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Peajes

He tenido un sueño muy extraño; he soñado con que el PSOE pretendía cobrar peaje por entrar con el coche al centro de algunas ciudades en pro del cuidado ambiental.
A pesar de que probablemente algo así no pueda más que pertenecer al mundo onírico, me ha hecho reflexionar, que no es poco, hasta llegar a comprender que podría ser una medida fantástica. Deberían imponer varios tipos de peajes, cada uno con sus respectivos derechos; sin tener en cuenta los prácticamente inexistentes impuestos que pagamos por tener un vehículo, lo barata que está la gasolina y los seguros, amén de las ofertas cómprese un coche y le regalamos una plaza de garaje, ahora tendremos que colaborar con el Estado al acceder al centro de nuestra ciudad, pero supongo que tendremos recompensa. Según tengo entendido, las diferentes tarifas de peaje nos darán una serie de derechos y de mejoras en nuestra calidad de vida que pueden resultar imprescindibles para el buen discurrir de la sociedad. Así, la tarifa básica nos autoriza a atropellar, incluso con el resultado de lento desmembramiento, de todo aquel individuo que circule sobre un utensilio denominado patineta, por supuesto sólo se podrá ensañarse uno con aquellos que circulen fuera de su hábitat, es decir, del zoológico. Los peatones, que no tendrán que pagar por ahora, serán provistos de una escopeta para que no haya discriminación.
La tarifa intermedia autoriza a atropellar a todos aquellos viandantes que cruzan por donde les da la gana, especialmente a los que ni siquiera aceleran el paso. En caso de muerte súbita de uno que esté cruzando en rojo, con cara de borderline y que nos haga frenar o, incluso, pararnos porque su cociente intelectual va parejo a su cara de gilipollas, se le regalará al conductor un vale para la próxima entrada al centro.
La tarifa gold será destinada a aquellos conductores que padecen una clara manía persecutoria por los ciclistas que, a pesar de que nos han llenado la ciudad de carriles bici, no los utilizan. Ya no sólo se autoriza sino que se aconseja intentar estrellarlos contra un autobús, especialmente a todos aquellos que en un acto de regodeo muestran comportamientos afines a ciertos individuos antes citados.
El aparcamiento será de pago en el centro, no obstante eso está claramente compensado ya que nuestro coche quedará bajo la estricta vigilancia de algún tullido que nunca sabremos qué horario tiene.
Por una ciudad más limpia, utilice el transporte público, ese que nunca llega a su hora, que provoca que su tardanza en llegar al trabajo y el consiguiente cabreo de su jefe, ese en el que se suben cien mil personas y se restriegan contigo sudorosos o te echan el aliento, ese que no sólo cuesta un ojo de la cara sino que además te obliga a ir de pie agarrado a una puñetera barra si, con suerte, puedes acercarte a una, ese en el que te tratan con tanta amabilidad, en el que te pisan, te estornudan, incluso, lo que es mucho peor, te hablan.

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