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Ven a pudrirte conmigo

En una de las mañanas de estas pasadas fiestas dirigí mis pasos, en buena compañía, hacia la Cuesta de Gomérez que, para el que no conozca Granada, es la vía más bonita de acceso a la Alhambra. No negaré que tiene su pendiente, más pronunciada cuando se pasa bajo la Puerta de las Granadas y se adentra uno en los bosques que rodean al monumento, pero el encanto del entorno paga con creces el esfuerzo que haya que realizar por subirla.

Ascendemos entre las casas de esta parte judía, en época musulmana, del llamado barrio del Realejo-San Matías, por el casco antiguo de la ciudad, con sus talleres de guitarra flamenca, casas de no más de tres plantas, callejones estrechos y coquetos hoteles de localización privilegiada. Ya en el bosque, siempre es un placer para la vista contemplar la Puerta de Bib-rambla, impresionante arco que daba entrada a la plaza del mismo nombre y de la cual colgaban las orejas de los malhechores ajusticiados.

Llegados a este punto decidimos desviarnos hacia el llamado Carmen de los Mártires, llamado así en honor a los cristianos que sufrieron cautiverio en ese sitio en mazmorras árabes. Desde allí se pueden disfrutar de unas vistas magníficas de Granada así como de un paseo por sus amplios jardines que siempre guardan alguna sorpresa nueva que descubrir. En concreto, esta vez había una exposición de torres de cerámica repartidas entre los árboles y los senderos del parque que, en contra de lo que normalmente me parecen este tipo de arte, me encantó.

Salíamos de allí, comentando el agradable rato pasado, cuando nos fijamos en el muro de acceso al Carmen, junto a la carretera. Siempre había visto que tenía un par de amplios ventanales, con sus rejas, que servían también de mirador casi con la misma amplitud de paisaje que los del Carmen. En la parte superior de ambos había unas palabras trazadas a mano, de letra ancha, que en color y tamaño no desentonaban mucho con el ladrillo sobre el que estaban escritas. La primera de las frases, algo poética, no caló en mi recuerdo, pero al recorrer la veintena de metros que separan una ventana de la otra y leer la siguiente, la mañana ya tenía título y esta columna también.

“Ven a pudrirte conmigo” rezaba el mensaje. Un poeta urbano macabro, cargado de actualidad o realismo pesimista, invitaba a compartir esa descomposición a su lado. Hay tanta gente que podría firmar su autoría que da que pensar. Parados sin sol en sus lunes, mujeres maltratadas de sonrisa fingida, enfermos ignorados por no interesar económicamente su problema, maestros olvidados a su suerte que acaban sin vocación, sanitarios trabajando como máquinas industriales que van desprendiendo piezas por el camino. Y mientras, unos lloran por ser ministros o ríen como presidentes a todos los puntos cardinales de un hemiciclo semivacío. Otros defienden lo indefendible mientras al lado los hay anclados en el pasado más pasado para intentar hacerlo presente.

Y aquel mata por un móvil en la puerta de una discoteca, y éste quema los montes según dice por placer. Otra u otro secuestran a su hijo o al que nunca tuvieron y aquella o aquel blasfeman por una patria imposible que sangre derrama de forma gratuita. Y todos llenamos la tripa de los boquerones en vinagre de plástico puro sin importarnos nada, ni los boquerones siquiera.

Ven, dice. Y sí, iré. Contigo, sí, pero no a pudrirme ni a ver que te pudras, si no pelear por el vaso medio lleno que tengo la suerte de ver. De vez en cuando, una frase como esta, hace falta en la vida para pegarte la hostia de realidad que te haga pensar de nuevo y no permitirte estar acomodado. Imagino al artista de turno, con su bote de pintura y brocha gorda, animado por sus colegas a ritmo de la cerveza que falta en la litrona que se asoma adornando la reja. No le conozco, pero le agradezco el pensamiento para intentar que no suceda.

“Ven a pudrirte conmigo” no es mala frase para un epitafio sarcástico que más de uno fotografiaría, e incluso se haría un selfie de esos tan de moda. No sabemos hasta qué punto la proximidad de los mártires, o la cercanía de los aires fríos del cementerio de San José, pudieron influir en la inspiración. A nosotros, al menos, nos sirvió para iniciar el regreso a casa con una sonrisa que, supongo, será lo que el autor pretendía con su invitación pues, por más que lo buscamos, por allí no había ningún resto putrefacto. No permitan que nadie les empuje a cumplir con la proposición antes de tiempo.

¡Salud!

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