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Manos

 

En algún momento llegó a pensar que sería capaz de hacerlo. Pero no. Aquí continúa, observando esta masa de arcilla desgajada que se desploma ante él.

 

Cuando comenzó a notar las primeras molestias, su alma volaba tan alto que el dolor era  casi invisible, un simple roce en ese camino que estaba recorriendo a gran velocidad.

 

Una mañana fría se dirigió temprano a crear. La noche rara, muchos sueños, pocas personas, se despertó con esa extraña sensación de querer decir algo pero no saber qué. En aquella época estaba fuerte, y eso debió empujarle a entrar aquí sin ninguna idea preconcebida. O quizá en los sueños ya notó el primer calambre. Nunca lo supo.

 

Ese primer calambre. Plaga insolente en sus huesos.

 

Encendió la bombilla y se sentó, pero no era él, no eran sus manos, no los mismos dedos hoy alambres retorcidos, burla dura. Se acercó al pedazo de arcilla y lo comenzó a tocar, a acariciar, a deformar con esa suavidad firme que deshace sin querer, y un pinchazo trajo aquel agudo dolor a su dedo, a su mano. Paró. Le dio calor. Prosiguió y otro pinchazo, esta vez clavado en su garganta. No. Eso no. Las manos no.

 

Continuó trabajando en los meses siguientes cada vez con más dolor, círculo venenoso que comenzaba por la mañana y se cerraba al amanecer siguiente sin tregua. Nadie lo podía saber. Algunas noches se acostaba con la sensación de que ese visitante inoportuno se habría marchado a la mañana siguiente. Otras noches, las más, tenía la certeza de que se quedaba a su lado hasta que él deseara partir. En esos momentos la bebida, único refugio, adormecía su espíritu y posaba un manto caliente sobre su cuerpo, sobre sus manos, sobre sus huesos.sus dedos. Pero después volvía otra vez, y volvía otra vez a llorar de dolor, a llorar de rabia ante la arcilla deforme que le pedía caricias. Lágrimas sobre la amada.

 

La abandonó. La abandonó a ella, arcilla roja, amante amapola, querida del alma. La abandonó y con ella desapareció todo. Hasta enclaustrarse entre estas cuatro paredes con olor a tierra húmeda. Sólo con el dolor.  Había llegado el momento de dejarse llevar por ese fantasma que deforma esos dedos, alambres retorcidos torturados. Terminar.

 

En algún momento llegó a pensar que sería capaz de hacerlo, pero no, aquí continúa observando esta masa de arcilla desgajada que se desploma ante él.

 

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