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El Valle de la Muerte

Un rápido café largo, acompañado de un bollo de leche, en la vieja recepción del motel, mientras ojeo el periódico en busca de alguna historia que me inspire, es todo el alimento que necesito para emprender mi jornada laboral, aunque hoy tal vez no necesite de motivaciones externas. Tengo, tan sólo, un encargo pendiente que no creo que me dé muchos problemas y que, además, es uno de esos que un servidor cumple muy gustoso. Habitualmente, no suelo conducir mucho la noche antes de un trabajo pero anoche era totalmente necesario. En esta zona del interior de California la mayoría de los hospedajes de carretera están regentados por personas de origen hindú, a mí no es que me moleste lo más mínimo, pero es que siempre que entras en un establecimiento en el que hay uno de ellos apesta a curry o a cualquier otro tipo de especia, y eso sí que me desagrada, y más si tengo que dormir con ese maldito olor toda la noche. Tenía pensado parar en algún lugar entre Stockton y Modesto, después de visitar Sacramento, pero no encontré un lugar aromáticamente sano hasta que llegué a Fresno.

La entrada a Bakersfield por el sureste me parece uno de los sitios más prescindibles que he visto en mi vida. Después de casi tres horas conduciendo por la noventa y nueve y enlazar con la cincuenta y ocho, me encuentro en un paraje industrial sórdido y absurdo. Unas cuantas naves industriales vestidas con cuatro hoteles de carretera y un Denny’s es todo lo que hay a un lado de la carretera. Y muchos camiones, con y sin remolques. Rojos, negros y de todos los colores, con llamas e incluso uno con una serigrafía de una chica en pelotas, verdaderas obras de arte. En casi todos ellos ondea la bandera estadounidense. Como en todas partes aquí, vaya. Con sus trece barras y sus cincuenta estrellitas. Trece barras para trece colonias originarias, y cincuenta estrellitas para cincuenta estados de la nación.

Es la hora del almuerzo. Así que aprovecho la proliferación de camioneros que han parado a descansar o a almorzar en Denny’s para intentar pasar desapercibido. Finas rebanadas de “roast beef”, champiñones y cebollas salteadas, cubiertas con queso suizo derretido, servido en un pan “ciabatta” asado a la plancha con una sabrosa mantequilla de ajo, es mi elección. Para beber tomo Coca-Cola. Me encantan los almuerzos de Denny’s. Cuando acabo pido un café solo y la cuenta. Una chica muy mona, la más mona que he visto desde que llegué a Estados Unidos, me acerca el ticket y me indica el precio, además, me dice, tengo que escribir el porcentaje de propina, que quiero dejar, sobre una línea de puntos que hay al dorso y calcular el total. Bebo el último sorbo de café, pago y me marcho.

Justo al otro lado de la calzada hay un motel de la cadena Súper Ocho y unos cien metros más adelante una pequeña nave que parece ser un taller mecánico. Subo al coche, me dirijo hacia allí y aparco en la entrada. Tal y como se me avisó, a esta hora de la mañana sólo hay una persona que, al verme entrar en el interior, se acerca a mí y me pregunta que en qué me puede ayudar. Mi inglés, la verdad, no es que sea para lanzar cohetes así que lo poco que entiendo me parece la conversación más absurda que he mantenido en mi vida. Se llama Frank y va vestido con un mono de mecánico, camionero o astronauta de lo más yankie, dato que confirma la presencia de una banderita americana cosida en el hombro izquierdo. El tío es súper feo y tiene un deje de chaladura que asusta. Me dice que es camionero, pero que trabaja de mecánico, que está en paro y que está grabando una película. Resulta que también es director de cine. Ya os dije que el inglés no es mi fuerte. Me pregunta que de dónde soy, y le contesto que español, de Barcelona, y ante mi sorpresa me dice “do you like oranges?”, y le explico que de Valencia salen las mejores naranjas del mundo. Mira al horizonte a través del cristal de la puerta, pensando. “Do you like druggs?”, me suelta. Y le digo que paso de las drogas, que son malas. Y me pregunta que porqué creo que son malas. Aprovecho que sigue mirando vete a saber tú dónde para sacar mi nueve milímetros parabelum, con el silenciador acoplado, de debajo de la gabardina, y volarle la tapa de los sesos.

Lo jodido de este trabajo es la limpieza. A veces la ansiedad se apodera de ti y aprietas el gatillo mucho antes de lo que debieras. Después, donde había una cabeza sólo queda sangre y sesos esparcidos pringándolo todo. Si por algo se me considera bueno en este mundillo es precisamente porque soy un profesional muy limpio, además de discreto, precavido y sigiloso. Tu secreto es mi secreto. Tu problema es mi problema. Y de la solución no te preocupes, que ya me encargo yo. El tal Frank le ha destrozado la cara a su mujer, a golpe de llave inglesa, porque lo descubrió mientras violaba a la hija de ocho años que tienen en común. El padre de su mujer, y abuelo de su hija, debe ser un tipo muy bien respaldado por personas muy influyentes, de otro modo no me hubieran llamado de tan lejos para que fuera yo el que lo hiciera desaparecer. Cualquier otro aficionado lo hubiera matado. Yo, lo hago desaparecer. El muy hijodeputa ha conseguido que hiciera algo que hacía tiempo que no me sucedía: disparar antes de tiempo. Manchando el cristal de la puerta a través del cual parecía que iba a encontrar la cordura. Lo que ha encontrado ha sido su muerte. Y es que ya he dicho que hay trabajos que uno hace con más gusto que otros, no soporto a los cobardes que pegan a las mujeres ni a los enfermos que abusan de los menores.

El Death Valley. Valle de la muerte. Dicen que el nombre proviene de unos tipos que se perdieron en él, muriendo uno de ellos, allí por el año mil ochocientos cincuenta. Y no me extraña la verdad, es un puto desierto con una puta carretera de líneas amarillas e interminables rectas con forma de tobogán. No hay un alma. Una sola gasolinera en toda la ciento noventa. Montañas a lo lejos, siempre lejos, y desierto a los lados, tan próximo que da miedo poner los pies en él. Un lago seco con gigantescas piedras que se desplazan sobre él, dicen que se debe a la fuerza del viento al soplar. Dunas de arena. Y el sol cayendo sobre las montañas. Un espectáculo digno de admirar al menos una vez en la vida. Lástima que sea con el cuerpo sin cabeza de un pobre despojo de la naturaleza en el maletero del coche. De la ciento noventa paso a la trescientos setenta y cuatro y más adelante tomo el desvío que me lleva hasta Rhyolite. Aquí yacerá para siempre lo que queda de Frank. Acompañado de los espíritus que vagan por entre las ruinas de este poblado fantasma que tuvo su auge en la época de la fiebre del oro, y que luego fue abandonado como otros tantos. Como hoy dejo aquí abandonado a Frank. Gran patriota, camionero, mecánico y director de cine al que le gustan las naranjas y las drogas.

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