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Ganas de verte

Ya ni sé cuántos días llevamos confinados, cuánto tiempo apartados de lo que era nuestra realidad, aquella que nos ha llevado a ésta, a este presente inestable, irreconocible, inesperado aunque mil veces buscado. Qué imbéciles hemos sido todos, qué bofetada nos devuelven y cuántas más nos esperan. La Tierra grita hace tiempo, un grito mudo, sin oídos que lo escuchen, ignorada, y ahora quiebra sus sentidos en una llamada de auxilio antes de no poder más.

Recuerdo esa última cerveza en nuestro bar de los viernes, inexplicablemente solos, con guantes negros que nos atendían temerosos de lo que ya venía. Hablamos, reímos, y paseamos un poco, para luego despedirnos citándonos otro día. ¿Qué día?

Recuerdo ese último abrazo, con 500 kilómetros por delante, lágrimas en los ojos de todos contentos por tu destino. El consejo de una nueva aplicación de móvil que luego resultó todo un éxito. y la promesa de continuar con ella en el próximo viaje. Madrid, ¡ay mi Madrid! Te quedaste esperando nuestra visita.

Recuerdo un vestuario de compañeros de afición, gritones, mal hablados, bastante brutos y toscos en sus formas, peleones en el campo aunque nobles en el trato. “Hasta el domingo que viene” nos dijimos, y pasaron uno, dos, tres y muchos más domingos. Y todavía ignoramos el domingo al que nos referimos.

Recuerdo nuestra ruta montañera, trazada para retomar de nuevo el gusto por la naturaleza, por el campo, por disfrutar del silencio del bosque sólo roto por el viento, los cantos de pájaros, los saltos de las ardillas por las hojas secas. Saldríamos temprano, como siempre, sin prisas, parando donde nos apetezca o el paisaje te lo pida, con tu inseparable cámara siempre dispuesta a captarnos. “En viernes mejor” acordábamos, sin saber qué viernes era.

Recuerdo lo que me costó convencerte de ir a Málaga para pasar el día a tu lado, comiendo juntos y reír como cuando éramos pequeños. Quedamos en aprovechar el buen tiempo para pasear junto al mar, pisando la arena con los pies descalzos como tanto me gusta. Sentarnos en el paseo esperando que se me seque la humedad del mar, porque no soy capaz de aguantar sin sentir la ola romper en mis dedos. Quedamos…y quedaremos.

Recuerdo que prometí ir contigo a Alhama, un pueblo granadino que tanto te gustó que insististe en volver para enseñármelo. Sus quesos, sus tortas, su iglesia, sus gentes que tan bien os trataron. Quedamos con más gente, y todo quedo aplazado.

Recuerdo los mil proyectos del libro recién publicado tras su puesta de largo en un pequeño escenario. Quedamos en hacerlo grande, con más presencia de gente, con más medios modernos, como algo más sonado. Soñamos despiertos los tres, conseguimos el primer paso y cuando creíamos tocarlo, el telón se echó de inmediato. Habrá tiempo de volver a izarlo.

Recuerdo la ermita en domingo, en misa mi madre y las miradas esquivas. Pocos allí reunidos que ni la paz compartían. Rezos por qué pasará, con temores simulados, comunión en la mano y salida sin despedidas. Hasta la vez siguiente creíamos que no tardaría. Ahora esperando estamos cuando se puede volver, sin noticias, o con malas de ellas.

Recuerdo el concierto programado, las entradas compradas, la oportunidad de ver a los que nunca antes pudimos. Habíamos quedado lo tradicional, con risas en medio del hablar de lo nuestro, cervezas para variar y mover las cabezas al ritmo de las canciones. Quedamos sí, ¿para cuándo? Quizás en otro lugar, quizás.

Tanto recuerdo que te echo de menos. Te echo de menos a ti. Sí, a ti. Y a ti, y a ti también. Y a ti que lo sabes, y a ti que imaginas ello. Y a ti lector, te echo de menos. Pero no por saber de ti, por leernos, vernos por videoconferencia o, lo que es peor, vernos presentes, bajo sospecha, con la tensión controlada para no molestar a esa distancia. Qué posición más extraña, tenerte cerca, a ese corto espacio, saber tus deseos, frenando mis ganas. Así no se puede, así no podemos, sufro inerte maldiciendo por dentro que te echo de menos. Persigo en pesadillas fantasmas sin tacto, con un fin agitado, sudando, soñando.

Todo parece tan lejano, como si fueran años pasados, como batallas de abuelos narradas con mimo por los más pequeños. No tienen edad para viajar y ya llenan sus maletas de duros recuerdos.

Volverán los abrazos, los choques de mano, los golpes de espalda y la sonrisa en tus labios. Volverán los besos, el tocar tu piel sin mal gesto, el arrimarnos a otro que echamos en falta. Ver tu mirada cercana, chocar nuestras copas con fuerza sin miedo al mañana. Volverán, sí, pero hoy todo queda pendiente con muchas ganas de verte.

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