puerta de la calle y pudiese escabullirse sin ser vista. A veces dibujaba una cara en el vaho que dejaba su aliento en el cristal. Cuando su madre lo descubría su rostro se tornaba níveo y su padre corría a borrarlo, soltaba un improperio y cerraba las cortinas. Ella no entendía por qué una simple cara en un cristal ponía a todo el mundo tan nervioso.

Esa mañana, Nina, la chica de servicio keniata, parecía más rara de lo habitual. Andaba encogida por la casa. En una mano sujetaba el plumero y con la otra asía con firmeza el crucifijo de madera que pendía de su cuello. Murmuraba frases en su idioma y parecía que los ojos se le saldrían de las órbitas de un momento a otro. En más de una ocasión, la niña, de mirada cándida y brillante, intentó hablar con ella y que esta abriera la puerta. Había escuchado que ese día era el primero de una serie de intensas nevadas que cubrirían Londres con un espeso manto blanco. Pero, Nina, lanzaba lánguidos grititos cada vez que la pequeña se acercaba, se tapaba la boca y se santificaba repetidas veces.

Su madre bajó la escalera con un chal de lana entre los hombros. Parecía mucho más mayor que la última vez que la vio y en sus ojos yermos pudo sentir la tristeza que la embargaba desde hacía tiempo. La niña se acercó a su falda y estiró suavemente de la tela, necesitaba que le hiciera caso y le abriera la puerta.

Una gruesa lágrima rodó por la mejilla de la mujer que acarició el lugar que se acababa de mover unos centímetros. Luego se acercó a la ventana y descorrió las cortinas.

Empezaba a impacientarse, el cielo se había tornado gris y tupidas nubes negras cubrían ya la ciudad. La nevada parecía inminente y nadie le hacía caso.

El reloj de péndulo, anclado a la pared, anunció que eran las doce. Su padre, ojeroso y con el pelo más cano que de costumbre, salió de la biblioteca y se acercó a su mujer, pasó su brazo por los hombros de ella, y ambos miraron con tristeza la calle.

De pronto, sin que de forma aparente nadie lo tocase, el gran portón blanco de la entrada se abrió y la niña se puso muy contenta. Moviendo su vestido rosa, de encaje y volantes, al compás de sus pequeños saltos, salió a la acera a la espera de recoger el primer copo de nieve.

Esta no se hizo esperar y en un instante toda la calle se cubrió de blanco. La pequeña vio con alegría como caían los copitos. Pero su gozo pronto se volvió congoja, al darse cuenta de que era imposible recoger el primer copo. Caían demasiados, en muchos lugares y a la vez.

Los niños, del resto de las casas, salieron con sus padres, cargando trineos y palas para jugar. La pequeña les saludó, pero ninguno pareció percatarse de su presencia. Entonces reparó en la vestimenta de aquellos, llevaban ropa muy abrigada, gorros, guantes y bufandas. Muy diferente a la suya, que era liviana y vaporosa. Y, sin embargo, no sentía frío. Un niño se lanzó a la nieve y comenzó a hacer la figura de un ángel con sus manos y sus pies y ella se dio cuenta de que no había dejado surco alguno en su recorrido desde la entrada hasta allí.

Los villancicos, las risas y las luces navideñas inundaban toda la calle, excepto en su casa. En la vieja mansión, no había música, ni luces, ni alegría. Al ver a sus padres en la ventana, abrazados y con lágrimas en sus ojos, supo que su deseo nunca se haría realidad.

Ya jamás volverían a verla con vida.  

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