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Acordándome de ti

Camino ligero hacia casa. Son las ocho de la noche y regreso de trabajar después de estar todo el día fuera para evitar estar por la calle más de lo necesario. He decidido no comer a mediodía en casa, de lunes a viernes, y me ahorro unos 20-25 minutos de pisar aceras que ahora percibo con otras sensaciones. También me sirve para evitar miradas desconfiadas sin mediar palabras.

Recuerdo, mientras mis pasos rompen el silencio de la noche, el último 14 de febrero, viernes, cuando a eso de las seis de la mañana tomamos carretera, tú en tu coche con mamá, y yo detrás en el mío, cargados con muchas maletas y más ilusiones. Íbamos a cumplir un sueño, tu sueño. Por fin tenías un trabajo para tu recién estrenado título de enfermera. Sí, de acuerdo, a 500 kilómetros de casa, pero en lo tuyo. Así estaban las cosas y no nos importaba. Las condiciones económicas y el contrato indefinido nos habían sacado de unos meses duros en donde la incertidumbre nos hizo dudar. Y a ti te tenían nerviosa.

Sigo andando, recordando esos dos días. Recordando la niebla que pasamos por la Mancha, la parada en un servicio de carretera, la ilusión en tu cara que suplía el madrugón. Te recuerdo encantada con tu piso alquilado en un pueblecito de apenas mil habitantes, nerviosa cuando fuimos a husmear alrededor de la residencia de mayores donde iba a ser tu bautizo laboral. Me sonrío pensando en todo lo que paseamos en esos dos días, al hipermercado para acondicionar y aprovisionar la casa, por las calles de tu barrio que es como decir las de todo el pueblo por lo pequeñito que es. Lo acogedor que nos pareció nos dejaba tranquilos el domingo 16 cuando arrancamos y nos despedimos, entre lágrimas, pero seguros de que ibas a estar muy bien. “En un mes nos vemos en Madrid” pensábamos todos. Ya ha pasado y no ha podido ser.

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Una oleada de aplausos y gritos espontáneos me interrumpe momentáneamente el recuerdo, tu recuerdo. Son los que todos estamos dedicando estos días a la labor enorme que hacéis los sanitarios, médicos, enfermeras, auxiliares, pero también yo pienso que van dedicados al resto de colectivos que están tirando en estos momentos del país: limpiadoras, transportistas, ejército, policía, farmacéuticos y un largo etcétera que no quiero olvidar.

Y es así, hija mía, te ha tocado iniciar tu recorrido de enfermera en el peor momento sanitario que se recuerda. Nunca jamás algo tan pequeño como es un virus había amenazado tan seriamente al Planeta entero, o por lo menos a España. Y toda la alegría que nos transmitiste esas primeras semanas, esas buenas vibraciones que el equipo humano que te habías encontrado confirmaban un buen ambiente general, esas ganas de trabajar ayudando a nuestros mayores, todo eso se ha visto ensombrecido por una amenaza que desconocemos.

Y te siento tan lejos, pero a la vez tan cerca. Te siento presente entre nosotros, muy presente, pero con una distancia obligada que va más allá del metro  aconsejado. Siempre he estado a tu lado, con tu madre. Siempre nos ha gustado poder tener respuesta, dentro de unas posibilidades, a los imprevistos que os puedan surgir, a ti o a tu hermana. Pero esto…¡qué impotencia!

Acabo llorando, llorando de rabia, llorando solo. Llorando por tener las manos atadas aunque el corazón y la mente saltan. Para colmo escucho esa canción que se me ha metido en el sentido y que aún no he sido capaz de oír entera. Un vecino tiene un altavoz en su ventana y la pone a todo gas. Me paro, miro hacia esa ventana, recito la parte que conozco y coincido con ella: “volveremos a brindar”. Y ese día es por el que todos luchamos, con el que todos soñamos. Y ese día chocaré mi copa contigo, dalo por hecho.

Mientras, seguiremos leyéndonos por mensajes, oyéndonos por teléfono, viéndote un rato cada noche por videoconferencia, animándote a seguir “palante” como me gusta decirte, aunque seas tú más la que nos animes a nosotros con tu fuerza, tus ganas de continuar con tu deber con los mayores, peleando sin armas, casi desnuda, frente a frente contra un enemigo invisible que te ha hecho madurar con excesiva velocidad, presentándote a la muerte en su versión más cruel.

Te esperamos, te queremos y te admiramos.

Llego a casa, cierro la puerta e inicio el ritual de desinfección que hemos montado en la entrada. Cambio el talante por una sonrisa que sirve de mucho en tiempos de alarma, la mejor terapia.

Ahora te llamamos y nos sigues contando.

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