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Una carta para el recuerdo

-¡Mamá, que el cartero pregunta por la abuela!-gritó desde la entrada Andrés, nieto de la interpelada mientras sujetaba a Sonia, su hija eternamente escapista cada vez que se abría la puerta.

Tardó la madre en volver, pero cuando por fin regresó al salón venía acompañada del jovencísimo repartidor que llevaba en su mano nerviosa un antiguo sobre sepia, muy castigado por el tiempo, en donde difícilmente se podía leer su destino.

-¿Doña Remedios Cabrera Méndez?- preguntó, casi en un susurro, cuando se plantó delante del sofá donde hacía años que la anciana veía pasar la vida sin un gesto ni palabra por la enfermedad avanzada.

Al ver que no se inmutaba, el muchacho le alargó la misiva para ponerla en su línea de visión lo cual, al principio, molestó a los presentes, pues nadie osaba importunarla para no generar los cuadros de ansiedad respiratoria que en ocasiones le asaltaban. Pero esa incomodidad tornó en sorpresa al comprobar cómo los ojos de la nonagenaria se quedaron fijos en aquella letra, tragando saliva un par de veces, para dejar escapar una lágrima que corrió por su mejilla hasta caer al vacío.

-¿Qué pasa, abuela? –interrogaban todos mientras intercambiaban miradas de ella al joven y viceversa.

La carta no tenía sello, ni remite. Apenas quedaba rastro de quién la envió y la solapa de cierre aparecía abierta. Abierta una y mil veces a lo largo de muchos años de espera, de búsqueda, de preguntas sin contestar. Los únicos que algo entendían eran ellos dos, el cartero y la abuela. Fueron momentos tensos, de dudas, con alguna advertencia amenazante que detuviera los pasos del emisario si en aquello había maldad alguna. Pero los dos seguían a lo suyo, a no perder la más mínima fracción de aquel acontecimiento esperado por una y luchado y defendido contra quienes nunca creyeron por otro.

-Llevo dos años buscándote, Remedios –le dijo el cartero-, y quería dártela en mano. No he descansado en encontrarte con el único temor de que ya no estuvieras. Hoy venía con la última esperanza que me quedaba, con la última pista que agotaba. Esta carta ha estado conmigo todo este tiempo y en no pocas ocasiones me han tomado por loco. Con tu lágrima sé que me ves, que me oyes, que encuentras la respuesta a muchos años, a muchos sueños que quedaron. Como ves, el sobre viene en un pésimo estado, pero su interior lo compensa. Perdóname si en este tiempo no te he encontrado, si no he podido aguantar la tentación de mirar su contenido, de leer y releer miles de veces buscando un camino. –Se arrodilló ante la señora, tomó sus manos bajo la alerta de hija y nieto, y depositó con sumo cuidado el sobre entre sus dedos -. Yo ya he cumplido. Ahora toca que cumplan contigo.

Sin decir una palabra más se levantó y regresó sobre sus pasos por donde había venido, sin más despedidas, sin más miradas atrás que empañaran el recuerdo que aquella carta seguro le dejaría.

La abuela era incapaz de retirar la mirada de aquel vetusto sobre que al parecer tanto valía. Andrés, su madre Ana, incluso la pequeña Sonia, se mantenían expectantes, incrédulos de los sentimientos que Remedios había dejado aflorar. Su enfermedad la tenía maniatada, no solo de pies y manos, sino también de voz y palabra. Su mente volvía algunos ratos pero desaparecía de nuevo para quedar en blanco. Se había dado por vencida en la Tierra aunque mantenía una fe secreta, una ilusión íntima, una creencia en que llegaría una señal aunque fuera en forma de carta.

-Mamá, ¿qué es eso? ¿Qué esa carta? –preguntó Ana con cierto temor de no ser contestada, de no obtener respuesta como tantas y tantas veces en los últimos años. Preguntó y esperó. Se armó de paciencia a su lado, retomando la posición que el joven había adoptado, arrodillada, dándose cuenta de lo poco que esos acercamientos había practicado asumida, como tenía, que aquella era una labor perdida. Y perdido era el tiempo, mucho tiempo, que había dejado pasar a pesar de lo que dijeran unos partes médicos. No sabía por qué pero intuía que aquel instante, aquella carta, podía ser una mano a la que aferrarse. Y seguían cayendo lágrimas mientras ella pasó, con extrema delicadeza, sus manos bajo las de la anciana -. Mamá, ¿qué es eso? ¿Qué esa carta?- repitió sin parar de acariciarla.

Remedios levantó los ojos del sobre y los fijó en su hija. Hacía tiempo que no se tocaban, o al menos con una caricia. Se sentía lúcida aunque nerviosa por tanta espera. Reconocer la tenue letra que se adivinaba en el sobre había sido la mayor alegría que en 63 años había tenido. Había esperado esa carta todo ese tiempo y, aunque resignada ante su próximo final, nunca la dejó de esperar. Sonrió al desconcierto de su hija y, poco a poco, pues hacía mucho tiempo que no lograba un movimiento claro, depositó en sus manos el sobre, su nuevo tesoro.

-¿Lo abro? ¿Quieres que lo abra? –preguntó Ana algo sobrepasada por los acontecimientos.

Sin hacer nada, Remedios decía sí con su mirada lo que provocó cierto temblor en las manos de su hija. Miraba el sobre y, a pesar de desear conocer su contenido, dudaba de lo acertado que sería saberlo. Leyó nítidamente el nombre escrito de su madre, con su ciudad debajo y un “España” al lado que creaba incertidumbre. Se notaba que ese texto había sido repasado varias veces con sumo cuidado para no perderlo, pero nada más se podía encontrar en él. Ni sello, ni remitente, ni estampilla de correos, ni ninguna otra pista. Miró de nuevo el cierre roto, que ya no dejaba confidencialidad a su interior, y extrajo lentamente una cuartilla envejecida, doblada por la mitad para guardar una fotografía que cayó al suelo antes de que Ana pudiera evitarlo. La misma, al quedar expuesta hacia arriba, la reconoció Remedios de inmediato antes de ser de nuevo recogida por su hija, que la contempló rodeada de Andrés y Sonia.

– Es uno de los viejos bancos del parque – confirmó Andrés-. ¿Y esta pareja…?

Todos quedaron enmudecidos tras comprobar, sin nadie decir nada, que aquellos dos jóvenes que aparecían sonrientes a la cámara eran la abuela y el que aquel entonces era su recién estrenado esposo. Los ojos de la anciana seguían llorando, pero ese día era de felicidad.

-“Todos mis sueños son siempre contigo en el banco donde dejamos nuestros corazones. Te querré toda mi vida. No me olvides” Sidi Ifni, 1957 – leyó con voz entrecortada Ana mientras se daba cuenta de que aquella era la despedida que nunca tuvieron ella ni su madre. “Desaparecido en combate” fue la única respuesta que obtuvieron todo el tiempo que preguntaron. Hasta que dejaron de hacerlo.

Andrés abrazó por detrás a su madre extendiendo sus manos para unirlas a las de las dos mujeres que temblaban sosteniendo aquella postal. Afuera el día era espléndido, invitaba a pasear y aún quedaba tiempo hasta la hora de comer.

-¿Queréis que vayamos al banco? – propuso sin esperar respuesta.

En seguida los ojos de Remedios se iluminaron, se abrieron de par en par confirmando que no deseaba otra cosa más que volver a ese lugar, aunque fuera un pequeño rato que sirviera para cerrar una espera que nunca confirmó su viudez ni la orfandad de Ana.

Con la emoción atenazando su garganta, y cierto desconcierto por el efecto positivo experimentado por su madre, condujo despacio la silla de ruedas de la abuela en dirección al parque, no muy lejos de donde vivían. La miraba desde atrás y la notaba atenta, curiosa, con la cabeza alta como antaño, sonriendo a las bromas que Sonia le proponía y sin soltar, en ningún instante, la vieja fotografía. Andrés las miraba a ambas consciente de las circunstancias, de la angustia pasada, pero contento a la vez.

Llegaron hasta el vetusto banco, hoy atacado por los años y el poco cuidado de la gente. De nuevo afloraron las lágrimas. En esta ocasión en ambas mujeres que intercambiaban sus miradas a la vez que contemplaban el símbolo del recuerdo. Del recuerdo de Alfonso, un marido perdido, pero también de la falta de recuerdo en un padre no conocido. La mezcla era agridulce.

Levantó Remedios la mano con muchas dificultades. Señalaba hacia el respaldo de madera del asiento sin poder llegar a expresarse. Tras varios intentos de comprenderla, rodearon el banco buscando aquello que reclamaba. Cuando llegó donde quería, Remedios fijó la mirada en un punto del mismo. Asentía contenta, embelesada, invitando al resto a contemplar dos viejos corazones entrelazados grabados en la madera, uno con la letra R, de Remedios, y otro con la A, de Alfonso.

One Comment

  1. MARÍA JOSÉ MARÍA JOSÉ 4 enero, 2021

    ¡Qué relato! ¡Madre mía como llegan las historias de verdad! Muchísimas gracias por escribir así.

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