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El rock, ¿un arte?

Define la RAE el arte como “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Y yo añadiría “provocando sentimientos que modifiquen en mayor o menor grado el ánimo en las personas”.

Puedo
tener razón, probablemente no, pero así lo creo. Si algo no me trasmite una
idea, un sentimiento, no me alegra la vista o algún otro sentido, me cuesta
admitirlo como arte, lo cual no quiero decir que pueda entender que en otra
persona sea aceptado como tal. Pero que no me obliguen a ver artístico aquello
que no me lo parece al igual que yo no forzaría a nadie en lo que yo así lo
creyera. Habrá debate, intercambio de pareceres, que muy posiblemente puedan
cambiar perspectivas y avanzar en posibles nuevas valoraciones que acerquen
posturas. Pero yo entiendo que la catalogación de arte es muy personal de cada
uno.

Con 13
años, la música que yo escuchaba era la que alcanzaba cierta presencia en las
cadenas de radio de finales de los 70, sin tener claro si aquello era lo que
realmente me gustaba. Miguel Bosé, Boney M, Peret y demás no acababa yo de
verlos para mí durante demasiado tiempo. Ese verano, el primer día de playa en
la Misericordia (Málaga), con mi grupo de amistades que aún conservaba en
aquellas tierras, descubrí, sonando a toda pastilla en el radiocasete de mi
mejor amigo, el “Made in Japan” de Deep Purple. Aquello fue como una tremenda
bofetada a mi cerebro que inmediatamente comenzó a reclamar más y más. Comenzó
una adolescencia plagada de clásicos: AC/DC, Iron Maiden, Leño, Barón Rojo,
Miguel Ríos y un largo etcétera me hicieron soñar, reír, saltar, cantar e
incluso llorar. Pusieron música a esos años que tanto marcan la vida de uno con
amistad, amor, desamor, estudios, rebeldía y pájaros, muchos pájaros en la
cabeza, que pobre de aquel que nos los tenga. Reconozco que tuve el defecto de
renegar de otros estilos y grupos. Lo duro era lo que “vestía” y lo demás había
que descartarlo por principios pues las melenas, las tachuelas, la ropa negra y
el ser gallito primaba sobre lo demás.

El
primer amor, la facultad, la madurez que te va dando el acercarte a los 20 y
luego pasarlos y la curiosidad, te hacen abrir la mente y comenzar a plantearte
más vías musicales, otras maneras de expresarse. Así comencé a abrir mis gustos
incluyendo pop, blues, flamenco, reggae, folk, salsa, góspel, clásica, disco y
hasta algo de copla para sorpresa mía. Pero qué placer era admitir lo que cada estilo
conseguía remover en mí, lo que a cada música podía extraerle. Me asombraba del
tiempo perdido sin paladear toda esa fuente de sensaciones con las que hoy en
día me deleito, también ya en una edad en la que poco me importa el qué dirán
siempre que mi actuación sea respetuosa y correcta. Así consigo pasar de
Camarón o María Jiménez a Extremoduro, de Tequila o Burning a B.B. King o
Supertramp o de Bob Marley o Elvis a Sex Pistols o Johann Strauss, alcanzando
con todos ellos momentos únicos que me hacen imprescindible la música para
vivir o imposible vivir sin música.

No
obstante, el rock (hard rock, rock urbano, heavy rock, punk rock o simplemente
rocanrol) siempre ocupará el lugar privilegiado en mis preferencias, por lo que
me dio, por lo que me da y por lo que estoy seguro me queda por obtener de él.
No encuentro, musicalmente hablando, arte como él, aunque hoy en día está muy
bien acompañado en mi cabeza por muchos más géneros.

Hace
poco, de nuevo en Málaga, saboreando unas cervezas con mi buen amigo del “Made
in Japan” que antes mencioné, al que considero mi padrino del rock pues
posteriormente partió de él la cascada musical que me arrastró, me comentaba
convencido que el rock no es un arte. Ni que decir tiene que, tras la sorpresa
inicial por mi parte, se abrió un debate casi trágico por todo lo que había
supuesto para ambos esa música y cómo la habíamos defendido contra viento y
marea. No me cogía en la cabeza que precisamente él fuera el que estuviera afirmando
eso. Supongo que sería un mal día y en breve retomaremos la inexplicable
disputa, ¿o será verdad eso de que cada vez quedamos menos rockeros de los de
antes? Al menos con este yo contaba y seguro que seguiré contando.

Yo,
pese a quien le pese, sigo convencido de que el rock es un ARTE. De lo
contrario estaríamos quitando un bocado, mayor o menor, más apreciable o más
despreciable, del conjunto general que es la MÚSICA al cual pertenece. Y eso
son palabras mayores, pienso.

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