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Vamos al cine

“Vamos al cine” era la opción que de jóvenes más se aceptaba para entretener una tarde o noche de cualquier fin de semana. Con algún amigo, en pandilla, o más adelante con la novia, el plan apenas era rechazado cuando se proponía y menos si de algún éxito del momento se trataba.

Tengo muy buenos recuerdos, siendo pequeño, de ir acompañado de mis padres al estreno de “La bruja novata” o poco después lograr convencerlos para asistir, en el antiguo cine Astoria de Málaga, a la trágica cinta “El coloso en llamas” con Paul Newman y Steve McQueen. Me fascinaban los enormes carteles que cubrían amplios espacios de la portada del edificio del cine, con dibujos muy realistas de la imagen más impactante que se quería “vender” al espectador y con las vitrinas exteriores repletas de fotogramas del film que invitaban a querer verlas en movimiento desarrollando la trama.

Mis primeras salidas “solo”, como se solía decir (“ya salgo sólo” aunque fueras con medio barrio de amigos), eran los domingos por la tarde a las sesiones de las cuatro ó cinco para que no se hiciera luego muy de noche. Los cines antiguos de Granada como Cine Capitol, Cine Regio, Cine Apolo, Cine Gran Vía, Cine Aliatar, y alguno más, eran los más visitados. Cines sin muchas comodidades, muchos con asientos de madera, en donde no era raro que la película se interrumpiera por algún problema de la máquina con el consiguiente alboroto. Elegíamos unos por el precio barato de las entradas,15 pesetas en Cine Capitol, en sesión continua, pudiendo ver la película las veces que quisieras sin salir del mismo, y otros por los estrenos importantes que traían. Sonado fue en el Cine Aliatar, con el estreno de Grease, la marabunta de personas que se agolpaban en la taquilla para pelearse por un boleto entre unas imágenes enormes de los protagonistas con sus famosos atuendos negros.

Anécdotas de todo tipo salpican aquellas sesiones cinematográficas como la de una noche, ya adolescentes y “rebeldes”, en la que coincidimos en la última sesión del día los cinco o seis amigos de siempre para ver E.T. los días previos de las vacaciones navideñas. Para que saliera más barato, comprábamos las entradas de “gallinero”, unos espacios en la parte alta de algunos cines desde donde veías la película a más distancia que en la sala de butacas. Estando solos como estábamos, sin apenas más espectadores, no le fue difícil al acomodador averiguar de dónde procedía una batalla de gritos, carcajadas y mantecados volando. Al apuntarnos con su linterna, para tratar de esclarecer el asunto, la imagen de todos en sus asientos, tiesos como velas aunque temblando de la risa, no daba más pistas al investigador que el esturreo de material alimenticio a varias butacas alrededor, lo cual fue suficiente para amenazarnos con la expulsión de la sala de seguir la actitud “bélica”. Llegamos hasta el final de la “peli” aunque a la salida no nos felicitamos las fiestas precisamente con nuestro guardián.

En fin, todos aquellos cines desaparecieron. El boom inmobiliario y posterior crisis, los videoclubs, los precios, los hábitos cambiantes y alguna causa más los fueron apartando, aislando de nuestras opciones, haciéndose no rentables. Y tras ellos, o junto a ellos, les siguieron los de verano. ¡Qué buenas noches se pasaban en ellos! Podías ver películas de reciente aparición, a precios asequibles, mientras saboreabas un bocata y un refresco bajo las estrellas aliviando el calor de esos meses, regresando a casa paseando, ya de madrugada, más que satisfecho de la experiencia.

Hoy, todo son multicines modernos: con butacas anatómicas sacadas de alguna nave de La guerra de las Galaxias, con sitio para la bebida, las palomitas, reposacabezas, reposabrazos de diseño, cómodas como para echarte la siesta, moviéndose algunas o vibrando según las escenas que proyecten, sonido envolvente (atronador en algunos casos), imagen HD o más, climatización que a veces te hace pillar una neumonía en pleno agosto, pantallas de dimensiones gigantescas que no logras abarcar desde tu sitio si no mueves la cabeza cual partido de tenis. En definitiva, la tecnología ha invadido este arte creo que de forma bastante grata para el espectador que puede apreciar de esa forma matices difíciles de captar en otros tiempos.

Pasé muchos años sin ir al cine por diversas circunstancias pero con el nacimiento de los hijos te animas a presentarles esa seducción que tienen las salas de proyección. Y casi resultó un descubrimiento para todos pues, tras ese período ausente de los mimos, la evolución también era nueva para mí. Cada estreno de animación era cita ineludible y aún estoy impactado con la calidad de los dibujos comparados con los de mi época. Creo que Toy Story 1 la habré visto más de 40 veces y no me avergüenza reconocerlo.

Vamos poco al cine, o al menos dejamos escapar la posibilidad de gozar de esas historias con la mejor visión y audio posible, en el mejor ambiente. Con la manida excusa de “que ya la veré cuando la pongan en la televisión” perdemos la ocasión de recibir todo lo que directores, actores y equipos de rodaje nos han querido transmitir. Y, reconozcámoslo, ver una película en cine no tiene comparación con la televisión, falta algo. Falta la magia propia de la sala, que nos abraza y aísla, atrapándonos durante esas horas para rodearnos de sensaciones que nos inviten a volver. Retomemos ese “vamos al cine”.

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