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Un café

Din-dong, din-dong, din-… Queridos hermanos… dong…

Se confundían las pisadas rápidas huyendo del agua y las extrañamente rítmicas gotas de lluvia en la silenciosa monotonía de la calle. A un lado y a otro del río empedrado, las aceras, iluminadas por los carteles publicitarios de cafés, eran desiertos de riadas que morían, como las vidas, en la calzada abandonada. Justo las ocho de la tarde… aquí reunidos… y ni un rayo de sol. Se apresuraba la gente a responder a llamadas de campanas, congregación de creedores bebientes, ya apenas quedan sitios libres en las bancas. Todos resueltamente reunidos en torno a una vela y tres tazas humeantes que paliar puedan el frío.

Luces semidesnudas ondeando en techo danzante al tenue fulgor de las llamas envueltas en grisácea túnica de humo ceniciento de tabaco tejido en el aire enclaustrado del local, irrespirable, y sus intermitentes iluminaciones, un cúmulo de palabras y nombres sin orden ni propósitos se mezcla y se dispersa, exabruptos alcohólicos de los grandes iluminados en pequeño rincón oscuro, al margen de todo neón, aceite o corriente de eléctrico sol artificial, pagano Rá, pues así está escrito que lo era. Sus tres eminencias cantaban descompasados una música no oída por nueva mas siempre repetida por eterna, lloviendo en divinizaciones, reverencias, elogios, aplausos, tímidos aplausos, indiferencia, silbidos, insultos, irreverencias, satanizaciones hacia uno u otro autor de sea cual sea desinteresante libro u obra canonizada y de culto rendida por unos, perseguida y vilipendiada por otros, comisarios impunes de Inquisición, Santa sea por siempre y jamás. Amén.

De estos tres personajes la singularidad en propiedad para cada cual tomaba forma y a sus cuerpos se amoldaba, haciendo de cada uno un único individuo mas inservible como otro cualquiera que conforme el más bajo estrato social que amén siempre será el proletariado, por suerte asalariado. De todos ellos uno disfrutaba del calor luminescente de (¡oh!) su propia iluminación: bombilla colgada enfrente, aunque atenta dibujada en su frente. Hacíase llamar G. Espino, moreno como la hulla, gesticulaba bufando retorcido humo por la nariz, afilada y prominente, sombreando un pírrico bigote y barba de tres días, y defendía con vehemencia la calidad patente de los grandes autores contemporáneos que de tan buen grado satisfacen la primera y última necesidad de un iletrado lector, no obstante para distraer y divertir nos fue dado el don de la palabra, engañabobos. A su diestra, espigado como la muerte y de amplia frente despejada, J. Spica argumentaba en contraposición la distracción y el divertimento que ya de por sí nos son otorgados con la vida, alegando de este modo una defensa para las obras de antaño, grandes pensadores, poetas y fornicadores, perseguidos y despreciados por su condición de artista, no por su fornicación y, más correctamente, violación del bello lenguaje y su permanente poética prosa. En medio de ambos combatientes, a siniestra y diestra respectivamente, en un silencio observador se mecía el tercer figurante de esta algo opaca escena, Támesis perdido en tus aguas ahogado por la niebla, callado no porque no ansiaba de cosas decir, sino por haber visto su turno recién terminar, aquel de la oposición diputado por ello ignorado, y así aprovechaba para refrescar sus labios en té amargo. De grandes ideas y conocimientos pavoneábase este como A. Infante conocido, mas sus pensamientos se fueron como con el tiempo marcha el adiós, conforme se cargaba el ambiente de constantes e inacabables apelativos desacreditadores y maledicentes de tal a tal contrario que no en vano se querían y amaban como grandes amigos y enemigos, no por esto su enemistad o divergencias de ellos reconocidos.

Fluyendo en torno al altar, las palabras de uno y otro lado caían rendidas en torno a la triste figura aquijotada, impertérrita a lo que en el mundo pasaba, girando bajo sus pies, en torno a él, ya que sólo a su dolor y sufrimiento en su agonía puede centrar su atención, político en vida crucificado, rey de los más odiados. No claves en mí tus garras, no claves en mí tus púas, pues ya estoy de mis manos y pies atravesado. Caso omiso; Espino escupiendo sus púas de erizo, puerco en cada comentario picando como el tallo aguijoneado de la rosa, zarzas de cardos en ataque sacadas de carcaj y directas al blanco tras tensar y soltar el arco. Cada flecha trazaba un ángulo tal que en su camino demolía toda hoja no escrita con posterioridad a los inicios del siglo veinte, destrozando a finos sablazos cada línea y verso nacidos en el período comprendido desde los escritos de Berceo hasta los principios psicoanalíticos de Freud de postrimerías decimonónicas. Todos apuntaban directamente a la cabeza de aquel intensamente influido por el yo naciente en principios del recién abandonado y casi ya olvidado siglo, que no obstante en encrucijada se veía por escasa importancia que daba a los Shakespeare y Cervantes, Quevedo y Dante, no por escasa era para Espino poca, sino bastante bazofia a la que atenerse una moderna mente que de modo matemático ha de leer y escribir un libro, aunque de esto negase blasfemando y clamando al cielo su contertulio oponente.

Su ataque dirigíase ahora a todo aquello que como ensayo psicológico o mental, ya sean dudas peripatéticas, de la pura razón o de la afamada estufa, ocupaba el tiempo malgastado innecesariamente por aquellos a los que la filosofía les parecía un buen plato del que poder gozar diariamente se podía, por no decir los aburridísimos ensayos de teorías sexuales, pues el sexo, más que una teoría, es así mismo un goce y siempre lo será, mucho más que el proporcionado por los escritores y los desocupados filósofos, platos de lentejas por decir una cosa consabida. En este mismo punto en que se elevaba el tono de la discusión, a punto de llegar el clímax, el texto de la página de sagrada escritura se acabó y los pringosos dedos del dador monaguillo ayudaron a pasar la vetusta y amarillenta hoja. Monaguillo, con pajarita y frac de pingüino de olor a ricino y untuoso tacto de aceite preguntó, pues este su oficio más digno de todos era, si a sus mercedes debía de volver a escanciar o si en Caná ya habían obrado los milagros del señor llenando las vacías tazas con el suavemente oloroso café colombiano, traído exclusivamente de altas praderas por primitivos indios, aún a falta de mil quinientos años para obtener su nuevo estadío de indígenas esclavos, siempre en mismo estrato pero con nuevas y suculentas ventajas. A su pregunta los tres respondieron que en ese momento todos bien servidos estaban, pues el sermón y charlatanería que resonaba en bóveda y paredes distraía la atención y apenas si se hallaban sedientos; las tazas rebosaban frío espesor de café. Monaguillo volvió a su lugar y, tras pasar de página, el sacerdote comenzó a leer en voz alta, de cómo Jesús curó a dos ciegos, evangelio según san Mateo. En pie.

Iracundo Infante enhiesto ante Espino y espigado junco de estrechas márgenes de olvidados ríos, aún así existentes: aproximación de la literatura a la psicología aplicándolo todo al penal derecho de los beneficiados reos de tal blanda sistemática penal. Pues era sabido que aquel que habíase levantado ante el grito de la misa en las murallas del jardín babilónico de Derecho pasaba las mañanas, para mayor suerte de aquellas que cursaban estudios en este tan magnífico edificio, pues la facha del señor Infante no era desmerecedora de poder pasearse bajo los ciegos reinos de Nabuconodosor. Cada mañana, los cálidos rayos de sol golpeaban en sus cien puertas de bronce emitiendo tales destellos que hasta visibles eran por aquellos en cuyas manos estaban los destinos judiciales de esta tan vasta comarca del mundo, y a su paso despertábanse con gorjeos los pájaros cuyo nido en reino de grandes reyes estaba, y de este modo también levantábanse aquellos pensiles que con eterna lasitud dejaban caer sus brazos por pura vagancia y poca turgencia, derramándose en lágrimas de pétalos blancos a la apertura de los azahares en el antípodo mes de mayo. Y así, recordando su vida en tales reinos cuando era Siddharta antes de Buda, recordó cuán falso era todo aquello que él defendía, que Barrabás fue en libertad puesto a cambio del Redentor, que todo de dinero es este mundo y por él se mueve, y lloró por tal malgasto de vida y por su justa ceguera en tiempos procesales. Puede sentarse.

Tras la fatigada lucha de la infantería y el rendimiento del regimiento que la componía, pues dábase cuenta que no defendía sus auténticos ideales y que en toda sagrada escritura no debe de haber elementos judiciales, Moisés rompió las tablas sacras y con ella sus doce mandamientos convertidos en los siete pecados capitales. Pues no se ha de victimizar a todo un pueblo, haciendo de él una tragedia que bajo doce estrictas reglas deba de moverse en perenne amargura, tampoco asumir aquellas que como satánicas normas impuestas por la serpiente fueron. Esto con vehemencia J. Spica defendía, contrario a tal Espino se mostraba, como un ave en su esplendor apunto de caer sobre su presa indefensa. De todos sabido era que Espino tales normas defendía, pero era su fisiología la que seguirlas con rectitud no podía. Ah, él gozaba de aquel calor carnal que desprendía el almizclado abismo que toda hembra con más o menos pudor- se dan con frecuencia ambos casos- trataban de mantener oculto, por vergüenza al vergonzoso encuentro con un desvergonzado que desvirgar quiera a la que es virgen, y si no lo es tampoco en demasía importa, pues la memoria no es fiel y a veces juega malas pasadas, ¿pues no era María esposa de José, hombre que inexplicablemente mantenía su mente alejada del más primitivo y gozoso instinto que los homínidos hayamos en vida tenido? ¿O acaso pensará ser Hamlet, cuya Ofelia ha sido mancillada por su fantasmal padre y por esto a la demencia se entrega? Primer cornudo, primer psicópata. Entrega tu vida a la madera, pues en ella morirá aquel que fruto es de tu mujer mas no tuyo, vengativo. Asesino. Padre, he de confesar. Ave María Purísima. Cambia la erre por la te. Sin pecado concebido. Muerto en la cruz, sangrante. La sangre de la sangre viene: hematopoyesis. El zigoto viene de un óvulo y un espermatozoide. El esperma del ángel que vino volando. Pensamientos impuros. Por lo menos cien rosarios. Leer la Biblia , dejar esas cochinadas de publicaciones, sucias. Y no masturbarse. Amén.

Así debía Espino de ser atacado: cogerle por los testículos, sin soltarle. Demasiado listo, siempre se escabulle. Creo mas no ejerzo. Catequista liado con catequista. De la mima iglesia. Ya no lo soy. Era sólo una nueva experiencia. Contacto con los niños, pedófílo. Tal vez no. Aún así, debemos seguir unas pautas. Whitman en boca de J. Spica, poesía pura, ¿para qué seguir las normas? Tampoco las defendía Espino, pues su exclusiva atención iba dirigida a la prosa, el apestoso excremento de la literatura actual, respondió J. Spica. Infante y Espino se enojaron, pues de inmediato ambos en coprófagos se convirtieron, dos Gregorios Samsa, meneando sus patitas de escarabajos peloteros. Infante bufó pues de gran autor de gran nombre familia tocaba, pese al desconocimiento de la ignorante muchedumbre hispana, ante lo cual J. Spica rectificó con prontitud, pues en enorme estima tenía al progenitor de su compadre, cuya amabilidad por él se extendió a un libro prestado acerca de la Vida y Milagros de Cristo Nuestro Señor y Rey, y dijo que, como en todo y para todo, hay excepciones que confirman la regla. Y es que en medicina dos y dos no son cuatro. De tal modo se calmaron un poco los ánimos de estos tres contertulios enemigos.

No acordarme del lugar querría en que viven estas iluminadas mentes de plumas en tinteros, vetustos escudos e inexistentes carruajes. Una pinta de más cerveza que viejo whisky, pírrico tentempié por tapa, las más noches, sin cenar los sábados se acostaban, borrachos no de legumbres los viernes y algún frugal manjar los domingos, consumían buena parte de su maltrecha paga. El resto della no eran sino viejos harapos en abrigos, payasiles calcetines para no desentonar en coloridas orgías, con alpargatas similares, y entresemana consumíanse en frío porque abrigarse no podían. En sus moradas hallábanse madres gritonas y neuróticas, casi cincuentonas, bellas hermanas en la flor de la vida de no más de veintiún años, y de Infante hermano un mozo de balompédico campo que no será más mencionado en el resto del relato, tal vez porque el autor se olvidó de él. Frisaban edad común en los diecinueve años, nuestro hidalgo J. Spicano o Spicada de complexión recia era, huesudo y enjuto, casi pajarito, gran dormilón y enemigo de la batalla. Entre su fermosa vestimenta relucía con gran esplendor un dentado cuello de lana que defender del frío pudiera y de los del falcón Espino ataques, ¡fatáqueme, falcón fespino! Sufridos y violentos golpes recibidos, mostrando la inutilidad de su adarga antigua, no dispuesto en su acorazado traje, como él argumentaba, no quisiera la gorguera de Cervantes cambiar por la gola del Quijote, que no por ser de hierro y protectora se acomoda mejor al sufrido cuerpo. No obstante, enorgullecíase él de ser un pacífico hombre de letras, y como tal había de aguantar impertérrito semejantes puñetazos, guantazos y porrazos, chaparrón bajo techo incomunicado al exterior por externa calle de balsa, pantano de ciudad, cañerías para las ratas. Espino con astillero vacío portando su contenido con violenta predisposición de ataque, subiendo y bajando el brazo, sablazos, muere, Amadís, muere, Palmerín, agoniza en tu sangre ahogado, Caballero del Febo, vete de mis reinos, Cid, devuélveme Barataria, Sancho. No podía su boyante escudo defenderse ante tan elevado número de improperios acerca de las muy perjudiciales novelas caballerescas, por lo que J. Spica de Vivar tomó la decisión de espolear a Rocín y marchar rápido de las tierras de Castilla que Alfonso VI invitaba a dejar, pues era en este terreno de la espada y la andante caballería más fuerte la retórica de su contertulio combatiente.

En este preciso instante de nuevo terció Infante, ya que defendía ambas posturas con distinto punto de vista, dando equidad a las quididades que ambos mantenían, pues si cierto es que en mayor grado nos alimentamos de las últimas corrientes, no menos cierto es el hecho de que las piedras angulares siempre vienen a ser las mismas: tres o cuatro obras destacadas que suponen la llamada literatura con grandes letras, dentro de quinientos años sólo ella será recordada, y el oscuro siglo que aconteció tras los grandes conflictos beligerantes y la consecuente preponderancia de los cincuenta asnales estados americanos caerá en el más profundo olvido, apenas la gente sólo conocerá el nombre de una o dos obras, siendo fundamental una de mediocre calidad literaria pero cuyo luchador autor pasó a la historia como el pequeño masacrador de judíos, solamente desobedecido por otro igual de pequeño pero no menos terrorífico allá por las francas tierras de los Bajos Pirineos al norte de la tierra gobernada. Por vez primera Espino calló, mas no por derrota sino por empate técnico. El silencio otorga. Silencio. Pasó un ángel. Aleluya.

El monaguillo volvió a acercarse a las bancas, preguntando a la congregación si ya estaban satisfechos o si requerían algún otro favor. Viendo como el sacerdote había callado y ya nada hacía vibrar el ambiente, ocurriósele la idea de sugerir un mayor afán consumista a sus pudientes hermanos para así poder ayudar en cuerpo, alma y, fundamentalmente, dinero a aquella que por siempre y jamás fue su casa hasta que la muerte nos separe o las deudas te lo impidan. Ellos negaron con la cabeza: un café son tres y no seis, entonces serían dos. Volvió monaguillo a su puesto junto al altar, se encendieron dos cirios humeantes y el cura recomenzó el sermón para mayor goce de los tres contertulios y bélicos enemigos.

A lo sumo deberían de verse con cierto aire narcisista, no demasiado pues caerían en grave error, graznidos desconocedores de Eco, tan inalcanzable ninfa como otra vulgar prostituta que anduviese en sus perennes e inmanentes subconscientes, inconscientes narcisistas secundarios sin trascendencia, más bien primarios. Aquel al que sus contertulios llamaban por gracia divina en mezcla de nombre y apellido acordábase del sueño que mantuvo con aquella bella dama de su facultad bailando en Rialto en forma un tanto erótica e indecente, mas decente en sus oníricos deseos, que todo siempre queda en su inconsciente, Venecia helada, no sus genitales, palpitantes. Era lo más cerca que había tenido de sí a una mujer de tal calibre, sin contar las veces que, con su cierto encanto, llamado morbo sexual por algunas, habíase rodeado de tan bella pléyade de inmaculadas rosas que más quisiera el Sha configurarlas en su acaramelado y pringoso harén. Mas J. Spica no confiaba de aquellas cuyo bienestar hallábase en su desazón y desdén que no era otro que el amurallado reino de Medicina, aquel que separaba el silencioso reino de Hades de los aullidos y lamentos que Zeus encontraba en sus vastas e inmensas tierras. Fuera de esta casa reina el desorden y el caos, el gran marasmo social, la hemiplejía de la que todos formamos parte, todos imitando a todos. Bienaventurados sean nuestros imitadores pues ellos heredarán nuestros defectos. Todos y cada uno de ellos. Sin excepción. Amén.

Narcisos y Espinos, Reyes e Infantes, Juncos y Espigas, todos admirábanse de los demás, sin complacerse, pues ya a estas alturas quien no se dio cuenta de que la más fuerte amistad surge del rencor y la envidia, términos ambos que confluyen en la eterna sinrazón de llevar siempre la razón, sin discusión. Y justo en este momento de sueños y fraternidad, despertaron todos de sus halagos y pacífico estar, pues llegó el cuarto sujeto a dramatizar más el cargado ambiente, de nombre F. J. y apellido Fardo, hombre de corpulenta complexión y huraño pelo largo, cuyo amor por los libros era similar al fraternal entre Caín y Abel y cuya enorme corpulencia huía de manera sobrenatural del humo de los cigarros, habiendo inundado hacía ya rato el paladar de los conversantes (a excepción del de Infante) con un insípido sabor a moqueta acartonada. Los tres mosqueteros alegráronse de por fin ver a sus más fiel amigo D’Artacán, y tras el breve y pertinente uno para todos etc. desenvainaron armas y prestos se posicionaron al final ataque que ya se acercaba, pues al toro sólo el estoque le queda a falta de puntillazos y ya estamos rondando el primer aviso, que tres veces cantó el gallo antes de que Pedro negase también por partida triple a su gran redentor muerto de humillante forma trágica. Pero resucitó. Y los demás están muertos. Oremos.

Fardo no tomó sitio, únicamente exhortaba a sus compañeros a dejar el claustrofóbico lugar, él ya había hecho Comunión y Confirmación y estar en lugares como este a él le daba bastante grima, ya que lo que le quedaba solamente era la Extremaunción , y no la deseaba con prontitud, o, como única solución, incluirse en algún programa seminarista, lo cual tampoco miraba con buenos ojos pues no era el espíritu eclesiástico el que más le movía, sino otro del cual Espino acordábase en ese preciso instante, objetando a Fardo que no podían marchar hasta que de los cielos bajase su amada con la que él esperaba verse en breves instantes, si no se hacía de rogar. Invitó entonces a su compañero a sentarse, rehusando éste por no encontrar silla donde tomar asiento, indignado por su cansancio tras larga y mojada caminata por lluviosas calles. Los tres ocupantes, en lugar de desocupar un lugar para su amigo, olvidáronse de él y prosiguieron con su discusión de contertulios enemigos de muerte.

Tras exponer de forma abierta su sentimiento narcisista, Spica tuvo que aguantar de nuevo el ataque de Espino, cada vez más bélico, pues recordaba a su oponente, que de sentirse Narciso sólo él podía, ya que las bellezas que el harén del primero habitaban estaban tan solas y aburridas que necesitaban de alguna otra nueva diversión, mientras que sus rosas del jardín eran regadas por él casi todos los días con esmero y amor, y eran tantas que debía de hacer un nuevo censo cada seis meses, dándole esto un serio problema de espacio del lugar donde las alojaba, ya que podían incluso morir asfixiadas, tantas había para tan poco espacio. Regodeábase ante Espino de que incluso en ese momento esperaba la próxima presencia de una de ellas, su favorita, a lo que Spica respondió que no todas ellas eran dignas de su admiración, y defendía que antes del número de concubinas debía de primar la calidad de estas, no sólo física sino mental, pues han de dar más juego del meramente sexual. Infante repuso que su condición era no de aumentar número sino de mantener la calidad en pocas de ellas, a lo que Fardo y Spica asintieron con gran fastuosidad. Espino, viéndose rodeado por ambos lados, obró una de sus más famosas y glorificadas tácticas: cambiar de nuevo la materia de conversación, pues ésta le llevaba al prematuro fracaso, pese a estar de acuerdo con su propia teoría. Para ello utilizó el más peligroso objeto de cualquier charla: el futuro en base al éxito presente. Y comenzó a lidiar.

Inició su exposición con el espinado tema del ámbito universitario: todo lo que nos puede dar. En un santiamén, dejó constancia de la inutilidad de los métodos pedagógicos utilizados en ciertas áreas facultativas, como el caso de la medicina completamente empírica sin práctica o el derecho que se desmorona en cada juicio dado o al intentar hacer justicia, y de un plumazo se derrumbó aquello por lo que Spica e Infante pasaban su vida estudiando. Para colmo, recordaba a ellos que su inclusión en el mundo de formación profesional le dotaba de una mayor cantidad de tiempo ocioso que dedicar a sus verdaderos placeres, como tocar instrumentos musicales, tocar algunos instrumentos no tan musicales pero aún así femeninamente agujereados o escribir relatos que colocar en concursos para comenzar a abrirse un nombre dentro del mundo literario. Infante contestó que tal forma de gastar el tiempo no le iba a ayudar a encontrar un estabilizado futuro y Espino, furioso, lanzó un enorme improperio contra la mentira de la estabilidad en vida, aporreando la mesa con fuerza, a lo que un cuchillo situado encima de la misma saltó por el impulso y fue a clavarse en el brazo de Spica. Todos en pie. Sangrando profusamente, comenzó a aplicar sus inexistentes y deplorables conocimientos médicos y, a duras penas, cortó la hemorragia mediante un bien apretado torniquete, que a su vista pareció perfecto y sirvió para que su orgullo se hinchase y negase, con aires de pavo real, todo lo que Espino había anteriormente relatado. Pura suerte, dijo éste escuetamente. Su mente se retorció un poco más y tomó una nueva perspectiva desde donde dar el golpe de gracia a su sangrante contertulio, mas aún viviente.

Con el objetivo de ser un día poetas, ser del pueblo profetas, nunca entre agresivas masas de su tierra, desterradoras, animaban el diálogo reconvertido en sus postrimerías en un sangriento y sangrante duelo con incluida sangría. Ataque voraz de Espino sin defensa acontecida de Spica, ataque en todos sus grados, psíquicos y sanguinolentos, ahora trataba de hundir la espada en el moribundo ternero. A suerte contraria decía, hiriente para no forzar descabello, las escasas participaciones del cornudo astado en vida pública y literaria resumíanse en apenas dos logros: uno un tal concurso a nivel de centrífugo y periférico barrio chabolero, otro un prosaico poema de comienzo "Sentado bajo la luz de la farola, etc." que refería el otoñal baño de oro en contraste con aburrida vida, y anotando descalabros tales como un certamen de jóvenes talentos de diez años en apenas una generación de esta ciudad. Mas creciéndose el novillo, tampoco divino cordero, joven moribundo se repuso y atacó al armado torero, hiriéndole de gravedad en triángulo de Scarpa, tres direcciones la cornada, arteria femoral rota, peligra la vida, un par de horas, pues recordóle al luciférico caballero, no tanto por demonio como por vestimenta, que tal prosaico remolino con orgullo derrotó a su confesión de la que tanto tiempo Espino alardeó. Ya quedó sin habla, ya quedó sin respuesta. Ya quedó la atmósfera descargada sobre aquella mesa. Tempestades pasaron. Silencio. Azabache, azabache el silencio. Pueden sentarse.

Monaguillo en blanco viene a cobrar lo que se le debe. Sorprendido por el escaso ruido y por el pringoso suelo carmín preguntó que era lo que allí aconteció, Sodoma y Gomorra, exorcismo en la sala. Infante propuso explicación, astuto, rápido, ocurrente y, sobre todo, acostumbrado a dar convincentes excusas, pero el creyente creyó ser la, por una vez y que no sirva de precedente, real anécdota, más mofa que disculpa. A punto estaba de mostrar su hostilidad contra la exquisita y extraña congregación para así excomulgarla, cuando las puertas de la iglesia se abrieron magnas de par en par trayendo consigo luz que rodeaba en celeste aura la testa de la nuera de Noemi, cuyo fruto de su fruto sería el Rey de Israel David. En pie.

Cantos de salvación. Hemos pagado, oh señor, hemos pagado. Con la sangre de tus hijos, oh señor, hemos pagado. Resucitó. Una golondrina atraviesa en exhalación las grises nubes de tormenta. Resucitó. Resucitó.

Con ganas y prisas, la hermosa dama se tiró literalmente encima de Espino, su amado y soñado príncipe que descendió de las nubes, Elías viene. Comenzaban a subir los decibelios en derredor, próximos al fin tan esperado, el sacerdote, con gran magnificencia exclamó: Daos la Paz, hermanos. Y así estos dos enamorados hicieron, sólo dándose la paz y no siguiendo con el deseado rito nupcial que ambos ansiaban por encontrarse en sacro lugar y ante el gran número de asistentes al acto, que de otro acto de carnales declinaciones no querían ser testigos ni dar de él fe, aunque sí se mostraban propensos y con sano y acertado juicio a realizarlo, eso sí, en absoluta intimidad, dos es compañía y tres demasía, aunque no tanto en ciertas orgías. Todo lo que se persigue en juventud, cuando los psicotrópicos de escaso valor inhibidores de sistema nervioso que son las alcohólicas bebidas no embotellan nuestras mentes. E incluso ahí.

Se levantaron Infante y Spica, Fardo los esperaba de pie con gran sonrisa, empapado de agua de lluvia con su paraguas en mano. Espino y su amada salieron los primeros del café, sin tan siquiera esperar una señal del sacerdote, tan grande eran sus impulsos y tan pequeños sus aguantes, sin esperar a que el cura dijese las mágicas palabras: Podéis ir en Paz.

José Luis Ballesteros Ramos.
Granada, 9 de Diciembre de 2002.

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