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El escalón del olvidado

Hoy volví a pasar y allí estaba. En el mismo sitio de siempre desde hace ya más de dos meses. Eso sí, sólo lo veo si paso antes de las ocho de la mañana, aún a oscuras, Después nunca está, o al menos yo nunca lo he visto. Hablo en masculino pero realmente no sé quién hay allí debajo, nunca vi su cara.

El escalón pertenece al ventanal de un local, medio
panadería medio cafetería familiar, de muebles de madera, cuadros colgantes en
las paredes pintadas de colores cálidos que invitan a sentarse en familia, o
con amigos, para disfrutar de una tertulia relajada ante una taza de té, café o
chocolate y pastas artesanales. Supongo que esto no hace más confortable el
escalón pues sigue estando en la calle sufriendo las inclemencias que el tiempo
depare, que en estos días no es precisamente de playa.

Está en mitad de una vía transitada por mucha gente, en
donde nadie para a preguntar nada. Yo tampoco, lo reconozco. Me gustaría
hacerlo, pero temo el riesgo al rechazo que tantas veces supongo le hacen a él.
O a ella. Porque sigo sin verlo, o verla. Su cuerpo, siempre que paso a su lado
camino del trabajo, está literalmente sumergido en una vieja manta, cubriendo
el cuatro que dibuja sentado en el escalón. Unos viejos zapatos, o la punta de
ellos, es lo máximo que puedo llegar a ver de esa persona. A su lado, apenas a
unos centímetros de la manta, un carrito de ruedas, de esos que usamos todos
para ir a hacer la compra al supermercado, contiene todas sus pertenencias que
luchan por no escaparse por los muchos rotos que tiene la tela del mismo.
Sobresalen por arriba bolsas sucias cuyo contenido es toda una incógnita.

Imagino que tendrá un pasado, con una niñez mejor o peor, y
una trama de vida con muchos hematomas, en la piel y en el alma. Siento
curiosidad por saber su historia, por conocer sus sueños, si los hay, por
averiguar cómo llegó hasta allí. Soy de los que piensan que las cosas no
ocurren porque sí, que tienen su explicación, su sentido, que nada es fruto del
azar aunque así lo parezca. Sé que si te fijas en tu entorno, en los que te
rodean, en lo que te rodea, acciones, palabras, imágenes que se cruzan, alguno
de esos detalles pueden hacer que tu vida tome un camino u otro, Todos esos
factores están ahí, se te están ofreciendo como si de un escaparate se tratara
para que tú te pares a usarlos o no, y cuando decides una opción, algo comienza
a evolucionar en ese camino, en mayor o menor medida.

Por eso, que esta silueta haya aparecido en mi trayecto,
llamándome la atención sin hacer nada, despertando mi curiosidad sin motivo
alguno, haciéndome preguntarme tanto por quién poco habla, me aviva una alerta.

Quién no ha dormido alguna vez en sitios dispares,
anómalos, pero temporales. En cualquier sofá propio o extraño, en un sillón
horrible de hospital, en el suelo de un refugio de montaña, en la escalera de
casa esperando horas prudentes de llamar avergonzado, en un rincón de un bar a
medio cerrar, en la parada del autobús o en el banco del parque donde te
echaste a descansar. Y en muchos más lugares que nada tienen de originales pero
que suelen ganar algo en confort a este escalón.

Algunos días apenas reparo en la escena al pasar pues la
prisa, el estrés, ideas enredadas de familia y trabajo, el sueño atrasado o la
inopia clásica del transeúnte callejero hacen que, por desgracia, me olvide del
olvidado. U olvidada, recuerden. A veces caigo una vez pasado y vuelvo la
cabeza para confirmar la figura. No gano nada pero al menos me confirma “que
nada ha cambiado”.

Supongo que una vez despierte, si en algún momento durmió,
no irá muy lejos. Que a la luz del día, y ya sin la manta, nuestros pasos se
cruzaran en más de una ocasión por la zona sin decirnos palabra, sin saber lo
cerca que estamos a diario durante unos segundos. Nunca sabrá que pensé a
menudo en parar pero que nunca tuve la valentía de hacerlo. También me
reprocho, sin falta de razón, si no es una invención más de mi agitada mente
que necesita crear personajes alrededor de la rutina diaria para poder
desarrollar de ellos historias que contar, Sería demasiado egoísta, pero es una
posibilidad.

Sirva esta columna del escalón como homenaje al olvidado. En
cualquier caso, el escalón del olvidado da mucho que pensar, da mucho para
valorar y debiera de dar mucho para actuar. Prometo intentarlo.

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