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Contra la historia única

Aficionado como soy a los libros que caben en el bolsillo de una chaqueta, píldoras literarias para leer a salto de mata en el metro o en el autobús, los librillos, casi cuadernillos que ha editado Literatura Random House con las charlas de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, resultan golosos. Al contrario que en un video de internet, donde pueden verse esas charlas, se pueden hacer marcas, tomar notas, manipular -en el sentido táctil y sano del término-, ir y venir sobre ellos a placer, acercarse a un tema de manera a la vez fugaz y detenida.

En Todos deberíamos ser feministas (Literatura Random House, 2015) hablaba de conductas machistas que, lejos de ser exóticas, configuraban una cotidianidad que obliga a reivindicar una igualdad tan escasa como necesaria. Ahora, en El peligro de la historia única (Literatura Random House, 2015) reivindica una forma múltiple de contar las historias -no sólo la historia, sino también cualquier narrativa local e incluso doméstica-. La historia única, según Adichie, es un sesgo demasiado reducido, que nos desconecta de la realidad. En el caso de África, además, confiesa su irritación cuando alguien se refiere a África como si fuera un país y no un conjunto de culturas, más aún cuando África es un país contado mediante una historia única -aldeas pobres, miserias- que contamos en occidente -que, por otra parte, es también una generalización vacía-.

Me vienen a la cabeza dos historias relacionadas. La primera es la historia de una encuesta: se preguntaba, a lo largo de diferentes épocas desde finales de la década de los cuarenta en Francia quién ganó la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido, Estados Unidos o Rusia. El porcentaje de franceses que respondía que fue Rusia quien ganó la Segunda Guerra Mundial ha ido disminuyendo a lo largo de los años a favor del creciente número de personas que opinan que fue Estados Unidos el país que ganó la guerra. Que las opiniones varíen de esa manera en un mundo dominado por la influencia estadounidense, a través de Hollywood, principalmente, a través del idioma inglés en general, no debería extrañarnos. No importa que fuera el Ejercito Rojo de Stalin el que entrara en Moscú hasta cercar a Hitler en aquel búnker que vemos en la película germano-italiana El hundimiento, porque los tanques que liberaban a los supervivientes en La vida es bella eran americanos, y el ejército que se revuelve mártir en Pearl Harbour era el americano. Hasta Indiana Jones luchó contra los nazis y años antes de la implicación de Estados Unidos en la guerra apareció un superhéroe patriota americano para derrotar a los nazis con el no muy sutil nombre de Capitán América.

La otra historia sucede en el ámbito de la ficción. Se trata de una conversación en la novela Ciudad abierta (Acantilado, 2012) de Teju Cole -también nigeriano- en la que Julius, estadounidense de origen nigeriano, mantiene una discusión con Faruk y Khalil, marroquíes, acerca del conflicto entre el mundo afín a Estados Unidos e Israel y el mundo afín al islam y a Palestina, en la que Khalil, refiriéndose a los atentados del 11 de septiembre, dice: «Es verdad, fue un día terrible el de las torres gemelas. Terrible. Lo que hicieron estuvo muy mal. Pero yo entiendo por qué lo hicieron. […] Yo no estoy de acuerdo con lo que hizo Al Qaeda, como usan un método que yo no usaría no puedo hablar de apoyo. Pero no los juzgo». En pocos textos se puede encontrar un diálogo tan lleno de aristas, tan poliédrico, que invita no necesariamente a la empatía ni a la justificación, pero sí a la reflexión, a la pregunta más que a la constatación de un hecho. 

Son necesarias todas las historias, o al menos cuantas más historias mejor para construir la Historia. Es imposible entender el conflicto de la Guerra Civil Española desde los mapas de bachillerato en los que se enfrentan republicanos y sublevados. Sólo desde la escucha de los testimonio particulares, el mosaico de historias que se entrelazan, se puede acercar uno a conocer la verdad.

El peligro de la historia única contiene, al modo antiguo de los discos con una canción final oculta, un pequeño texto de Marina Garcés que redondea la charla de Chimamanda Ngozi Adichie. De cuántas historias está hecha una idea, se pregunta Garcés, y más adelante se responde: «Cuantas más historias se saben, más historias quedan por escuchar y por contar. Cuantas más ideas se han pensado, más profundo es el no saber que las acoge. Cuanta más parcialidad, más libertad». Todavía me irrita cuando se refieren a África como un país, decía Adichie: cuántas realidades de magnitud continental estaremos simplificando sin más ánimo que el de tragarlas como puré.

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