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El pavo es de los otros

Sentía una lámpara puesta sobre la cabeza, me pareció que los pollitos que mi madre criaba muchos años antes en una incubadora  debían sentir la misma sensación. Un hormigueo en el cuero cabelludo, una especie de calor que hoy asocio con el estrés. Algo parecido a soltarse el cabello después de una trenza tirante, o a la molestia que quedaba en la cabeza mientras contábamos, ya amigas, con cuántos pelos de de la otra nos habíamos quedado después de una pelea entre hermanas.

Era un domingo, día en que el ajetreo comenzaba desde temprano ayudando en la cocina, pasando los tallarines por la pastalinda y cocinándolos con calor de Tucumán junto al vapor de las ollas con agua hirviendo y salsas varias, porque a unos les gustaba con pesto, a otros con manteca y a otros con tuco y carne y a mi padre la variedad. Las preferencias se terminaban a la hora del segundo o tercer plato, cuando ya cualquiera era para el que pudiera.

Mi nona sentada a la diestra de mi madre en la punta de la mesa, con mi padre al lado casi-casi en la cabecera pero no, al costado y nosotros sin lugar fijo corriendo que falta la sal y después el queso y a la tía le faltan cubiertos y no pusieron el pan y quien habrá sido la inútil que puso la mesa y después la otra fuente y que apuren que esto se enfría y ya no es lo mismo como puede ser que todavía no aprendan con los años que tienen a poner la mesa como se debe.

Los cubiertos no se ponen juntos, el tenedor a la derecha y el cuchillo a la izquierda que barbaridad ese Hidalgo que no tiene principios y se portó como un verdadero calzonudo, ya te decía yo, Hugo que era un trompeta, un cobarde. Tenés razón Pocha, siempre fue un pusilánime, pásenle el pan a Doña Lucía, siempre metido en la iglesia o tras algún militar, ya entonces cuando lo dije públicamente el se calló. Andá nena traé la fuente con pesto que no me importa cuántas veces fuiste si te digo que vallas vas a ir y no me contestes y se terminó. Te levantás de la mesa inmediatamente que chica maleducada cada día está peor, andá vos nena por favor, todas son iguales si algún día las cambio por mierda seguro pierdo el flete. Te vas vos también, que falta de respeto tu padre no miente, podrá faltar a la verdad pero nunca miente porque una cosa es sin intención y la otra es mentir y mirame a los ojos cuando hablo, levantá la cabeza, de dónde sacan esos términos, en esta casa nunca se escuchó tamaña grosería y no tiene honor qué va ha ser un Señor ese, que para que te digan Señor hay que merecerlo cuidado con la salsa y sacá los codos de la mesa no van a aprender nunca quiere más Doña Lucía? Pocha servile a Doña Lucía primero los mayores esperá después te sirvo. Y acá es imposible hablar, hay que hacer varios intentos para que escuchen te tirás varios lances y si al tercero no acaparaste la atención de nadie olvídalo.

Este no era de esos domingos, era el domingo en que se me calentaba la cabeza como a los pollos de mi madre. Parecía que después de tanta penumbra el sol se metía en cada uno de mis poros y dolía…Pobres, preparando un pavo como en año nuevo porque había que festejar el reencuentro…yo volvía de no sabían dónde ni por qué, ni querían saber para que no diciéndolo no existiera.

Pobres, sentados, festejando el desencuentro. Nadie, ni yo sospechaba que ya nunca volvería a ser la que conocían, porque descubrir el infierno que solo los hombres pueden crear cambia a la persona, la mete en la peor de las cárceles, que es el miedo que no deja abrirle las puertas a la vida. Solo estuve en el campo de concentración del arsenal veintidós días suficiente para que la miseria de los hombres me haya sido revelada.

Muchas noches de insomnio después, lloré el miedo y la impotencia junto a mi padre. Se lo conté casi en secreto porque nadie debía lastimarse con el relato. Para que añadirle susto al pánico. Que cosa mi padre ahí abrazándome, tan libre, tan fraterno y tan igualitario, tan crédulo de la justicia y la democracia…no le alcanzaron las ideas para explicarlo. Inocente padre…es feroz la violencia del estado cuando se ve amenazado.

Alguna vez pensé que el dolor cesaría, que podría tal vez…

La mesa estaba tendida sin que nada ni nadie faltara y no había risas y nadie discutía. Y no había palabras que contaran ni oídos que escucharan. Y la soledad era infinita y el dolor era más. Y ese absurdo pavo yankee en la mesa con ananás y con cerezas y sin pesto ni manteca y sin salsa y sin historia…tan desconocido como todos los que nos sentamos a su alrededor a callar la historia.

One Comment

  1. Adriana Adriana 2 mayo, 2020

    Te felicito! tenès capacidades para contar!!!!!

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