Press "Enter" to skip to content

Orgías pantagruélicas (segunda parte)

Yendo al grano, sin más rodeos ni adornos, las cenas de Nochebuena y fin de año y la comida del día de Navidad, todos estaremos de acuerdo, que son las mayores ORGÍAS PANTAGRUÉLICAS, así, con mayúsculas, que todos, o casi todos, esperamos y practicamos de todas las que nos vemos involucrados el resto de año.

Llegan precedidas por semanas, incluso meses, de preparativos y estrategias de diversos tipos, en donde varias cabezas pensantes van perfilando, con mejor o peor criterio, los detalles que se moverán alrededor. Importante acordar el lugar de encuentro que, aunque normalmente recae sobre la casa de uno de los miembros mayores de la familia, abuelos fundamentalmente, hoy en día los hay ya que estiran presupuesto y buscan lugares aún más neutrales, como casas rurales u hoteles, en donde las posibilidades de una retirada a tiempo, en caso de tempestad, crea menos dificultades y compromisos.

El que más y el que menos suele preguntar en algún momento la cuestión clave: “¿Y este año quién viene?”, incógnita no exenta de polémica, pues cada cual sabe quién le apetece tener al lado y a quién no le importaría que faltara con cualquier excusa vulgar. En base a la respuesta a la fatídica pregunta  puede aconsejarse un mayor o menor despliegue “armamental” tipo Kalashnikov de risas, machete gestual, bombas irónicas o alguna metralleta de respuestas ingeniosas por la paz, sin descartar siempre llevar el chaleco antibromas pesadas que tan desgastado está después de tantas navidades. Con suerte, el frente estará abierto por un solo ala de la mesa si se sabe uno situar, pero si la cosa se “endurece” las balas silbarán desde posiciones dispares que nos pueden llevar o bien a declarar la guerra abiertamente, o bien a una retirada digna que todos sabrán apreciar y agradecer.

También, es justo decir, que hay veladas planas, sin disonancias, reproches ni bombas lapas en la sopera, que discurren plácidas sin manchar mucho el recuerdo.

Un tema siempre complicado de acordar es el menú de cada comida. Una de las prácticas habituales es el “que cada cual traiga algo” que, como no esté muy bien coordinado, acabará en platos de jamón y queso para todo el bloque, cajas de langostinos, sin los cuales no hay ágape que se precie, para montar un criadero, pavo en todas las recetas pensables, pescados enormes en iguales bandejas que luego no suelen coger en el horno de turno con el consiguiente primer brote nervioso, por no hablar de los postres que, cuando se van colocando en la cocina a la espera de su turno, terminan por invadir la despensa, el cuarto de la plancha, el de invitados y, si me apuras, hasta la tapa del bidé. Ni que decir tiene que el volumen de botellas de sidra, vinos en todos sus colores, cervezas y licores espirituales suele llegar casi para pedir el alta de la casa como bodega improvisada de interés turístico.

En otras familias la carta la confeccionan entre varios para evitar despilfarros y ganar algo de coherencia “teórica”, pues la práctica es discutible. Esos organizadores, en el 99,99 % de las ocasiones, suelen ser la parte femenina, a las que se les achaca un mayor entendimiento y reparto en esas decisiones. Ahí ya se elabora un menú para cada reunión y se reparten las elaboraciones entre las “voluntarias” que se centrarán en lo pactado sin apenas salirse del plan, aunque siempre habrá quién improvise sorpresas pero en orden comedido. Esta opción no está tampoco exenta de sobras que sin duda llenarán frigoríficos para su consumo en días venideros, los “restos” se suelen llamar que se repiten como eco en precipicio.

Entre los preparativos también se encuentra el intentar traer por narices, le apetezca o no, pueda o deje de poder, a todo miembro residente fuera de la ciudad de encuentro, siendo muchas veces un auténtico martirio y fuente de ansiedad para el protagonista el derribar todos los obstáculos que pudieran mandar al traste su presencia en la mesa. No son pocos los que llegan a hacer locuras en horas de coche o pagar fortunas en transporte público (en esas fechas todo se dispara) por lograr el objetivo de posar en la fotografía oficial de esas fiestas junto a sus seres queridos, arriesgando, si hay reserva con antelación, a que cualquier imprevisto ocasione un cisma económico y/o familiar que lo “condene a galeras” hasta que recomponga su imagen.

El bullicio que todas estas reuniones y fiestas genera no es del agrado de todo el mundo, incluso hay personas a las que les produce cierto repelús al identificar estas fechas con sensaciones tristes, con agobios de trabajo, relacionarlas con hipocresía o recuerdos de seres queridos que desafortunadamente ya no están. Todas las opiniones son respetables pues a los que les genera tristeza no pueden ser obligados a simular alegría; los que trabajaron por los demás sin que nadie reparara en ellos durante años también tienen su límite, y es de justicia que no quieran experimentar más por si repite el proceso; los que rechazan tanta exaltación de cariños y amores, junto a innumerables buenos deseos, en tan corto período de tiempo pueden cuestionar el por qué no ocurre el resto del año, incluso desconfiar de esas palabras que le dedique alguien cercano.

Confieso que yo sí soy un enamorado de la Navidad. Me encantan los villancicos, los valses, las calles iluminadas, montar el Belén y hasta el importado árbol, acudir a la Cabalgata a coger un caramelo al aire para luego comérmelo, a pesar de que siempre me toca el de cola. Me gusta la musiquilla de los niños de San Ildefonso, el día 22, ignoro por completo el mensaje del Rey aunque siempre está puesto en la tele, soy de 12 uvas en su tiempo y de roscón el día 6, de regalo de Reyes y me encantan, aunque eche de menos que se repita más, las buenas caras que se le pone a casi todo el mundo.

Obviamente, estoy a favor de estas orgías pantagruélicas siempre de difícil mesura. Hay que sentirse afortunados por poder disfrutar de ellas, por agobiarse gratamente con la excesiva afluencia de personal lo que da mucho juego para intentar llegar al orden en medio del desorden.  Siempre recuerdo la anécdota, en una Nochebuena, donde yo era el encargado de bajar las bolsas de basura que me iban diciendo para desahogar la cocina, sin echar más cuenta pues entendía que quién me señalaba el objeto a tirar ya había controlado su contenido. Al día siguiente, en la comida de Navidad, echamos de menos una bolsa que contenía todos los langostinos cocidos que formaban parte de los entrantes y que seguro estarían mezclados en el contenedor con los desperdicios reales. Desde esa Navidad no falta quien tenga a buen recaudo lo que sea útil en cada ágape para que no se repita el numerito, no dejando de recordarse, con cierta sorna, que fui yo el que los tiré.

Afortunados hay que sentirse por poder sentarse y compartir con la familia no ya sólo viandas variadas a volúmenes desproporcionados, si no también charlas, anécdotas, brindis, aguantar a los críos en fases que tú ya superaste hace tiempo, escuchar las mil órdenes de la suegra, a tu cuñado que no ves en todo el año y te vuelca la copa encima, sorprenderte con los que aún están en edad de crecer y siguen en ello, bromear haciendo el pamplinas para sacar sonrisas y, si acaba uno con un punto de chispa, sin llegar a resoplar entre confetis, el objetivo lo habré alcanzado sin aspirar a mucho más, sólo a que el año siguiente podamos repetirlo con las mismas ganas.

Siempre me acuerdo de quienes no tienen esta oportunidad, porque no pueden, porque no quieren, porque no les gusta o, simplemente, porque no tienen. Sólo por ellos deberíamos pararnos a pensar si merece la pena encontrar algo malo en estas reuniones que muchos gozamos, pues seguro que el talante con el que programaríamos estos eventos sería siempre positivo, nunca negativo (puff, ha sonado como un entrenador de fútbol holandés de cuyo nombre no quiero acordarme).

Yo soy de los que siempre asistiré, me iré de orgía pantagruélica familiar mientras me sigan aceptando, a donde esté acordado, intentando que ese rato sea un tiempo agradable, que es de lo que se trata. El que tenga la posibilidad, que vaya, que guarde todo mal pensamiento, coma y beba lo que le apetezca, pueda y/o quiera, baile, cante o calle. Pero que no se guarde ni una sonrisa, al menos al principio.

Be First to Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies